4/19/2009

Plato al fútbol


Recién terminé de suministrarle a mi cuerpo uno de los desafíos más poderosos que haya recibido nunca antes en su extensa trayectoria. Esto, cómo un receptor de alabada categoría en el área chica de la alimentación desmesurada.
Todo comenzó cuando un domingo cualquiera -en el que se vive el clásico chileno y argentino, que a mi no me importan mayormente por ahora- me veo en la situación de proveerme del tan casero o externo almuerzo dominical en la casa de mi tía, pero en la que me encuentro solo con mis vicios. La casa se encuentra despoblada de sus habitantes por una visita habitual de ella y mi prima en este tipo de días; a la familia.
Pero así junto conmigo reviso el refrigerador para ver que hay dentro y disponible y hacer un análisis comparativo de las posibilidades. En el estudio, influye de manera magistral la fácil y rápida preparación, ni mencionar, claro que si, que después de la prioridad principal que tienen las mezclas de sabores que más satisfacen a las papilas gustativas. Me refiero a que sea un placer arrollador saborear.
Vi arroz, palta, lechuga, huevos, pepino y zanahoria. Arroz quedaba poquito, pero sería la base del campeón junto a la palta. Dúo dinámico ése, bien potentes. Una dupla de temer.
Primero cogí una de las paltas resecas que hay acá: “Son silvestres”, dice la tía a medio andar entre su movilización permanente.
Algo le pude sacar a la fruta verde, que en vez de ése color la habían pintado en su interior más de luto que de vegetación. Eso me entregó un poco, pero muy poco de palta a mi plato así que busqué ahora una de las de verdad y tras tocarlas con cortesía elegí la más madura.
La corté por la mitad y se complementó con su prima campesina en la blanca, aunque acuchillada cerámica plana. Al momento, guardé la otra parte en el refrigerador y me dispuse al inicio de la creación.
Entre medio recogí por ahí el tazón donde se encontraba el poquito de arroz y lo calenté unos segundos en el microondas.
En paralelo escudriñé para encontrar un sartén apropiado, y al dar con él, lo puse un ratito al precalientamiento previo. Originalmente iba a ocupar un solo huevo, pero al quebrarlo cometí algún inusual error y la yema se esparció por la superficie de metal. Ahí supe que iba a ser un efrentamiento, al final, con dos balones blancos dentro del campo.
Saqué el arroz de la caja imprescindible y lo vacié en la ya molida, saleada y revuelta paltita. Y nuevamente lo mezclé hasta conseguir una fusión uniforme. Parejito.
Entre tanto, atendía a quien se cocía al fuego y me dispuse a permitirle la presencia de un compañero de castigo y así el segundo huevón se reventó de manera perfecta en el teflón.
En una apertura casual de refrigerador vi por ahí escurridizo un queso que me llamaba a gritos para ser rebanado y, siguiendo mi instinto y el llamado corporal, dividí la cosecha del producto lácteo en dos. Una parte iría a acompañar en la cancha a los cocidos, y la otra, se iría en pequeños pedazos al arroz tibio con palta. La idea fue que los primeros se derritieran en su máxima expresión, mientras que sus compipas del segundo grupo apenas tuvieran una relación cariñosa y tierna con la agradable temperatura del cereal.
En esa etapa ya visualizaba la maravilla que quedaría, pero faltaba más. Mucho más.
Y en otra apertura del camarín me acordé del rojizo pimentón, esta vez con toques en degradé de un verde oscuro. Al acercarme para alcanzarlo mi mirada atenta -o más mi ansiedad de triunfo- observó los tomatitos que esperaban su oportunidad tranquilos en el banco de suplentes. Así, se unieron al plantel los dos nuevos que venían de jugar en el malogrado equipo rojo, pero que decían orgullosos y decididos que querían cumplir a la confianza del técnico y responder a las expectativas que por ellos se habían depositado.
El primer turno fue para el marrón que piqué en tiras y, luego, en cuadraditos irregulares. A continuación, fue la oportunidad del jugoso que actuó como los de su clase se suelen comportar y dejó esparcir su líquido que alcanza a todos.
A esas alturas el huevo ya estaba listo y fuera de llama para no quemarse, además de darle la facultad de ambientación en su futuro entorno. En seguida pude detectar que hacía falta más verde al conjunto y extraje de la rejilla refrigerada la otra mitad de cáscara negra que contenía como núcleo su cuesco semillero.
Cuando estuvo listo el extraordinario puré, justo antes de unir a los huevones con queso con el resto del equipo, me vino la ocurrencia de agregar su dejo carnívoro para potenciar la delantera y materializar su aporte con dos nueve largos, medios tronquitos, pero buenos para el cabezazo y el forcejeo.
Después de pasar las pruebas y el entrenamiento por separado, estuvieron a tiempo para debutar oficialmente y dispuse utilizar la vieja táctica de los centros.
El plato se veía grandilocuente y plagado de estrellas: Palta Hass, palta silvestre, tomate, arroz, queso fundido y normal, pimentón, salchichas, huevos. Uff…tremendo. Uno de aquellos de los que están preparados en la vida para grandes cosas.
Empecé a degustar el título mientras lavaba la indumentaria utilizada. Una porción en avioncito al paladar y un elemento al lavado. Una vez irrespeté mis propias reglas como D.T. y me tragué dos cucharadas seguidas sin lavar nada. -Casi, menos mal existe esa palabra. La encuentro genial-. Casi caí en la malvada tentación una vez más, pero tuve actitud, personalidad y con mis antecedentes que me dejan como un crack de la comida innecesaria asumí mis responsabilidades y me dejé de tonterías para demostrar con el ejemplo.
El lavado y el comer no cumplieron ciclos semejantes eso sí. A mitad del tiempo reglamentario estaba el plato a medias, y en el arco contrario, finalizada se encontraba la mojada misión.
Así que me senté y lo restante fue pura garra y pude conseguir los resultados esperados.
Al término del pleito fui por mi bebida energizante, que en traducción fue un amable cigarrito bastante ameno.
Di por concluida la rigurosa temporada que arrojó excelentes resultados, además de una sensación en el ambiente de que se hicieron bien las cosas y que, por agraciada añadidura, se cumplieron los objetivos.

3/24/2009

Día: Tramites: Distinto: Mujeres


Hace mucho tiempo escribí en mi blog una columna sobre un día excepcional que había tenido. Un día peculiar, una aventura -extensión de la noche anterior- abundante de sorpresas y eventos extraños.

La hipótesis de ese escrito era la creencia de que había, por necesidad ineludible –sólo que con menos intensidad en el mensaje- tener una noche especial para poder tener uno de aquellos peculiares días.

Hoy tuve un de esos, sólo que en otro ámbito. Éste es un tema que debe ser –por simple deducción- uno de los más populares en toda forma de expresión humana: las mujeres.



Me desperté temprano, me duché. Estaba mentalizado. Un día diligente. Primero fui a la universidad. Caminata corta. Micro. Metro. Cambio de línea. Mini caminata. Espera media. Atención del personal. Mini Caminata. Metro corto. Banco. Cola mediana. McDonalds. Cuarto de Libra. Agrandado. 5 ketchups. Casi agrego otra burger. Caminata corta. Metro Corto. Mini caminata. Compra minúscula. Caminata microscópica. PC. Facebook. Fotos del Bullo. De cuando éramos pendejos. Yo las conocía todas. Pero igual me emocioné. Sonreí y reí. Fue poco rato. Pc pagado. Virtual chanta. Impresión documento hecho. Nueva atención. Levemente más extensa. Mini caminata. Metro. Coca Cola. Mini caminata. Micro. Caminata corta. Compra. Helado Pistacho. Mini Caminata. Casa.

En todo ese transitar vi a una bajita. Con polera verde. Suelta. Piel Morena. Bonito color. Rasgos delicados. Tatuaje sobre el trasero. Sobretodo tatuaje sobre el trasero.

Señora. Casi vieja. Sexy. Atrevida. Cansada. Dispuesta. Engreída. Común. Experimentada.

Ciclista. Rubia. Mirada Jovial. Saludable. Pantalón de tela. Liviano. Se notaban los contornos. Sensualidad pura.

Indiferente. Moda. Baja. Ausente. Senos precisos. Andar calmo. Diferente.

Escolar. Morena. Perfección. Sexy. Imagen potente. Labios gruesos. Disfrutando un Bowling. El coyak rojo. Arrinconada. Excitante.

Pelo Lais. Aburrida. Facha impecable. Malla negra. Para esconder su trasero. Vestido encima. Mal. Pero bello. Típica. Pero agraciada.

Morena. Chilensis. Lunar. Labios delicados. Arriba de ellos. Guatita lisa. Polera verde. Ordinaria. En el buen sentido de la palabra. Sexy. Llamativa.

Rubia. Pero taxi. Tatuaje. Enorme. En la espalda. Hasta el trasero. Hermoso por lo demás. Fiera. Actitud. Ojos verdes. Labios pintados. Peligrosa.

Baila. Es chica. Polera verde. Sonríe. Audífonos. Mini falda. Piernas largas. Figura. Universitaria. Traviesa.

Pescadores. Piel tersa. Seria. Felina. Apurada. Pelo largo. Muy fino. Audífonos. Blancos. Tipo Ipod. No Ipod. No influye. Única. Resbalosa.

Deportista. Con patas. Polera apretada. Con Globos. Rojos. Exorbitantes senos. Redondos. Grandiosos Mejor frente. De la jornada. Fue la última.

* Este es un tributo a todas las hermosas mujeres que adornan este paisaje hostil en el que se vive en esta mega metrópolis detestable. En mirar, no hay pecado. Y si lo hay, no me importa. No ahora. Menos mal.
Pero es increíble el efecto que producen las damas en nuestro cuerpo. La atracción ya abstracta y, para algunos, imperceptible tensión. Es un placer compartir el mundo con ustedes…a veces.
Pero igual, felicitaciones per se.

2/26/2009

Lugar: el cilindro de la muerte

Una vez leí que morir ahogado era la peor. ¿Regirá esa máxima para todo ser vivo?
Hace unas cuatro noches encontré algo que me impactó en su minuto.
Tras una jornada normal, esto quiere decir su resto de televisión, la lectura diaria respectiva y varias horas de Internet, iba camino a mi dormitorio, más específicamente, cómo no, a la cama querida y sus sábanas tan mías.
Por supuesto, antes hay que ir al baño. Por extraño que era por estos lados, esa vez la cortina de la bañera estaba abierta y toda arrimada en el extremo derecho.
Sin pensar para nada en lo que estaba haciendo, pero que de todas formas fue un comportamiento que me trajo sus beneficios, no prendí la luz del baño y entré en él con los míseros haces de luz que entrega la lámpara que se encuentra en el closet.
Mi pieza, para que se entienda, es una suite con un walk in closet anterior al baño.
Pues bien, saco mi compadre para cumplir con las necesidades. Esto es, siempre deshacerse del líquido sobrante antes de ir a la cama.
Por casualidad miro para al lado y veo en esa tremenda fuente en la que me ducho diariamente un arácnido enorme dubitativo en su comportamiento.
El compadre de ocho patas era de unos cinco centímetros con esas tenebrosas piernas flacas extendidas.
En ese momento una peculiar mueca se posó, sin preguntarme, en mi rostro. Una cara quizá inédita. Por un lado, diabólica reinante de planes asesinos y por otra, de pavor terrorífico que dan esos seres.
En esa misma dualidad se me vino a la cabeza la araña gigante de It que vi cuando aún no me limpiaba bien el trasero y por otro, las jugarretas nada de simpáticas que le hacíamos a los pollos inocentes con mi hermano.
Me di cuenta que el animal, si se puede denominar de esa manera, no podía escalar las paredes blancas resbalosas, por lo que deducí, en un ataque de genialidad, que la muy desgraciada se había colado por las cañería y en un acto de suma adaptación superó los gruesos barrotes del nunca bien ponderado desague.
Primero me imaginé ahogándola en un mar gigantesco para ella, pero era muy tarde y a pesar de que el día hubo sido de rutina normal, estaba lo bastante cansado como para que me diera una lata inconmensurable el sólo hecho de mojarme.
Pensé entonces en rescatarla de su pesar trágico y obtener por ello una nueva mascota para querer y sentirme acompañado en este estado de agradable soledad.
Así que motivado por esta idea me dirigí a la despensa y cogí un tarro para apresar al infeliz.
Yo, muy tonto, incluso después de comprobar que el temido no tenía ninguna ni mínima posibilidad de escaparse partí corriendo a buscar el elemento carcelario y volví aún con más rapidez.
Cuando me vi con el recipiente de vidrio en mi mano derecha y su tapa en la izquierda, comprendí que en una de esas la faena se complicaría un poco.
Yo no soy miedoso, para nada, pero una araña de ese tamaño a cualquiera lo hace dudar.
Pero mi ingenio es a veces más inteligente que yo mismo y me recordó con oportunismo que había dejado un pliego de diario, que uso cuando me afeito, abajo del lavatorio entre los paños y toallas.
Lo tomé y lo doble y fijé bien los contorno para que me quedara una especie de machete súper chanta pero capaz de ayudarme en la misión.
Así que ahora dejé la tapa dorada a un lado y me encontré al frente de la tina con un tarro de mermeladas en mi derecha y un fantástico, en su definición literal, e inútil machete en mi izquierda.
El rescate fue demasiado muy más sencillo de lo esperado.
Me acerqué lo suficiente, puse la abertura del cilindro en el camino supuesto que tomaría aquel terror encarnado y con mi arma ficticia le propiné un simpático toquecito en su enorme raja que la encaminó como si hubiera sido una orden a entrar al utensilio.
Listo, tenía mascota nueva.
Pero obvio, las cosas nunca son tan fáciles porque ahí me di cuenta que iba a dejar sin aire a la pobre, aunque la verdad no sé si realmente si necesitaría de tanto aire.
Pero bueno, nuevamente fui a la cocina, abrí el cajón y toda la cuchillería lanzó un grito de felicidad por ser utilizada y tomé, el que sabe que me diga porqué, el tenedor de asados para parrillas oficiales. Ese que mide unos 30 centímetros de largo y pesa lo suficiente como para sentirlo cuando lo tienes en la mano.
Tras todo lo anterior estaba exhausto. No en realidad, pero cuando uno escribe tiene que magnificar las cosas para que las historias en cuestión no sólo sean entretenidas, sino además deben hacerte decir: Oh, conchalalora!!!.
Eso fue una exageración, pero sinceramente les reconozco que cuando me embalo tipiando las letras y palabras se forman más bien solas y funcionan mis dedos como un ente unitario con mi imaginación que por lo demás, y como han podido apreciar, no es para nada escasa.
Así, dejé el tarro con dos orificios rectangulares producidos por el metal en su tapa apoyado en la ventana. La miré un rato y si no fuera por esa sensación permanente de sentirme que me observan hasta le habría dado las buenas noches. Pero en vez de eso con simpleza la dejé y me marché.
¿Qué siútico que describo la primera despedida, no? Sí, yo también encuentro, pero así me salió no más. Mala cuea diría cualquier pelafustan chilensis.
Al día siguiente estudié minuciosamente por Internet que cresta era lo que había agarrado y cual era la marca especifica de la nueva compañera.
Resultó ser una araña rincón. Lo intuía, pero saber es distinto a creer.
Las descripciones que hacían de esta raza eran calzadas a la perfección con el arácnido del subsuelo. Su diseño, actitud nocturna y timidez ante lo humano eran idénticos.
En todo caso, según lo que aprendí en la red este animal tiene razones y no pocas para que uno quiera matarlo despiadadamente.
Primero, la que capturé debe ser la reina de los muy descarados por su enorme tamaño y en segundo lugar, en todos lados advertían que una mordedura podía ser fatal.
Listo, la muy conchesumare es capaz de envenenarme si tiene la posibilidad.
De la mirada que se tornaba cada vez más tierna pasó a convertirse en una mirada sanguinaria de atención ante el enemigo.
La segunda noche le di un poco de comer. Mientras estaba en el trono veo una mosca revoloteando por los aires como si le quedara toda una vida por vivir. Pobrecita, no tenía ni idea y con el mismo machete ficticio que utilicé para el rapto, lo ocupé para pegarle bien fuerte a ese insecto de esos si que son detestables. Hasta que la dejé atontada después de rebotar contra el cerámico de la pared.
La tomé de sus alas, con el idiota cuidado de no tocarla porque se supone que a esos bichos les gusta la mierda y todo eso. Abrí el recipiente de vidrio que aún estaba por completo transparente y se la arrojé al mortal ocho pies.
En la mañana la mosca estaba viva aún. Pero no podía volar. Me imagino lo que hubiera pensado de tener algo de cerebro esas amebas andantes. Yo, en una situación semejante me suicido antes de dejarme comer por una araña que mide como 20 veces mi cuerpo. Pero cómo, la verdad es que la mil ojos estaba más cagada que el pendejo de Slumdog Millionaire cuando debe escaparse en busca del autógrafo de su estrella de cine. Y eso que ese cabro chico si que estaba cagado.
Cuando volví a mi pieza en la tarde noche le pegué una ojeada al frasco a ver que sucedía en ese ambiente hostil.
De la mosca sólo había restos, en especial un ala entera se dejaba apreciar. Había también un líquido grisáceo, medio denso, que me pareció ser los desechos del patas flacas.
Eso me agradó un poco. Como que me gustó la idea de que todos, en mayor o en menor medida, debemos deshacernos de la basura que acumulamos interiormente. Fue casi una lección de vida, memorable. Más interesante aún cuando el recipiente ya no era inoloro sino que se convirtió de forma radical en maloliente.
Debido a esa relación que hice con la araña y la mierda, al siguiente día estuvo más sola que Arturo Frei Bolívar después de las elecciones del 99.
Reconozco que yo ya había decidido a matarla, sólo me faltaba buscar la forma que cumpliera una de dos condiciones; a), muerte lo menos dolorosa posible, b), muerte lo más extravagante posible.
En la uno se me ocurrió tirarla por el escusado o aplastarla hasta reventar. En la dos el fuego fue lo primero que se me vino a la mente.
Para que no crean que soy un infeliz anti natura les debo reconocer que asesinar a mi mascota me causó levemente un aire de tristeza superficial. Pero para que entiendan la realidad, nicagando la soltaba para que por alguna extraña paradoja de la vida la muy muy me mordiera sin darme cuenta y me mandara a mejor vida con su veneno mortal.
Es como dejar libre de la cana al que mató a Hans Pozo. No, esas cosas no se hacen. Ni ahí con la compasión. Si me pueden matar, prefiero matar antes.
La tercera noche se vino una tía con su familia a alojar en esta abandona casa que compartía yo durante el día con una tropa de maestros sureños buenos para el martillo.
En mi pieza, dormiría conmigo aquella noche un estimado primo divertido como el extinto Alvaro Salas.
Le conté del arácnido y se lo mostré. Estuvimos conversando de su característica asesina que había aprendido tras mi investigación y empezamos a jugar a ponerle fuego por abajo del vidrio a ver como reaccionaba al calor.
En esos instantes me levanto a la cocina a buscar un pancito que estaba de más y cuando vuelvo, justo al cruzar el umbral de mi puerta, escucho una especie de mini explosión que me dejó atónito cuando vi en ese segundo congelado el tarro abierto en el suelo y una cara de terror en los ojos marrones del primo maldaoso.
El muy travieso reaccionó acurrucándose arriba de la cama y me miró con cara de pregunta sobre que hacer.
A la caza. Yo ya sabía que a pesar de ser unas malintencionadas las arañas éstas no eran de lo más inteligentes. Me engrupí repitiendo que yo ya tenía experiencia en el tema y mientras mi primo hacía puras tonteras sin resultados, tomé la responsabilidad del caso y con la misma estrategia que ocupé la vez pasada la encerré de nuevo en su prisión de vidrio.
Antes, cuando recién la había visto, mi compañero de habitación partió a buscarle comida al patas largas y no encontró nada mejor que una asquerosa babosa que sigue pegada en el tarro y de la cual la asesina nunca estuvo ni cerca de devorar.
Luego de la jugarreta de mi estimado familiar asumí que no había ninguna posibilidad de dejar libre al arácnido y con ojos serios e inexpresivos le dije sin decirlo que era un muerto caminando.
Hasta esta, la cuarta noche. No había tomado en cuenta al animalejo que se encontraba en el extremo opuesto de mi velador. Lo tomé, en una especie de inercia y con malicia observé una botella plástica rellena con agua.
Lo que pasó a continuación es mejor aferrarse a los brazos de la silla en la que estén sentados porque es un acto brutal de fatales consecuencias.
Le serví, la educación no hay que perderla nunca, unos tres dedos de agua al tarro como lo hago cuando tengo un vaso gordo en mi mano derecha y un siempre maravillo whisky para depositar dentro de él.
Antes de eso había arrojado en el cilindro de la muerte un pedazo de madera minúsculo, pero lo suficientemente grande para que si la desgraciada atinaba se podría haber salvado manteniéndose arriba del colorado alerce.
Tan malo no soy, aunque quería puro arrebatarle la vida a mi potencial asesino le dí una esperanza de salvarse que no aprovechó.
Cuando miré el agua tan corriente en el ya bautizado cilindro de la muerte apareció como por arte de magia ante mis ojos unas hermosas pastillas Kitadol rojo que le darían un tono escandalosamente original a lo que estaba sucediendo.
La pastilla se fue deshaciendo lentamente en el agua, mientras la araña, que sólo para que quede en el acta a mi me parece bastante bonita, hacía esfuerzos escandalosos por nadar y flotar para sobrevivir. Hasta que por casualidad se arrima al trozo de madera y se queda un par de minutos pernoctando ahí hasta que de manera suicida la ocho pies se tira un chupazón de la muerte del cual no pudo salir más.
En un momento replegó todas sus piernas a su cuerpo y formó una especie de balón, similar a cuando nosotros humanos nos acurrucamos cuando sentimos frío, algunos también lo hacen por pena o para dormir, pero eso no tiene nada que ver con esta historia.
Yo pensé que ese era el fin. La entrega al juicio final.
Pero después de ese acto de vulnerabilidad incontrarrestable la araña pareció tomar nuevos bríos y trató infructuosamente de salvarse. El pedazo de alerce estaba flotando a menos de un centímetro de sus colmillos y aún así no fue capaz de subirse en él. Lo que me hace deducir que por su estupidez su muerte estaba más o menos cantada. Nadie tan tonto merece vivir en este mundo. Aunque claro, mi mente humana también para que más imbécil al juzgar la inteligencia de un ser tan inferior en algunas características, como por ejemplo, la inteligencia misma.
Y falleció. Se hundió rendida y sin más apelación en el mar rojo del cilindro de la muerte.
Ahogada.
¿Será lo peor?

12/09/2008

¿Por qué soy culpable?

La vida se trata de la interpretación que hacemos en nuestro interior con ese mundo que percibimos.

El mundo como tal es uno solo y el cuestionamiento de la existencia de la verdad viene de esa interpretación que nosotros hacemos de él, pero nunca se trata de la mera interpretación y lo que sucede es que a esa interpretación de la realidad nosotros mismos hacemos nuestras propias lecturas, relaciones y conjeturas.

A los 13 o 14 años yo me perdí en la micro. Me la tomé para el lado equivocado, cargado de ingenuidad y cubierto por una burbuja que ese día rompería. Con preocupación veía como barrios conocidos iban quedando atrás y luego con llanto observaba un entorno que yo veía por completo desconocido y, como se nos enseña en consecuencia, con temor.

Ese día tuve que llamar a mi madre, a rienda suelta de lágrimas y angustia. Me sentí tan estúpido, vulnerable y débil que decidí desde ahí nunca cargar con aquellos defectos o debilidades.

Cuando tenía 18 ya no cargaba con esa ingenuidad, pero si una inmadurez profunda.

Detesto el término madurez porque se refiere a un proceso de una fruta, que se planta, crece, cosecha, madura y muere. Se come, o sea, su finalidad se lleva a cabo cuando está madura. En cambio, la madurez no es parte del proceso del hombre. El hombre como especie es evolutivo, no madurativo. Pero bueno, son sólo parte de las interpretaciones y como las pegamos en nuestras vidas.

En segundo medio me pasó otro hito de los que enseñan. Un profesor, con muy buenas intenciones, pero poca experiencia, plantea la opción de dividir el curso en tres grupos y realizar un paseo con cada uno para que los compañeros se conocieran entre ellos.

En segundo medio yo era engrupido y alumbrado, arrogante, petulante, coloriento e inseguro. Mi personificación en ese momento era patética.Nuestro grupo era mayor de lo normal. Todos de hecho querían estar en él. Y se hizo una votación para cambiar a dos, los dos que causaran más rechazo. Si hablábamos de grupo, yo era de los fundadores y si hablábamos de cierta identidad tenía mucho que ver con la historia que enlaza a unos pocos y a la que se sumaban muchos.

Ganar o perder, la votación la perdí yo. Mis amigos me habían traicionado. Así lo sentí. 

Hasta el saludo les quité en una primera etapa. Después un simple rencor dañiño con la venganza en la retina.

La pasé mal. Me acostumbré a vivir en un mundo de cierta manera irreal. Mi interpretación del real no me satisfacía para nada. Me quedé navegando en esa nube por años.

Anteriormente siempre había creído en la potencialidad de la amistad, como lazo elegido y no heredado, como lazos sin fines sino puro camino.

El golpe fue demasiado y desde ahí que todas las amistades las pongo a prueba, las cuestiono, espero cosas de ellas, me lleno de expectativas que luego dan resultados diferidos, muchos decepcionantes.

Aunque si lo coloco como ejemplo, la verdad es que desde aquella pubertad he vivido desde ahí en un estado realmente inestable entre un mundo ideal, fantástico e utópico y el mundo real, el que creo con sinceridad que es un absoluto desencanto.

Cuando comencé cuarto medio tenía que prepararme para la PAA. Maldita prueba y que manera más sencilla de generar odio gratuito.

Luego de darla y ver el tema de las inscripciones me bajó un haz de luz que me llenó de motivación; entraba a estudiar Bachillerato en Filosofía que en realidad eran los dos primeros años de Filosofía. Esa universidad fue un extraño llamado de atención. Ya estaba mi hermano en ella, me inscribí con mi mejor amigo de la época, otro viejo conocido con antecedentes impresionante era compañero y varios más de este grupete de alumnos traviesos, de esos que pasan en la oficina del director. Los que le hacen difícil la crianza a los padres. Los que se rebelan a aceptar que vivir es repetir.

La tentación fue mucha y mi incapacidad para renegarla mayor. Ese año a nivel de resultados fue un intenso grito lastimero con eco repetido.

Cuando salí del colegio tenía que tomar decisiones. Aún con la total incapacidad para realizar ese paso, pero bueno, tenía que decidir. Algo hay que hacer. Estudiar o trabajar. 

Algo hay que hacer. Yo no tenía idea qué. De hecho, no tenía ni la menor idea de las opciones reales y el contraste de las románticas.

Lo único que tenía claro para esos años era que no era católico y que era reacio a la ética protestante, con su discurso de dignidad en el trabajo. Más me autodestruía cuando analizaba como el utilitarismo, la rentabilidad y la trivialidad eran las características formadoras de juicios, necesidades y exigencias sociales.

Desde que descubrí que escribir me entretenía y que además lo hacía bien he soñado con una vida simple y sencilla fuera de los tambores grandilocuentes que se exigen hoy en día.

Desde que vi “El Cartero”, que por cierto eso también ocurrió por aquellos años, que me he imaginado a la orilla de una caleta, con un pc frente a mi pecho y el ruido del mar entrando por mis oídos. Por estética y por una profunda identificación con la idiosincrasia respectiva siempre pensé que mi lugar era Italia.

Si hubiera sido elección real mía yo nunca me hubiera metido a estudiar. Nunca. Me martiria el solo pensar que una carrera universitaria es necesaria para vivir. Yo soñaba con una peguita normal, que no me matara, en fuerza, ánimo y tiempo y compatibilizarla con extensas lecturas y escrituras trasnochadas a la luz del velador y de la vista expandida de las estrellas.

Me metí a estudiar cometiendo el que debe ser mi mayor error; hacerlo sin creerlo.

Me metí a estudiar porque escuchaba a moros y cristianos hablando que sin título no se podía vivir, que la universidad era un paso necesario para la independencia y con el doloroso estigma, creíble hasta cierto punto en algunas ocasiones, de que hay una forma de vivir esta vida y ésta es la que heredamos de nuestros padres.

Yo amo a mis padres. Amo a mi familia más que nada en el mundo, me gustaría poder demostrar eso. Amo la bondad de mi madre, su escudo frontal de dialogo y amor. Amo la lealtad de mi padre, su ética, su sencillez. Amo también una característica que comparto con él; la dificultad para vivir normalmente este mundo. Amo a mis hermanos, a cada uno en lo suyo. Amo a mi hermano mayor, un desorden en la portada que página a página se ordena. Amo a mi hermano menor y su preocupación por el resto y buenas intenciones. Amo a mi hermana menor con la que me cuesta llevarme según muchos por nuestras semejanzas. Y amo a la menor de todos, por su espíritu inquieto y el ímpetu de ir más allá.

La verdad es que mi ambición nunca ha sido ser el mejor. Sinceramente nunca he sentido eso como una necesidad o algo semejante en mi vida. Ser el mejor siempre me ha parecido cuento ajeno. Cuento de otros. Y me parece bien para el que quiera, pero imponerlo es una condena.

Creo además, que muchas pestes de esta era son producto del entorno en el que hacen vivir a cada niño que se enfrenta al mundo, un mundo donde, repito, lo más importante es la rentabilidad, (cuanto te genera), la trivialidad, (mientras más intrascendente mejor) y el utilitarismo, (nada es gratis).

Incluso,  creo en la vereda opuesta, a tomarle el gusto a respirar, vivir en el disfrute, en armonía, con calma,  tales características son incompatibles con la competencia desmesurada e imponente de hoy en día.

La universidad me cuesta, al parecer, más de lo normal. Creo que por una cierta tendencia a dudar de la autoridad y una creencia arraigada de que la vida es en cierta forma un tablero, donde lo que más importa es nuestra capacidad para movernos de manera adecuada en él. Creo esto aún cuando reconozco ser, posiblemente, el peor jugador en ese tablero.

Mi padre siempre nos ha repetido que hay que terminar. Como esos mensajes que no se olvidan nunca, como esos mensajes que actúan a niveles inconscientes incluso en nuestra rutina.

Fue por ese mensaje que siempre remé para terminar la universidad. Nunca he tenido la facultad de mirar hacia adelante, visualizar mi futuro, esperar algo de la vida y pelear por los deseos. La improvisación en la vida es la herramienta que más me gusta, pero este mundo la prohíbe, la condena y la castiga.

Como toda mi vida universitaria me encontraba haciendo algo con disgusto y de mala forma, nunca fue período de calma hogareña. Eso además se sumaba a constantes amenazas paternales; que no me la paga más, que hasta cuando con el derroche, que proyéctate, que explota tu tiempo en laborar, que eres flojo, cínico, abusador, mentiroso, etc. etc.

Mentía por notas y evitaba ir a las clases intrascendentes. La comunicación en mi casa obligó de cierta manera a la creación de bandos, o, más que bandos, a personajes dentro de bandos.

Mi padre se disfrazó de hombre de rigurosidad militar. De tono rudo y presencia enojada.

Mi madre en la que conecta todo. Calla mucho, acepta demasiado y acepta inaceptables.

Yo en el autista. Distante, esquivo, inalcanzable. Flojo, ahora lo digo tontamente, casi como un deber.

No lo pasé bien en mi vida universitaria. Y la verdad es que rescatando momentos familiares, íntimos y algunos amistosos la vida no me ha parecido en absoluto placentera.

Creo que los años universitarios se contaminan, a parte por nuestros propios errores y actos humanos, por el sobre valor que se le da a la Universidad, convirtiendo la carrera en el eje de toda la relación.

En mi casa era hasta divertido, todo el año la tensión, las reacciones y descalificaciones se dejaban estar con protestad. Todo el año las peleas eran comunes y corriente y las diferencias se potenciaban. Sin embargo, cuando llegaba el verano, nos pasábamos un mes entero juntos y la realidad era completamente distinta. Sin las preocupaciones y las presiones de la urbe y académicas -pero principalmente sin el eje del rendimiento- la convivencia era del todo plácida y excepto conflictos muy menores, ese mes de veraneo era por lo general pura alegría y risas.

Hace bastante tiempo que creo que lo más importante para mí debo ser yo mismo. Y trato de ser consecuente con esa idea. Planteamiento que con los años he ido confirmando, no por su éxito, si no por la abundante divulgación que he presenciado.

Se supone que lo principal es uno mismo porque estando uno bien, tiene toda la facultad para hacer el bien con los otros y en su entorno. Sin embargo, a mi en lo personal el darme preferencia no me ha llevado a más que peleas con mis pares y discusiones familiares.

No sé, por mucho que lo piense, porque me sucede esa contradicción. No sé porque una gran parte de lo que yo creo bueno en el ambiente me dicen que es malo. No sé tampoco porque el mundo social en general tiene aprehendida la hipocresía y el cinismo.

Yo me esfuerzo por hacer lo mejor. Aún cuando cometa permanentes fallas en mis formas, creo que por lo común mi timón ha sido el correcto. No le deseo mal nadie, ni me da envidia el éxito ajeno, ni abarco para mi lo que le corresponde a otros. No tengo mayores ambiciones económicas, solo no creo en el esquema nacer, crecer, estudiar, trabajar, jubilar, morir. Un esquema impuesto.

¿Soy culpable por cuestionar y no llegar a una solución?. ¿Por darle tiempo a reflexionar y no a ganar?, ¿soy culpable por querer estar y no querer ir?.

Siempre me he sentido culpable. ¿Por qué soy culpable?

11/04/2008

Sr. Título y el fantasma

Yo estudio periodismo. Que noticia, ¿no?

Pero escribiendo en serio, aunque nada lo sea tanto, pero en la simple para evitar el ruido caligráfico, se prosigue.

Hay en todo texto un elemento en específico que tiene una relación especial con una parte importantísima de cualquier escrito. Es su rostro, es la fotografía y el currículum de lo que se leerá a continuación. Esta figura tan importante es, como deben suponer, el famoso Título.

Conversando con un compañero menor desarrollamos ampliamente el tema. En lo primordial, el cuando era indicado situarlo.

Excluyendo la responsabilidad que el tipo que comunica tiene para atraer al lector, sin decir mucho, pero diciendo algo, el título tiene un procedimiento de elaboración multi teórico.

Así, el tema con mi compañero se llevó a el cómo lo hacía cada uno para escribir el título. 

Si comenzaba por éste o sólo lo colocaba al final. No faltó el “a veces” se me ocurre entremedio de lo hecho.

Y yo la verdad es que no podría decir nada al respecto. Nada concreto.

En algunas ocasiones yo escribo la columna a partir del título que es lo primero que se me ocurre, otras, como es obvio y repetitivo en este mensaje, sólo se me ocurre al final. Incluso me pasa que termino con el punto final y no sé como nombrar lo escrito.

Eso último es una verdadera lástima, principalmente para un personaje como yo que se jacta, más en proyección utópica que en una realidad palpable, lo creativo que soy y lo bien que escribo. 

El reglamento nos dice que nadie puede piropearse a sí mismo, sin embargo, yo creo con fidelidad que el primero que debes gustarte es tu mismo. Pero bueno, para variar pierdo el hilo mientras escribo. Es que lo que me pasa es que yo voy tipiando mientras las cosillas se me vienen a la mente y son escritas de inmediato sin proceso de filtro o algo semejante.

Pues bien, volvamos a los títulos.

Me terminaron preguntando por una recomendación y yo dije lo más tonto y sencillo que se puede aconsejar para el caso: pon lo primero que se te vaya a la cabeza.

Y eso es, de eso se trata. Si nace antes, al medio o al final, da exactamente lo mismo. El título debe ser la síntesis máxima del mensajes que deseabas expresar cuando escribiste lo que se mecanografiaba.

Y como mucho en esta vida esta el ángulo divertido. El compañero en cuestión no existe, pero ante la falta de alguien que me siga la idea lo mejor es crear a quien nos dirá lo que esperamos escuchar.

11/02/2008

Contaminantes

Hay personas que contaminan.

Así, literal.

No en el plano concreto de la vida, sino el abstracto, el que no vemos, pero sentimos.

Hay quienes aún sin decir nada, apenas cuando entran en algún lugar se siente su presencia y generan vibras que por lo común, nadie quiere.

Son de aquellos que de la nada producen consecuencias negativas.

Uno puede estar feliz y llegar alegre a alguna parte, pero no falta que el primero que te saludó es uno de estos personajes y con ello instantáneamente se te borra la sonrisa del rostro y tu expresión se vuelve neutra, más fría, reservada.

Me encantaría tener la capacidad que eso no me afectara. Dejar ser, indiferente a ese como sean y no dejarme penetrar por emociones que no me corresponden.

Como dije, a veces no necesitan ni la palabra. Es su presencia, que como un manto bañan al aire presente con ese dejo de desagrado. Lo peor, es que al parecer esta capa tiene la facultad de expandirse y abarcar, gradualmente, más y más atmósfera.

Siempre se me ha comentado mi intolerancia. Y la verdad es que si yo tuviera la capacidad de dejar pasar, no enganchar con este fenómeno, no tendría mayores inconvenientes para dejar esa característica de lado y fuera de la temática de mis tonteras.

Por el contrario, como no tengo tan preciado talento, si no soy relativamente intolerante, me contamino yo mismo y eso si que me parece de raíz, mal.

Por lo anterior, hago un mensaje a cada uno de nosotros que vivimos en el mundo bajo un entorno; es menester tener cuidado con nuestros estados anímicos y nuestros canales de expresión, así como es necesario reflexionar y analizar si uno es de este tipo descrito. 

Porque se me olvidó aclarar, que esto nos pasa a todos una que otra vez, pero hay otros para los que esta forma de comportamiento ya es parte intrínseca de su personalidad y ni lo saben.

Y si es así, mejora. Trabajarse cuesta. Pero tu persona es tu vida, es territorio personal y por tanto responsabilidad propia, en cambio, el ambiente es de todos y lo justo es apelar a la limpieza como principio básico de la convivencia.

10/26/2008

Planes, a veces, inútiles.

De a poco, en la noche, comenzó un giro inesperado.

Uno se ilusiona cuando le dicen una cosa como esa. Aguarda un acontecer magnánimo digno de ser registrado en una historia embellecida con palabras sorprendentes.

Pero no, el caso es otro. La sencillez se vuelve maravillosa y puede superar a los hitos en las emociones que generan y en los notables momentos que entrega.

Hace un tiempo las juntas se hicieron una práctica común. Al principio fueron risas o conversaciones entre vicios. Después, nace una nueva motivación. El cine toca el timbre.

Y la primera vez fueron solos, pero evolucionaron a un interesante cuarteto de primos.    

Ocasiones hubo varias, obstáculos también. Se rescata que la ambiciosa idea ya había sido instituída en sus mentes; fundar una tradición familiar.

Gracias a una de estas buenas alianzas comerciales -en este caso entre un diario y los cines- tenían acceso a una promoción que con su bajo costo colocaba las entradas a un precio de fácil acceso.

La oferta era atractiva, en especial para ese grupo, en su totalidad dependiente de autoridades sustentadoras; “la vida del universitario”, como instauró en el inconsciente colectivo una marca hace unos años, refiriéndose a este rodaje constante del estudiante con buenas ganas, pero siempre escaso de lucas.

Como ya conté, la primera vez fueron solos. Uno, un occidental atípico dentro de lo común y el otro, moreno, corriente dentro de lo exótico.  La segunda vez se integró la prima artista; enérgica de risa espontánea. Por ahí se sumó el hermano mayor del otro, caso peculiar indefinible que yo recomiendo no interpretar.

Una noche, trazando planes para la realización de la costumbre, unos trámites volátiles atrasaron la actividad, el clásico retraso de estas transferencias económicas marcaba presencia. El tiempo se les escapó y con él, la oportunidad de asistir a esa simplemente gran diversión que es el cine.

De vuelta de la diligencia, en el auto camino a los hogares, en absoluto acuerdo y plena sincronía deciden que ninguno quiere irse al sobre así sin más, aún cuando concordadamente comentaban el cansancio.

Esa vez estaban tres de los primos; el mayor, Matías, su hermano menor Israel y Sebastián.

La primera compra se redujo a un humilde six pack Escudo. La unanimidad había establecido que la cita sería su simple par de latitas de cervezas para quedar listocos para las sábanas.

La dosis fue irrisoria. Unos cuantos minutos no alcanzaron a marcar sensación de saciedad. En la teoría duplicaron la cantidad y mientras Sebastián se escurría a la cocina, los hermanos maoríes partieron camino a la caza de dos nuevos six packs, suponiendo que ya estaban hablando de porciones más adecuadas a su habitual y sediento consumo.

En una excelente presentación, una bandeja de madera tallada muestra en su interior una apetitosa maximización de recursos. Dentro contenía papas fritas, vienesas con corte horizontal, cebolla frita y dos llamativos huevos encima de lo demás. A su lado, barras de pepino le daban a la imagen un toque vegetal.

Los hermanos de tostada piel llegaron sin nada de alcoholes, pero si una sonrisa de oreja a oreja ante la seductora presentación calórica de grasas saturadas pero inmesurable sabor.

Sólo una botella de litro y medio se dejaba aprehender por las manos de Matías, sin embargo, no era el líquido que se habían propuesto obtener.

Mientras, los tres se lamentaban la ausencia de la animosa medicina, acariciándose con tierna dulzura sus respectivas panzas. En ese instante, Israel recibió un cautivador llamado de féminas en búsqueda de un poco de entretención y que mejor que tres machos alegres y desordenados para suplir la demanda.

Sin percatarse, lo que ellos acordaron se había desvirtuado a escenarios nuevos que, aún con el cansancio a cuestas, todos le auguraban un vaticinio auspicioso.

Nuevamente el par de hermanos mix racial debieron movilizarse en la búsqueda de aquellas damas en apuros que gustosas, tanto como ellos, se enfrentaban a este prodigioso, en pronósticos, escenario.

Sólo un problema no menor seguía en carpeta. Todos los locales de venta lícita de droga líquida subidora de tonos -popularmente se les llama botillerías- estaban cerradas. Las autoridad delimitaban la compra en el consumo nocturno y travieso. O sea, justamente para que tipos como estos no compren el mayor influenciador de escándalos en la historia de la humanidad.

Ante esa situación de escasez de un bien tan preciado, Sebastián tiene la ridícula idea,
 -eso piensa cuando lo comenta- de llamar a estos teléfonos mitológicos que amistosamente, pero por una cifra sideral, nos traen el tan mencionado elemento, necesario para una junta que recién daba su inicio avanzadas ya las dos de la mañana.

De sobriedad ni hablar, pero sí nadie en estado cuestionable, cuando el chascón Israel junto a su hermano detrás, cruzan el umbral del departamento con la esperada compañía.

Casi nada pasado, más que una mísera presentación que nadie recuerda, cuando segundos después tocan el citófono que, mientras Sebastián le presta oreja al aparato, el emisor anuncia la llegada del encargo.

Así, Sebastián recogió los quince mil que arbitrariamente habían juntado los primos, siempre en el supuesto de que las cuentas se arreglaban a continuación de la transacción. Aún cuando los niveles de jumera se tomaran las conciencias e incidieran en decisiones erróneas que por lo normal traen consigo algún perjudicado casual.

Al enfrentarse, dinero en mano con los transportadores de vitupelio, el trío del negocio se percata de la ausencia de sencillo y, por lo tanto, en la existencia de un problema circunstancial.

En eso aparece Emilia, patentando la alegría con su carácter sonriente y en un acto natural, Sebastián le pide que haga maromas respectivas para poder finiquitar la venta.

Ella consigue su objetivo a los pocos minutos y se presenta con el cambio en su mano derecha, la que estira hacia Sebastián en un acto transportista de papel sobrevalorado.

Ya el giro se había producido por completo. Un frustrado plan de cine era ahora un mini carrete de grandes expectativas y la noche tranquila y amena, daba paso a un franco cambio de click en dirección a una desenvuelta performance.

Y así, es imposible no pasarlo bien.

El narrador –yo, obviamente- no se acuerda de los eventos temporales que se fueron sucediendo en esa divertida noche. Lo que si, es que varios hechos dentro de ella valen un nombramiento, algunos, hasta destacado.

La voluntad de  Emilia desde el inicio fue jugar y así se hizo desde el principio, puede que como líder innata que convence con personalidad, pero para el caso puntual esa era la disposición generalizada anterior. El público motivado se dejaba seducir por el humor diferente de esta mujer que con cierta pinta pelolais, sabía a la perfección como decirte que de pertenecer a alguna clasificación social, esta debía ser intrínsicamente una categoría fuera de los márgenes tradicionales.

Cartas no hubo. El local, desprovisto del utensilio, se adjudicaba el derecho de disponibilidad de sus servicios, como le deber haber gustado decir a Sebastián de tener la ocurrencia, que valga sea dicho, para esta ocasión hacía de anfitrión.

Pero cachos había. Los seis justos para que cada uno; desde el solvente Matías hasta la relativamente callada Catalina, tuvieran en sus manos uno de aquel sexteto de vasos de cuero.

Y el juego de la vida empezó.

Como ya dije, de la temporalidad no se sabe bien.

Israel fue el que introdujo audacia al cuento y sus preguntas sexuales se repitieron y pavimentaron la temática de un humor infantil, casi pícaro, pero transparente y honesto.

Era, sin embargo, prometedor que nadie estaba en ese minuto para joteos intrascendentes o una actitud por el estilo. La línea editorial del acontecimiento estaba por completo resguardada bajo la ley de la jerga, el recreo y el sano desahogo parrandero.

Pero hubo más. Sebastián tuvo por penitencia que escribir su nombre ocupando su trasero como lápiz. También, un poema le pidieron recitar y cuadernillo en mano uno propio hubo de entonar. Israel cantó a capella, quien con su carisma se tomó la expectación de los oídos presentes y Emilia, con innato manejo escénico, actuó un personaje de una obra que antes solía representar, aún cuando advertía que aquel papel le desagradaba.

Sebastián, ipod en mano, manipulaba la música sin permisos. Su profunda afinidad con los hit’s ya antiguos hacía un eco perfecto con el gusto de los asistentes. Y para no caer en egoísmos, cada tanto preguntaba abiertamente si alguien deseaba elegir algo.

Emilia trataba, sin éxito, arrebatarle la fuente musical al anfitrión, pero no tuvo mayores logros en la materia. Además, de que el excelente abanico de elecciones persuadía de que no había para que suplantar al dj de turno, que sólo para que quede en el acta es derechamente intolerante en el tema música.

Con los ojos idos, al igual que su primo Israel por un poco de mucha cantidad de plantita verde, la memoria y las ideas no le funcionaban del todo bien.

Así, con natural torpeza, Sebastián se dejaba encantar por las similitudes y la ayuda de Emilia que, sin saberlo, conquistaba al pelado bailarín que quedó navegando en los laureles, hechizado y fascinado ante la preciosa y radiante personalidad de Emilia.

Y se pasaron hasta las seis de la mañana. Con luz diurna y caras agotadas daban fin a una espléndida sesión, de esas que uno queda comentando días después y siempre tiene expectativas de que se vuelvan a repetir. Es lógico, en la Ley de Murphy, que la reproducción nunca sucede, aunque el conocimiento de los seres queda en el registro individualizado de los protagonistas.

10/06/2008

Raíces genéticas comunes

La ciencia busca desde siempre la explicación al génesis de la especie humana y como
ésta se desarrolló, masificó y distribuyó para poblar el Planeta Tierra.

Esto deja en una ambigua tela de juicio un fenómeno tremendamente común en el mundo de hoy, pero que sin embargo nadie se cuestiona.

Se han fijado la similitud corporal de algunos rostros, muchas veces acompañados de comportamiento parecido o tonos o posturas, incluso hasta tics o manías.

Personas que no tienen nada que ver entre ellas, que viven en lugares opuestos del globo o pueden pertenecer en casos extremos hasta a etnias distintas.

Esto tiene un poco, aunque creo que sólo un poco, que ver con la teoría de que no hay más de seis personas entre medio en la cadena del conocimiento y contacto.

Así, yo mismo y como no es nada extraño en mi, he ido elaborando, sorprendido por semejanzas específicas, y por otro, aún más sorprendido, por el hecho que he observado que todos los rostros tienen directrices en sus formas, como si vinieran de un camino común. Lo que me lleva a suponer, en la por ahora y sencilla teoría sin valor académico, de que todos los seres humanos venimos de una raíces genéticas comunes.

Al releer esto me sentí un poco tonto, primitivo, como si mi descubrimiento fuera la piedra; ridículo.

 Y lo es de cierta forma, pero así como en preguntar, en pensar no hay engaño. Así, que más da, mejor pensar tonteras que no pensar.

O sea, continúo, el camino a la conclusión final es que de unos pocos pelagatos realmente distintos, cuasi monos que hubo en un comienzo, desde el minuto uno, las mezclas fueran ampliando la malla genética en que se desarrollaron, evolucionaron o cambiaron la cadena del ADN, pero que mantienen intocable el gen original y gestor de sus características. Producto: personas idénticas sin aparente explicación alguna.

La negra autista

Ella leía. Reclinada en su sitial como si cada palabra que hubo adquirido del papel fuera un paso más, el siguiente, lo que faltaba hacia el sueño deseado y que por esos segundos, buscaba con pasividad.

A momentos irregulares, sus ojos grises se inclinaban hacia lo alto, con la ceja derecha reverenciada hacia arriba en un gesto típico de ella que sólo al fijarse notoriamente la representaba.

Permanecía esperando en su inconsciencia un fenómeno que distrajera su rutina calurosa.

Su sobrino, es un pequeño aviso andante de que la armonía siempre peligra. Por sorpresa aparecía, reía y sonreía hasta que su figura se esfumaba entre añejos muebles sonoros, cubiertos de veteranas telas opacas víctimas de sofocantes veranos pasados.

El enano escurridizo molestaba con una varilla larga y delgada a su tía, molestando, probablemente sin saberlo, su tranquilo reposo.

Ella yacía sumida en la lectura, encaminada en un pasaje hacia la satisfacción.

La escena era familiar, con insinuaciones gráficas de cariño, genuina ternura. Bonita, si uno se deja seducir por la emotividad.

Eso funcionaba hasta que la paciencia de ella hacía reaccionar su cuerpo de noveles 22 años, oscuro por el constante brillo solar que debieron soportar sus antepasados étnicos.

El niño, después de ver quebrada su rama, se puso a llorar despavorido, mientras apretaba sus manos entre si con nerviosa rapidez y presión. Un acto de sobreactuada y escandalosa impotencia, con insufribles ruidos incluidos y ademanes infantiles varios.

Gritó, pataleó. Miraba a su alrededor a la espera de un salvamento maternal ante la agotadora situación, pero sus intentos infructuosos no ayudaron mucho a sus intenciones y terminó derrotado, cambiando el canal de su talante y por escabullirse en las paredes gastadas, con partes inconclusas que permitían ver los ladrillos apilados y telarañas aisladas en busca de compañía.

Ella sopló aliviada y agradeció como si mantuviera una conversación con el protagonista de su novela, comentando con las hojas empastadas la situación molesta recién vivida. Así disfrutaba el intervalo de su distracción involuntaria.

Retomó párrafos leídos en vano durante el ajetreo y de pronto vio, naciendo por detrás de los traseros de los autos aparcados, un grupo de rostros distintos que posaban con declarada admiración su vista en los ojos de ella, blancos, relucientes como el azúcar, sobresalientes por el contraste.

Estaba acostada en la hamaca, con una pierna recogida sobre si misma y la otra estirada amenazante con caer. Su extensión era enorme, tanta que la imagen parecía como si detrás de ella se encontrara otra negra de doble tamaño colocando su pierna como una simulada continuación con el motivo de engañar la percepción de quienes la vieran al arrastrar sus pasos por aquella calle de polvo seco y flores coloridas.

El tejido del vestido se unía ahí en más y sólo dejaba ver su cuello largo, perfectamente cilíndrico, su boca gruesa y rellena que ahora dejaba que se posara por sobre ella una sonrisa que marcaba un nuevo contraste entre el blanco liso de una buena dentadura y labios rojos densos como una cereza madura.

Su nariz era ancha, con una punta definida y precisa, ni muy grande, ni muy chica, de proporciones que bien podrían ser calculadas y pedidas por una paciente en proyección de una cirugía.

De los ojos que pasaron a su lado uno se grabó en su mente en una imagen que de ilusión se convirtió en una realidad, pero que se le escapaba en su no existir, de modo que sólo quedaban, para los otros ojos, el dibujo de su figura y las ansias de verla otra vez.