3/23/2014

Reinas


A veces las experiencias son impredecibles.
Uno hace y deshace, pensando que tiene todo bajo control. Que en el peor de los casos cabe la represión máxima. Esos momentos, para mí, son cosa poca de contextos específicos.
Este era uno de esos. El primer pensamiento es invitar a una reina. Reina llámese a estas mujeres que nos revolucionan, de esas por las que uno daría todo y que paralelamente, ellas lo saben. Lo saben desde una perspectiva de control. Es casi un paralelismo diferenciado.
A veces uno invita a la reina porque es la mujer que nos permite movernos con la misma libertad. Una reina es la mujer que aprecia el detalle y si no lo haces te lo va a hacer notar. Reina es la que puedes abandonar a su suerte siempre que tenga algún hilo que sostener y eventualmente, poder tirar. Es preciso considerar que un ocasional problema con las reinas es que a veces es uno el que las busca y se pasea alta vista y ojos abiertos a ver si por ahí aparecen, pero eso no es regla.
Y a veces calzan las reinas del demonio, es posible que te tomen desprevenido. Estas son las únicas que representan una figura. Son esas que parecieran cargar con tus fetiches como un hábito de la rebeldía a estándares costumbristas. Son esas que rosas con las mejillas y la sensación es similar a la presión del nervio principal de la columna vertebral y así como un soplido de aire helado tu cuerpo tirita, absolutamente desligado de la razón.
Hay gente que cree que nos formamos, hay otros que creen que nacemos predefinidos. Yo creo que no es ni una ni la otra. La cosa es simple, venimos preconfigurados, pero a ese sistema puedes meterle el programa que quieras.
Y aquí radica lo peor. Hay entre todas las reinas, una de pocas influyente como ninguna. No necesitas que todo sea como una película de Richard Linklater. No necesitas que la circunstancia sea perfecta. Tampoco necesitas que su consideración esté 100% de tu lado. Son esas reinas, esas reinas las que nos cambian la vida.
No es que sea una en el infinito y como mito del misterio de una media naranja solo hay una para ti. Solo una en el universo. Eso no existe. No es real. Pero de dos cosas estoy claro. Primero es que pueden pasar años y siglos sin llegar a encontrarte con una de estas reinas preciadas, de las especiales. El otro, es que puedes haber conocido a varias en tus años y por medio de miedos, inseguridades, formalidades u otro tipo de estupideces no jugaste como es debido y la ves perderse en un infinito sin memoria.
Pero ahí. A veces, como un regalo, algo te dice y lo sabes; estas con esa reina. Es su sonrisa que te maravilla, son esas actitudes que sorprenden, es el no tener ojos sino corazón, es el tener contactos y sentir como tus poros inquietos se inclinan a su piel. Son sensaciones bien especiales, son extraordinarias.
Y que haces cuando de la nada surgen dudas no resueltas, surgen problemas que no existen y barreras que no vemos y que no están ahí.
El problema de los tipos como yo es que creemos en el amor. La pasión es motor en nuestra vida. Somos catalogados de locos en muchas por ver más (otras por ver menos), pero definitivamente nunca somos ese soldadito de plomo que quieto se relaciona con el mundo.
Es una visión difícil de entender. Para nada accesible. Comprendo cuando no comprenden. Para mi es natural.
Yo soy de esos que toma su mano y lo siente. Siente su aliento y lo intento tragar, como si en un buen sentido y mágicamente proyectado absorbo. De esos que ven sus ojos y ven estados. Es un vínculo, quizá imaginario, quizás artificial. Pero los tipos como yo necesitamos a la reina para general el vínculo. Y esa reina, cuando la vemos, lo sabemos, es atípica, menuda y nuestra. Y queremos todo para ellas. Y esperamos todo de ellas. Esperamos que sientan como nosotros y que se alegren de nuestra sorpresa.
Que se rían de tus errores, y este punto es principal, siempre, una de las mayores virtudes de nuestra reina es que su risa es una melodía de metalófono. Suave, a momentos explosiva, es una risa que dan ganas de abrazar para disfrutar y quizás poseer. Es una risa que entra en nuestros oídos como la canción de las golondrinas que no escuchamos. Pero el sonido está ahí. Uno lo siente. Uno lo sabe.
Oh si. La risa es especial. No hay mayor afrodisíaco que una risa espontánea y natural de nuestra reina. Es como la trompeta de coronación en la edad o la conmemoración. Identificamos el sonido, lo retenemos durante un momento y luego sacas conclusiones.
Ellas, esas reinas. Un poder. Vulnerable a nada soy, pero que toquen a mi reina y que no me hablen. Uno quiere atrapar lo que expresan sus labios y gestos. Uno se entusiasma con ese juego. Incluso pasa que ella habla y ves como las comisuras de sus labios se moldean, finos relieves en un rojo que ilusas sentir. O eso es lo que uno imagina. ¡Pero es que es la reina! uno se repite.
Es ataca o morirás.
Lo peor es cuando la reina no entiende todo lo bello que es el escenario. Y dudan del poeta porque no es como debería ser. Y dudan del poeta porque tan bonito no puede ser. Y dudan del poeta porque les han hablado de esfuerzo incansable. Dudan porque pasa que no entienden el fenómeno. Dudan porque muchas veces sueñas con el príncipe galopando, mientras el indicado llega a pie con harapos idealistas y un ramo de rosas.
Una vez me recomendaron que si ella no entendía, no estaba preparada y había que dejarla ir. Las mujeres tienen vidas ocultas, contradicciones subterráneas. Vidas llenas de recuerdos y hábitos, de mensajes y proyecciones. Pero uno que  está ahí parado, en presencia de, lo sabe.  Y quieres tomarla de la cintura y masajearle la nuca.
Solo necesitas su aceptación y el cuento de buenas noches sería besarle la punta de la nariz.

2/05/2014

Contenidos gratis: La nueva burguesía


Las acciones anti piratería aplicadas principalmente en Internet son una completa basura.
Si bien es cierto que es importante resguardar y apoyar a los artistas, hoy en día estudios y distintos tipos de creadores (casi todos más replicadores) se llenan los bolsillos de plata afirmandose en poderes fácticos mientras dejan sin resolución el famoso dicho “por el amor al arte”. No se confundan, me refiero a famosos y célebres, a personajes globales, porque creo que los artistas locales, en especial los noveles o arte dirigido a minorías, deberían ser subvencionados y promovidos. Desde teatro a música, desde retratistas hasta artesanos. Alcaldías, intendencias, gobiernos regionales deberían ser instituciones instrinsicamente filantrópicas.
Hoy Internet impone de manera lenta, pero segura, la voluntad ciudadana de contenidos gratis y al alcance de todos, democratizando las comunicaciones y permitiendo con eso que personas interesadas, pero sin recursos puedan aprender lo que se les plazca.
Recuerdo el ruido que hizo el batero de Metallica, Lars Ullrich, por cómo se estaba distribuyendo la música de la banda. Casi en la misma época, Radiohead, de la mano del orate y extraordinario Tom Yorke lanzó el primer disco para descarga gratuita, pidiendo a cambio donaciones voluntarias. Años después York reconoció que las donaciones casi igualaron las utilidades con precio de ventas. ¿Cómo? Muy fácil, con una estrategia de marketing solidaria sus fans ideológicos aumentaron de manera significativa y muchos colaboraron motivados por un hecho ya comprobado por el israelí Dan Ariely: Lo gratis genera empatía y solidariza, vinculando a las personas en lo que son y no lo que tienen, dejando el dinero aparte y, con ello, ciertas ambiciones y aprensiones excluídas. A propósito, recomiendo la charla TED del mentado intelectual, no por casualidad, GRATIS acá.
También recuerdo a Eddie Vedder, años antes que las otras bandas mencionadas, cuando comenzó a apuntar a las productoras como los grandes mercenarios de la música, incluso planteó una serie de demandas a Ticketmaster por abuso en sus precios y condiciones  inapropiadas, no para él, sino para el público asistente.
Lars en su inmensa mansión y con millones hasta en el cajón del baño nunca ha podido tener empatía con el muchacho de 15 años que trabaja repartiendo periódicos para poder ir al estadio a ver a su banda favorita en vivo o comprarse el CD para poder escucharlo a todo volumen encerrado en su habitación. Y es extraño, porque de un músico se espera que haya pasado por una historia semejantes antes de ser famoso como es el caso, pero este vikingo parece que olvidó su pasado.
En cambio, Yorke precentía que Internet iba a ganar la batalla a la larga, su puso a la vanguardia, multiplicó su fama con una acción altruista no comercializada y entendió que su verdadera utilidad debía venir de los puritanos que aun querían el disco físico, con los conciertos (lo que los obliga a agendar más) y con el merchandasing original.
Y no es sólo un tema de dineros, hay mucho de ego en todo esto. Sin embargo, desde aquellos años la tendencia ha sido de que más y más bandas lancen sus discos gratis online, que los escritores hagan lo propio con sus libros y cineastas hagan lo suyo con sus películas, siendo las ramas más emblemáticas. De esta forma, cada vez más pintores utilizan galerías virtuales, fotógrafos, actores, documentalistas, etc. se apoderan de Internet como principal herramienta de difusión contribuyendo a esta extensa red. Además, está abertura facilita el emprendimiento, la creación, la sana competencia entendida desde la variedad y la innovación.
Los estudios cinematográficos tienen especial mención. Una película X (The Avengers) cuesta 220 millones de dolares en total. Si la película se populariza puede rescatar hasta 650 millones sólo en entradas al cine en el mundo y en un período de 15 días. Posteriormente X seguirá vendiendo utilidades por los siguientes 15 días y a eso súmales distribución pagada en la web (como Itunes o Netflix), el merchandasing, su venta en unidades físicas, entre otras fuentes. Imaginen la utilidad, hablando de una película exitosa. Invierten 220 millones y ganan al menos 1500 millones. Con piratería y todo multiplican lo invertido. Esos son números reales que puedes checkear en IMDB, aquí.
Estos son sólo ejemplos y claramente muy superficiales del problema y como se desenvuelve. Lo que me interesa plantear acá es que a pesar de que los poderes lo intenten es imposible, en base a un análisis histórico, que la ola de Internet disminuya. Es imposible que un año hayan menos hackers y geeks concentrando su máximo esfuerzo por subir y distribuir todo contenido que esté en sus manos gratuitamente a la red. Y este afán es muy potente: son tipos de clase media, que les ha costado cada cosa que tienen, que han tenido problemas con autoridades de distanta índole, que se han sentido abusados y pasados a llevar por un sistema que condena arbitrariamente razas, apellidos, barrios, costumbres, etc. En el fondo, es una batalla ideológica, no comercial y es por eso que no tendrá fin.
Lo han intentado todo, en Europa, Asia y Estados Unidos, inventando leyes, censurando, apresando a pioneros y poniendo restricciones. El resultado ha sido claro, acá los malos ganan, porque no son en realidad los verdaderos malos, sino que son los buenos ocultos. Y empresarios, banqueros y políticos de todo el mundo se disfrazan de los buenos, pero son los malos que con egoísmo desenfrenado pelean por sus intereses. En pocas palabras, es exactamente el mismo fenómeno de la monarquía peleandole a la nueva burguesía el espacio que el sector social ya se ganaba por derecho propio.
Google, la gran compañía actual de Internet, es el ente más poderoso del planeta hoy en día y será cada día más. Sin ser la empresa con mejores utilidades, y sin ser tampoco la más grande en infraestructura o en empleados, tiene un control global de internet de ciencia ficción que la gente suele pasar por alto. Esta autoridad comunicacional y este efecto es producto de un superlativo trabajo técnico entre varios factores más, pero nuevamente su punto más fuerte está en su filosofía. Google tiene como política corporativa transferir los costos de sus productos a las empresas y no a los usuarios. Así lanzar un app en Play Store cuesta menos de la mitad que en AppStore de Apple, lo que se traduce generalmente que se suban gratis a una tienda y de pago a la otra. Así Gmail destronó a Hotmail entregando muchísima más capacidad simplemente porque podían hacerlo. Así posiciono a Youtube como la nueva TV en internet. Así el buscador barrió con Yahoo, Altavista y Bling no puede, ni ha podido, competirle. Así Chrome se tomó el primer lugar en navegadores. Así Android es el sistema operativo más utilizado en tabletas y teléfonos inteligentes. Y así varios ejemplos más: Tu nunca desembolsas ni un peso por Gmail, Youtube, Google o Chrome. Y la publicidad utilizada por Google suele ser sutil e inteligente, sobretodo vinculada con las necesidades del usuario.
Por otro lado y esta es una teoría personal. Aun siendo un fanático de Google, esta compañía es lo más similar al apocalipsis. Google es hoy Skynet y en el futuro será Matrix, pero este tema viene por otro camino.

Insisto, todo este mapa y discusión va mucho más profundo que estos simples ejemplos. Pero es necesario entender el porque los contenidos en Internet son y deben ser gratuitos. En ultimas palabras, es la democratización absoluta del conocimiento y de las comunicaciones, una revolución a la que por supuesto los que estan en el poder tratan de derrotar infructuosamente.

9/25/2012

De catástrofe a anécdota, más de un paso

Las ocasiones memorables son una oportunidad para comprender esas pequeñas cosas que hacen la diferencia en la vida, y el cómo esos detalles repercuten en todo lo que vendrá después.
Por supuesto, estos momentos memorables suelen estar acompañados de una circunstancia propicia que antecede ese particular segundo congelado.
13 de septiembre de 2012, una fecha que nunca olvidaré. En parte porque es el cumpleaños de uno de mis hermanos, valor que se suma al adquirido desde hoy tras una historia de aeropuerto nada de agradable en un inicio, que se transformó en sus términos, en una intensa anécdota.
Este año, celebramos al hermano antes mencionado como una coyuntura especial. Era relevante porque en el clan teníamos la misión de aguantar contra viento y marea hasta las 3 de la madrugada, hora que nos pasaba a buscar el transfer para ir al aeropuerto. Esa connotación planteaba un desafío más allá de la hora en sí, era más bien el saber que se venían largas horas de aburrida y ansiosa espera, extenso tiempo que pasa como uno de letargo automático, de miradas al techo, observaciones a los personajes singulares y recorridos simbólicos a pie bajo la estructura de un gran edificio. Esos si son minutos para muchos desperdiciados, para otros significan la despedida de la rutina y el abrazo a la antesala de un nuevo viaje. Todo eso es lo normal, esta vez no sería así.
Transfer, autopista, cansancio y aeropuerto, maletas, tediosa cola por registro y el cruce límite, el de la policía, muy susceptible.
Me tocó en la ventanilla 11. Era a mi derecha y estaba sólo a dos metros del punto de espera demarcada con una línea amarilla. Dos metros que en ese instante y sin saberlo, me separaban de una nueva aventura.
Bastó menos de un minuto con los documentos en sus manos para que el ejecutivo me demostrara con un rostro de desaprobación que algo no estaba bien conmigo. Cerró con pestillo el cubículo y dirigiéndome con ademanes me indicó un mesón de atención de jerarquía superior y resoluciones generales. Ahí estaba yo, aún con cierta ingenuidad mirando de frente una catástrofe que se veía inevitable.
Así, me comienzan a contar la razón del problema. Hablan de orden de arraigo y detención. Se me puso la mente en blanco por la sorpresa, pero exaltado alegué mi inocencia -de la que estaba seguro-, apelando a mi buen comportamiento, mi, mi mi nada. La verdad, es que no es un mi, sino justamente lo contrario, el recurso de mi no culpa. La sentencia melodramática al civil equivocado.
Análisis: cuadrados, como solo ese tipo de gente entrenada para eso puede ser. Es frustrante, no entienden argumentos, solo entienden sobre orden, el mensaje que les da la pantalla –el desactualizado sistema interno- y el funcionamiento irrestricto del primitivo protocolo.
En eso llegó mi padre, quien lamentaba la situación con un buen carácter que se sumaba a ese peculiar manejo que los chilenos corrientes han aprehendido a utilizar con las autoridades uniformadas. El estado de ambos era de una especie de shock liviano, sin saber bien las consecuencias y en mi caso, evitando la reacción correcta a la injusticia que sucedía. Yo insistí, apelé a mi no culpabilidad de los hechos que se me imputaban, pero la respuesta que adoptaban y que se hacía repetida, era que el computador mostraba orden de arraigo, siendo eso lo único visible para las frías autoridades.
Así que opté por lo sano y apuré la única solución viable; comunicarse con el tribunal que había dado la orden para poder proceder, verificar que sucedía y oficializar el error indolente para con los afectados de estas instituciones tan alabadas por los mediocres políticos de la actualidad.
En el camino, desde aquel módulo hasta la sencilla puerta que marca el territorio de la temida PDI, el trato amable que se me prestó en un comienzo cambió. De ser pasajero o cliente, era de una, tras sólo cruzar un umbral y sin mayor discusión, un delincuente buscado por la justicia y tratado como tal.
Bajamos entonces a la oficina escondida entre turistas y el ejecutivo me dejó en un tipo de calabozo –en el lenguaje presidario-, el más decente de los que he estado, pero eso no debería decir mucho tampoco. En él, una frazada gruesa de esas chilotas del sur estaban sobre las sillas, asientos que eran como esos que ocupan en las consultas de hospitales, pero sin el acolchado final, o sea, sillas de fierro infeliz, por supuesto, todo sucio e incómodo.
La celda en sí tenía bastante de especial. Era de esas como de películas de misterio e investigaciones, donde hay un gran vidrio que permite a los que están en el exterior poder ver al interior pero no al revés, sin embargo, en este lugar -y fue lo primero que me llamo la atención- no era una oficina como la de los manuales. El vidrio en cuestión no existía, el gran recuadro era una simple abertura, un hueco que marcaba la huella de un posible destrozo anterior, accidentes que cuando se reparan en estos casos es siempre años, muchos años después del suceso.
Volvamos. Mi rabia consumía todo mi ser. Sin nada más que furia en los ojos y violencia en el tono me dispuse a responder mis datos básicos a un visitante en mi limitado territorio de cemento. Datos que no entiendo del todo el pedido, pues ya los tenían. Menciono esto porque esos datos me los pidieron varias veces. Entonces o estos tipos no registran o son idiotas o lo que me parece más apropiado, una mezcolanza de esas características invirtuosas.
Se cerró la puerta, nuevos largos minutos y se volvió a abrir. Esta vez era un administrativo de la PDI que con calma y trato neutral me explicó porque yo estaba ahí y que estaba sucediendo. No era la primera vez que me exponían esa información, pero sólo esa persona tuvo el tacto para comunicarse de manera correcta. Era la cuarta vez que escuchaba lo mismo y me pareció que hubo unas cuantas más después. Antes de que el tipo me dejara solo en las paredes desgraciadas yo comenté que los demandaría, aquejado por una involuntaria responsabilidad delictual. Me negaba a aceptar que aún me pasara esto, luego de enmendar mi error con todas las acciones que estipula la ley. Uno como ciudadano responde, pero el sistema no, una paradoja bañada de utopía social y política.
Antes de irse, el administrativo capcioso me pidió repetir lo que había dicho. No dudé en reiterar mi mensaje, esta vez más fuerte y con la voz más seca. El administrativo giró su espalda y me tiró esa clásica mirada de policía que tiene el control, cosa muy negativa para el que está en el otro lado y la recibe. A continuación agregué que no era una amenaza, pequeño desliz de criterio que superado  me pedía tranquilidad y respiraciones más hondas. Pero no era solo un desliz, yo en realidad pensaba en atravesar el recuadro de material inexistente y huir motivado por mi inocencia incomprendida deseando no solo amenazar a los que me tenían cautivo; quería dañarlos y perjudicarlos como sentía que me lo estaban haciendo a mí y a los míos. El sello emocional de la V de Vendetta convertía en cenizas mi mínima tranquilidad.
La puerta nuevamente se destapó de par en par y esta vez era el primer ejecutivo quien la traspasaba. El primero en fijar una anomalía, que arriba y apenas antes del embarque, había detenido mi camino hacia los cielos. Venía con una libreta de bordes celestes y estaba ahí para quitarme todos mis objetos de valor; celular, billetera con 43 mil pesos en efectivo y varias tarjetas inservibles, cinturón y ridículamente, los cordones de mis zapatillas, con la ironía que esas potenciales correas de la muerte son justamente para no utilizarlos como armamento, ya sea ahorcando a otros o a uno mismo, medida que se entiende de buena manera si nos hallamos en cárceles o encierros graves, pero acá con el rectángulo de la abertura como describí y a vista de todo aquel que  estuviera en ese espacio, era un pedido, en sencillo, estúpido. Pero bueno, para eso están los protocolos, para que los mortales los respetemos y algunos tiranos se los metan por la raja, pero ese es otro tema que evitaremos esta vez.
Ya era todo un reo de tomo y lomo y yo sabiendo que era un error. Mi cara de odio debe haber sido insoportable para quienes me custodiaban o mejor dicho, trabajaban ahí. Y si, no era rabia en realidad, era pura densa furia concentrada, de esa que no se actúa, de esa que uno no se conoce a si mismo porque nunca en un momento así se ha mirado a un espejo.
En eso, entra un oficial femenino. Otra administrativa de las oficinas de la PDI. Una conciliadora mujer de unos 120 kilos que casi tiernamente me repitió mi situación.
Por primera vez en todo el caos ella se comunicó conmigo con respeto humanitario, con el equilibro en palabras y tonos, con la omisión del marcado flujo de autoridad que deseosos los que la ostentan denotan al prójimo.
No me calmé, pero cuando se cerró la puerta esa última vez asumí en plenitud lo que pasaba y las consecuencias posibles. Chao al viaje familiar, chao a mi querido 18, chao al pasaje, a la aventura y al Perú. Chao al placer de conocer y bienvenidas repercusiones que colateralmente -como una estela- les dejaba a quienes me acompañaban. Sólo cuando hice esa reflexión mi respiración se calmó y ese hielo interno de insuperable frustración se quedó como un iceberg en mi metabolismo.
Entonces, filtradas por el hoyo en la estructura del encierro, escucho la palabra hermano y abogado. Katia, la de los redondos 120 kilos simpáticos, me decía que un hermano mío la llamaba y que había gestionado un abogado. Supe al instante que hermano y que abogado se hacían actores de la teleserie, aunque sinceramente, obtuso me dije a mí mismo: “que mierda, las cartas ya están sobre la mesa”.
El abogado volvió a llamar y tras unos minutos lo hizo una tercera vez. En paralelo a su primera llamada, más gente llegó a las oficinas y más pasos daban cuenta de un movimiento en alza. En poco, vi cuatro caras nuevas. Eran de 4 detectives tipo, vestidos de terno con una corbata purpura más fea que ellos mismos, pero en fin, el rango se notaba.
Así llama de nuevo mi hermano. Avisa que repetirá y que bajará a las oficinas de las negligentes injusticias.
Según él, baja para calmarme, para repetirme por enésima vez el tema de la situación en la que estaba y las opciones posibles. Para mí, su venida era un sin sentido alejado de conseguir su objetivo; mientras más te piden calma es cuando menos la consiguen. Al concluir de hablar y tras marcharse, me sacaron de la penca y fría ratonera y me permitieron el “privilegio” de sentarme frente a los escritorios, como un ciudadano común o un pasajero en problemas, ya no como un delincuente.
Al rato se me acercó el administrativo, ya a estas alturas un viejo conocido de mi hostilidad. Esta vez cambió el tono y me aseguró que junto a su equipo de detectives estaba viendo mi caso con suma prioridad. En ese diálogo por primera vez se me reconocía, sin decirlo directamente, el error cometido, aun cuando por el ya vilipendiado protocolo no me podían liberar hasta una prueba de ordenanza oficial que llegara desde tribunales.
Los minutos pasaban, en la tele –que a todo esto estaba justo dando la espalda al recuadro de la nada para mayor molestia y discriminación del encerrado- pasaban las noticias matinales, con el nunca bien ponderado reloj en la esquina derecha, instrumento digital que me avisaba como un temporizador que se acababan mis minutos, que por inconmensurable que fuera gracias a un repetido error -ya he sabido de varios casos similares- de unos funcionarios que ganan el triple que uno, yo me perdía el viaje, y de pasada, les causaba una profunda tristeza y otros varios sentimientos más complejos y ambiguos en sus mentes y corazones a quienes viajaban conmigo.
Hasta que aparece el administrativo. En esos momentos yo caminaba inquieto sin poder controlar mi control. Lo vi, a unos 10 metros de mis ojos, que se acercaba con la cara hacia abajo. Puede que sea subjetivo, pero para mí el gesto reflejaba notoria, o por lo menos, cierta demostración de vergüenza.
Me contó con un mal simulado entusiasmo que un fiscal había confirmado mi versión y el tribunal corroboraba lo mismo. Habían conseguido hablar con esas personas gracias a celulares -creo que posiblemente gracias a contactos personales-  por lo menos el del fiscal y contraparte detectivesca. Comprendí que ahí hubo una gestión, un favor, una acción para la solución como no había pasado durante toda esa larga noche. El temporizador matinal seguía corriendo y mi alegría se condicionó un poco cuando el mismo administrativo me contó que sólo faltaba que llegaran documentos oficiales para que actuaran como pruebas de las conversaciones telefónicas.
A esas alturas, mi estado se resumía en una etiqueta de poca aplicabilidad tradicional en este tipo de contextos, pero que esta vez enmarca con precisión mi estado: midiendo las expectativas y lleno de esperanzas, una de las eternas dicotomías de nuestro existir. En el contexto; resolviendo, pero quedándome abajo.
Mientras me sujetaba la cabeza luchando conmigo mismo, Katia me dice sonriente y con presente alegría que me devolvería mis cosas para apurar el trámite. Mis ojos se avivaron, por fin el camino se despejaba y tras firmar papeles que nunca debieron ser rellenados me entregaron todos mis objetos de valor -como ellos les dicen- aunque ni idea ni lógica hay en que el cinturón o los cordones pueden estar en esa categoría. Llamé a mi hermano y le conté la noticia, al parecer, podría abordar después del lento y tortuoso sufrimiento.
Yo no me confiaba y mi interés se concentraba en el temporizador que corría lento pero seguro. Los números se sucedían y yo no veía resoluciones concretas. Ante cierta desesperación de mi parte que hice explícita, Katia intentó tranquilizarme diciéndome que no me preocupara, que estaba  segura de mi liberación y que en el peor de los casos tendría que tomar otro vuelo y juntarme con mi familia en Cuzco –nuestro destino-. Aunque lo decía amigablemente mi pensamiento mezquino fue "en Cuzco me gustaría verte a ti #$%&%$#$%&!!!".
En eso, apareció mi hermano y cuando juntos nos tragábamos la positiva evolución en el panorama apareció el administro con cierta tensión de corto plazo a decirme que estaba todo ok.
Buen grito a la vida y buen abrazo fraternal.
Mi hermano subió por otro camino mientras yo corría con Katia y sus 120 kilos para alcanzar a llegar al andén: solo faltaban dos minutos según el reloj de mi celular. Corrí acompañando a la mujer por todo el aeropuerto como si fuera el protagonista de una tonta comedia,  pero con una marcada sonrisa demostraba estar feliz de lo que estaba pasando, una sonrisa distinta, la sonrisa en el shock, la sonrisa en la emoción.
Mi corazón latía con bravura y exaltación cuando llegué por fin a la puerta del andén correspondiente. Ahí me esperaba mi familia reclutados en la alegría del desenlace, rescatados de un pozo profundo muy oscuro, despertando con voluntad a la realidad del alivio.
Besos, abrazos, algunos llantos y otras cosas, pero eso a ti, como lector, ya no te corresponde.
Ahora escribo desde esos miles de metros sobre el cielo de los que casi me privan, para decir que este memorable momento, es una especial ocasión y una oportunidad de abrir los ojos valorando lo mucho, mucho, que cada uno debe reflexionar para sí mismo.

Al llegar al aeropuerto

7/19/2012

Crónicas de chaquetas


Mi madre siempre me ha considerado un fanático de las chaquetas. Y la verdad es que no se equivoca. Puedo tener 20 chaquetas y un pantalón. O andar con los calchunchos rotos, pero los hombros con telas nuevas sobre ellos.
Así, el otro día estaba pensando en las chaquetas que me han marcado a lo largo de mi vida. Tomando desde mis noveles 15 hasta mis 28 actuales han pasado, sin exagerar, por lo menos 200 chaquetas por mis closets. De ellas, muchas desapercibidas; fueron de esos regalos que uno encuentra lindos, pero nunca se pone o esas compras victimas de la seducción en un mercado innecesario que nos tienta. Como sea, realicé un Top Ten de esa lista con un análisis implícito: cada una es referente a un momento de mi vida, un espejo de mis inseguridades y confianzas, de mis preocupaciones y relaciones sociales. Muchas son las primeras en algo o en alguna visión de la vida adoptada.
Por lo anterior, no sólo es la lista, sino más una reseña a cada una de esas prendas memorables, esos pocas cosas –objetos- a los que les tengo cariño verdadero y nostalgia periódica.

Por orden cronológico aproximado, ya que no me acuerdo los años exactos, si más o menos el momento, sin ninguna rigurosidad.

Misma onda.
1.- La primera, como no, es la chaqueta del génesis, la que comienza con este gusto ropero: la famosa Mc Fly. La Mc Fly es una chaqueta poleron vintage típica de los 80’s y 90’s. Yo la tuve en mi closet como un año (1999-2000), pero pasó por el armario de por lo menos 8 amigos más. Era simplemente mística, nadie sabía muy bien por que, ni por que generaba tanta atracción. Imagino que debe haber sido por dos motivos: uno) era heredada del hermano grande de Ismael, un compadre que era muy indiferente en esa época y marcaba el estilo de “soy rebelde”. La dos), era la cantidad de éxitos amorosos de los que esta maravilla fue protagonista. En lo personal, me acerco más a la dos, sin embargo, no hay que dejar de lado que en esa época nuestros referentes eran nuestros hermanos, por lo que de alguna manera, también imponían nuestra moda. A todo esto, la chaqueta en el camino se deshilachó, se manchó y se le rompió el cierre y bolsillos, pero según cuenta la mitología sólo murió hace pocos años y su último usuario no fue nadie más que el hermano más chico del dueño original. Una leyenda del estilo adolescente de esos años.

Esta es bastante similar.
2.- La segunda tiene procedencia en el mismo hermano mayor del amigo y aún la tengo, esperando un nuevo momento que la haga especial. Es una chaqueta que ya llevaba sus buenos años guardada cuando la rescaté de la oscuridad. Es de cuero negro excelente calidad y corte 3/4. Al principio la usé para una fiesta de disfraces, pero me encantó y no me la saqué durante un buen tiempo, marcando tendencia en chaquetas de cuero ya que fue mucho antes de que todos las comenzaran a usar y, de pasada, contaba con el valor agregado que es otro corte  de confección que los típicos. No digo que marqué la moda ni nada así, simplemente yo fui uno de los tantos pioneros de nuestra generación que escaparon de la moda tipo. Obvio, vanguardia para nuestros pares, ya que el cuero es el elemento maestro en abrigo históricamente hablando. En esa época (2000 – 2003) comencé a desarrollar mi fanatismo por el rockanroll, por lo que la chaqueta me hacía sentir original y rudo. Además, tenía un aire Matrix, película de culto y que en esa fecha era simplemente la Biblia de muchos, en los que me incluyo. Por otro lado, esos años fueron además los que empecé a escribir más y en serio, lo que la relaciona con el nacimiento y desarrollo de un espíritu más underground y bohemio, círculos en los que quería puro entrar y por supuesto, pertenecer. el club de los rebeldes sin causa.

Corte identico, desgaste no.
3.- La tercera es probablemente la chaqueta que más he usado y más me ha gustado en mi vida. Era una chaqueta de jeans añejo, con un corte ochentero (más corta en la cintura) y forrada con chiporro del original de oveja, muy grueso. Era marca Levis, la primera prenda que tuve de esa marca y eso me causaba una sensación de alineamiento juvenil (mi madre me compró todo en Patronato hasta como los 13 cuando recién comencé a elegir y cambió esos barrios por Falabella). La compré en una ropa usada, ya debía haber tenido varios años encima, el jeans estaba gastado (casi blanco), pero tenía todos sus botones y se encontraba en perfectas condiciones. Esa chaqueta consolidaba mi gusto por el rock, pero con un estilo entre Grunge y Glam, - ya se marcaba una tendencia más que el uso per sé- . 
Con esa chaqueta me sentía el más bacán, así no más. Era como si me diera confianza automática al usarla. Le di como caja desde el 2001 hasta el 2008, quizás más, cuando derrotada ya estaba deshilachada entera. Los hilos colgaban de todas partes, yo crecí un poco también y entre todo ese desgaste caché que había que abandonarla. No la regalé ni nada de eso. Le hice un funeral y lamenté su deceso. Tuve mucha pena durante un tiempo, hasta que lo superé. No fue fácil, y eso hasta congeló un poco mi búsqueda del abrigo ideal.

4.- La siguiente está en esta lista más que nada por su fidelidad. Es una chaqueta de cotele muy clásica y sin nada de especial. La adquirí el 2001 y hasta el día de hoy la uso eventualmente. Es esa típica cosa que uno se puede poner para salvar cualquier ocasión. Abriga lo suficiente, se ve más o menos bien y está en perfecto estado. Es la polifuncional que todos deben tener en el equipo y que sin sobresalir, destaca por su regularidad. Tiene además una connotación familiar bien potente ya que la compré con mi madre y en general, incluso desde recién adquirida, ha estado distante de carretes. Es precisa para los domingos y para ir a tomarse un helado tranquilo. Actualmente, reside en Puerto Varas, donde es usada cada vez que voy.

Era perfecta.
5.- La chaqueta que viene a continuación es la que menos duró en mi poder de las diez. En un viaje a Argentina allá por el 2004, todos en mi familia nos mandamos a hacer chaquetas de cuero. Elegíamos el modelo y nos tomaban las medidas. Era lo máximo aspirable a una chaqueta de este tipo. La mía me dejó loco, era todo mi gusto, me daba un perfil más adulto y definitivamente quedaba perfecta. Hasta que un día, uno o dos meses después, me la pelaron magistralmente en una fiesta. No hice nada para que eso sucediera, la tenía a mis pies mientras bailaba y en un despiste no la vi más. La fiesta en cuestión era de un amigo y al finalizar muy enojado y buscando venganza me hice de dos chaquetas para reemplazar la mía. Como es lógico, ninguna reemplazó nada, ni estuvo ni cerca, y pasaron sin pena ni gloria de mis manos a otras cualquiera. Fue el robo sufrido que más me ha marcado, me enseñó a no soltar nada y a estar con la vista atento de toda posesión que se encuentre conmigo. 

Muy parecida.
6.- Esta chaqueta era muy regalona desde 2008 hasta no me acuerdo su final. Era de un corte similar a la de jeans ochentera, pero de un cuero falso y con características tipo aviador, con cuello y muñecas forradas por el exterior. Aun me acuerdo que me costó 5 mil pesos y eso me tenía saltando en una pata cada vez que me la ponía. Me sentía orgullo de tener gustos tan baratos y de poder vestirme sin gastar muchas lucas. Esta chaqueta sería el hito que le da un puntapié inicial a mi perfil de consumidor buscador de ofertas, actitud comercial que todavía me representa. Además, con ella estuve en el cumpleaños que más me ha gustado y por ello también tiene ciertas connotaciones que elevan su categoría.

7.- Esta es la primera parka del listado. Era una parka Rescue, para la lluvia, nieve, muy abrigada. Me gustaba harto, tenía detalles por todos lados y me sentía un profesional del frío. Pasó a mis manos el 2009 tras un préstamo sin retorno estipulado que le solicité a mi hermano, que apenas la apreciaba. Me acompañó hasta el 2010 hasta que su dueño la recuperó. Nunca se la he visto puesta. Esta fue también la primera parka que empecé a ocupar para salir, ya que antes las tenía limitadas sólo a condiciones extremas en casos especiales. Fue una buena solución a mis fríos permanentes.

Idéntica.
8.- Después vino un regalo de mi padre que llegó a reemplazar a otra. Era una parka Lippi de plumas. La primera tenida outdoor relativamente pro que tuve y que vino a reemplazar una de estas parkas baratas de multitienda que aunque salvan, pesan y ocupan mucho espacio. En cambio la Lippi era suave, liviana, se comprimía a lo mínimo y abrigaba mucho. La heredé cuando viví en el sure, por lo que apañó mucho en esos tiempos y cumplió a cabalidad con sus exigencias. El problema fue que ya estaba desgastada y tras tenerla unos 6 meses se me rajó un brazo sin darme cuenta. Luego la tuve otros 5 meses con el hoyo tapado con huincha aisladora inventando un parche en forma de X. Excelente arreglo, por cierto, hasta que fue suficiente y decidí reemplazarla por una igual, pero Doite que actualmente uso.

 
Regalona actual.
9.- Después de tanto cuero, quería más. Me faltaba una chaqueta negra más rockera que me hiciera eco a mis gustos y preferencias. La busqué por mucho tiempo, en muchos lados, hasta que un día encontré a la que era.
- Sí, esta es, pensé en ese minuto.
La tienda era de esos boliches únicos, que apenas caben 2 personas adentro y donde todo esta encima de algo o tapando algo. Me atendió un metalero trasher clásico muy buena onda y nos quedamos como una hora conversando. La tengo y sigue siendo una regalona, y definitivamente de las que me pongo es la que creo me sienta mejor, aunque eso es contrariado por mi círculo que muchas veces ha emitido comentarios individuales como que me queda grande o cosas así, estupideces ingenuas de la gente. Esta es la chaqueta que toda persona que se crea medianamente rockero debe tener si o si, es la infaltable, es la de los conciertos, la del carretes en barrios peligrosos, la de carretes vieja escuela. 

Yo la veo igual.
10.- Por último, tenemos el primer cortavientos del listado. Es una chaqueta Lippi, de esas ultra tecnológicas. Representa mi primera compra con holgura y sin obstáculos presupuestarios. También fue conmigo a las Torres del Paine, viaje reciente que me airió después de muchas tensiones laborales y sobreviviencia financiera. Además, es el icono de una nueva veta en mi closet por ropas técnicas, donde se prioriza la calidad y comodidad y el estilo cede un poco. Aunque claro, cuando me la pongo me siento altiro que estoy en condiciones extremas, aguantando e imaginando adversidad inexistente. Ya tiene 2 años y fuera del cierre que falló al par de meses de tenerla, el resto se mantiene realmente como nueva, ni un desgaste, aunque nunca he podido encontrar la tienda perdida que supongo estará en algún barrio de Providencia, Ñuñoa o el centro.




2/01/2012

Aquel don Rodrigo

Voy a hacer uso de este espacio para contar, ya que no se le conoce. Probablemente tu tampoco...aún.

Este es un tipo pierna larga y delgada, con el estómago flácido. Un rubio de ojos azules que gusta de ropa ajustada. Casi un galán. Pero ahí se queda ya que a este tipo lo he visto hacer cada estupidez innombrable, aunque no se puede descartar que su cualidad sea un profundo afrodisíaco para el sexo opuesto.
Sin ir más lejos, en la celebración del último año nuevo y tras repartirse aderezos en sus pezones con llagas producto de sus rutinas, quiso refrescarse en la piscina y en un salto mal calculado, con una toalla enrollada a la cintura cayó directo con el rostro en el borde. Sólo la punta de los dedos rosó el agua en un principio. Luego, arrastrando su humanidad, cayó hacia el transparente elemento.
Pero eso no es nada divertido comparado a cuando en una concurrida y exclusiva playa del litoral central mi comprade convenció al salvavidas que le prestara su megáfono y se paseó por la arena buscando un personaje inexistente y vociferando nombres de amigos y sus detalles secretos. O cuando organizamos una fiesta masiva en un Centro de Eventos y el estimado, en ese momento de barman, atendió con una particular polera femenina de un rojo intenso que terminaba centimetros arriba del ombligo.
Pero por supuesto, no acabaría ahí. El tipo flacucho éste animó varias veces eventos de su universidad. En uno de esos eventos estaba en pleno concurso ofreciendo como regalo merchandasing de auspiciadores a cambio de prendas y algún eventual desnudo. En tierra, a los participantes hubo que filtrarlos maximizando recursos y recurriendo a capital humano ajeno. Ellas no se quedaron atrás y subían gritando en un estado de euforia chillona.
El animador, emocionado por la respuesta del público y el frenesí en el ambiente se sacó él la ropa, bailó con una de las mujeres arriba de la tarima y se premió a él mismo. Y merecido tuvo la honorable distinción, nadie lo puede negar, fue simplemente el mejor del día. Ante la felicidad a borbotones que emanaba de su ser transpirado decidió seguir animando sólo con sus boxer de Los Simpsons. Que sólo valga mención, le quedaban chicos y más de un hoyo acumulaban.
Definitivamente no eran suficientes a vista de algunos.
Todo lo anterior sería aún exiguo. En una despedida de solteros en Mendoza, este rubio maldaoso se subió al escenario en la discotec. A los 20 minutos tenía a la gente riendo a carcajadas, no bailando. Los argentinos inteligentes lo dejan arriba de la tarima felices. Interectuaba con el público y se reía contagiando. Los dueños del lugar al final le pidieron sus datos de contacto. Querían tenerlo de nuevo entre ellos. Nada importaba bailar, si todos gozaban riendo.
Un hito en mi memoria. Un recuerdo inolvidable. Y una estampa de un humorista innato, que dicho sea de paso, es familiar indirecto de un legendario en la materia.

Bella sorpresa en un finde de excesos

El jueves fue de celebración. A las siete de la tarde ya me encontraba junto a los gordos extremistas para darle soltura al asunto y sobretodo, felicidad a la fiesta.
El festejo era el cumpleaños y la titulación de la hermana de Aquel, uno de los comensales. Era una situación poco común la presencia de tan variados integrantes. A pesar de eso, las conversaciones surgían de forma natural de una punta a la otra y lentamente, las levantadas de silla -que incluían un leve movimiento de trasero- se hacían más habituales.
Si, eso comenzó a las siete. Imaginen a las once. O mejor, a las 12.
La verdad es que era lo mismo sólo que con un volumen más alto –gritos-, más cercanía e intimidad entre las personas, y por supuesto, bailes improvisados más largos, recurrentes y ahora con coqueteos inocentes.
Como es tradición, se nos vence la hora de entrada gratuita al local del trasnoche elegido y nos quedamos vaso en mano repitiendo, o mejor dicho, cantando las crónicas de una partida ineludible que se atrasa siempre por lo mismo: la última.
Ese término es de una ambigüedad radical en contextos sociales. En la noche, la última parece referirse a un estado intermedio de continuación entre rellenos. Vamos a dejar eso aparte porque más allá del análisis lingüístico al concepto, lo que me interesa destacar acá es que si a las doce era la última, a las una y treinta ya llevaba un par más y mi vaso cambió del vidrio al plástico para que la última simplemente no existiera.
Contar todo lo que vino a continuación podría ser una historia detallada del clásico santiaguino: grupo grande junto, llegamos a la bailanda como le dicen los argentinos y hay un tráfico kilométrico. Logramos entrar previo desembolso no menor que a mi parecer es un abuso para ingresar y que además esté más lleno que metro chino. El primer destino al interior es la barra, acto que prosigue que un largo espacio de quieta observación y análisis entre hombres. Luego, baile, risas, trensitos y limbos varios hasta que sin mirar el reloj se prenden luces blancas que avisan que ya fue suficiente.
El viernes tuve reunión a las 11 am. Fue de esas mañanas en las que el sol lo sientes como un adversario y lo que más quieres es algo imposible de conseguir: una sensación de simple no malestar. Una utopía.
El día continuó normal enfrente del computador hasta pasadas las dos pm. A esa altura y con el objetivo cumplido era suficiente para tirar la toalla laboral y rogarle a mi cuerpo armonía.
Hasta las seis estuve en un placentero reposo absoluto medicinal. Esforzándome por respiraciones profundas y una búsqueda de relajación conocida. Esas horas avanzaron sin sobresaltos, pero lo mejor fue un alivio progresivo e ingreso de energías que habían estado agotadas.
Partí caminando hacia el cumpleaños de la señora de un amigo. Y esto es escasamente habitual dentro de lo que ha significado la transformación entre la juventud y seres adultos y responsables. Una tertulia amena, un par de completos italianos directo a mi estómago alegón y un abanico de temas más serios que la noche anterior. Incluyó el notable saludo del bebé –una cosa hermosa de pocos centímetros y más cachetes que el Kiko- y unas buenas anécdotas del mencionado Aquel.

Esta vez, no había últimas y a las doce ya estábamos en el auto camino a otro cumpleaños, de hecho, el mismo motivo que la noche del jueves nos reunió para brindar por la hermana de Aquel. Como dijo el engrupido tipo Arjona un par de tequilas y veremos que es lo que pasa tras tomar unos seis shots del tequila más rico y fino de México según el clásico colonista chileno repartido por el mundo -aunque en este caso mujer; la tía de Aquel.
Entre todo esto, incluso entre la tertulia primero y el jolgorio posterior, al estimado Aquel se le ocurre -quizás obligado por su propia desorganización- rogar con llantos falsos y propuestas indecentes que lo parcharan en su entretenida labor de sábados por la mañana. Tras exigirle un intento por explotar todo potenciales reemplazantes tuve que ceder ante la presión de mi mente y sus mensajes de compañerismo y lealtad infinita para al final corresponder a la solicitud con más desánimo que interés, pero con una sonrisa que se instalaba en mis labios resecos ante una sensación de hacer lo correcto. El triunfo del bien sobre el mal. Maldita buenaventura pensaba.
Tampoco describiré lo sucedido en la casa de Aquel, paradójicamente el templo de la locura y la diversión de la familia que denominaré de aquellos.
Al día siguiente, veinte para las diez de la mañana mi celular comienza a sonar. El sonido se me hace fuerte e intenso, así que tratando de evitar lo inevitable lo dejo debajo de las almohadas y espero que suene un miserable rato para contestar.
Sigo dormido. Esa primera comunicación telefónica me daba un aviso que era muy negativo pero que yo egoístamente deseaba. La polola de Aquel se preocupaba del matrimonio de su amiga lejos de la capital y que su pololo -al parecer- se había quedado dormido.
Pero Aquel no falla en eso. En ese inclemente despertar se me había olvidado.
Así que minutos antes de las 10 ya estoy con Aquel camino a una mañana que a pesar del sufrimiento que significó fue una gran y por cierto, bella sorpresa.
Llegamos, saludamos, compramos, preparamos y se despide. Todo era esperable en esas acciones, menos, menos, la presencia de una delgada anfitriona de espontánea sonrisa amplia.
Sin embargo, como es común la vida enseña. Es un manual de ella misma mientras que la experimentas ya que ahí me veía yo, casi esperando que la lindura del hall fuera la típica promotora experta en maquillaje de las que me da vergüenza ajena conocer y me producen rechazo rotundo.
Pero mi prejuicio estaba más que equivocado. Mi error era un ejemplo de mi estupidez propia al caer en las nunca bien ponderadas generalizaciones.
Lejos, muy lejos de ser una autómata, ella tenía un especial tatuaje en la espalda, sus posturas muchas veces eran más de una niña ingenua antes que de una modelo y su risa era tan recurrente como natural.
Después se aumenta de nivel y sus opiniones son coherentes, sus aristas tienen colores personales y sus respuestas son transparentes y de una sencillez maravillosa. A esa altura, ya me fijaba con concentrada sutileza en sus preciosas e interminables pestañas mientras ella hablaba y yo intentaba investigarla para poder leerla. Muy lamentable mi estado convaleciente, torpe como un niño terremoto y en las consecuencias de una representación de mi lado trivial de vida nocturna del alcohol y la jarana.
Gracias a ella toda esa mañana se disfrutó y eso como dicen los cordiales se agradece. Hasta que le pido el nombre completo para buscarla más adelante, hasta ese momento era como las noventeras La Vicky y la Gaby comentando “que rico buena onda”.
Le pido sus datos por una cierta inercia en una probatoria del orgullo masculino, cada mujer es un desafío por completo extraordinario, una oportunidad para autodemostrarse que cada instante de la vida puede ser el mejor.
Podría haberle pedido el teléfono también y sería una prueba aún más decididora, pero sintiéndome como me sentía una actitud abierta y positiva me era más que suficiente.
Hasta esa etapa yo estaba encantado. Más que por ella misma, de lo que ella representaba. En el fondo, una mujer atractiva, profesional, inteligente, con ideas y comportamiento natural. Me sentía como un minero encontrando la pepita de oro.
La cosa es que en ese proceso me entero que es italiana y es de la misma zona que mi familia. Algunos pueden decir que esto es algo sin importancia, pero yo, que tuve la bandera de Italia colgada en la pared de mi pieza durante mi infancia y buena parte de mi adolescencia era algo increíblemente simbólico.

Después de ese encuentro, mi humor se reacomodó en mi personalidad y tuve una tarde de piscina, cervezas, pastito, lomitos extraordinarios, fútbol y estar con el cumpleañero. Un crack de la vieja escuela al que me une un profundo afecto.
Pero hasta ahí no más llegué, tipo tarde noche y después de mezclar whisky con Coronas en unos 3 tragos largos mi cuerpo me pide descanso y lo escucho feliz.
Correspondiendo a esa elección me escapo del mundo social y me dirijo a la intimidad oscura del encierro en una pieza vacía y caigo rendido sobre el sofá negro.
Cuando despierto ya era algo tarde, mis amigos se querían ir y yo apruebo la moción con alegría.
Llego a mi casa y es sábado por la noche. Yo solo en mi departamento contento por lo vivido en días anteriores, entusiasmado por haber conocido a una mujer diferente y autoretándome por mis excesos.
Fue una seguidilla especial, de mucha risa, de mucha risa fácil, con una estrella que brilló por si sola.

3/23/2010

Clan abundante


Estaba un poco inseguro. Quizá un tanto confuso. La vida es compleja y contradictoria. Se hace difícil de entender. Y este año 2010 ha sido una tragedia completa. Malas noticias se han repetido una tras otra.
El día anterior salí de la playa tras una noche de rock y risas, directo a mi ex cole. La Negra había muerto. Una estimada tía Rapa Nui que dejé de ver con los años, pero con la que estuve harto en su momento. Como esos afectos que quedan congelados en un permanente stand by. No se cultivan, no se degradan tampoco, sólo están ahí, hasta fallecer.
A la mañana siguiente era la celebración del cumpleaños número ochenta de mi abuelita.
De ahí la confusión, ¿Cómo celebrar ante la pérdida? ¿Cómo gozar la alegría con un manto de tristeza en nuestras espaldas?
La respuesta fue muchísimo más fácil de lo que yo imaginé y, para mayor claridad, instantánea.
Como dije me subí al auto en un estado de tontera, dislocado. Al entrar a la casa de mi tío Andrés, genero de inmediato y con intención una polémica, una emocional crítica, dura ante la apoteósica presentación del evento. Las piezas no me calzaban. Hay veces que la mente limita nuestras percepciones.
Pero la tarde continuó. Primero con un ceviche de picoteo que disfruté sorprendido. Luego la foto familiar tradicional, con la carrera del Pipe y Carola coche en mano por llegar, la caída de la galera en la cual me vi afectado, pero no el más perjudicado, o la entrada del dueño de casa mamón que quería salir junto a su señora y atraviesa la barra con paso firme y sin tapujos.
A continuación leyó la carta mi madre, padre y hermano. Un mensaje que contiene toda la fuerza de espíritu y esa transparencia sentimental que como gran mujer ella patenta día a día.
Después a las mesas, todo impecable, muy fino, en apariencia, porque si algo NO tenemos es finura. Yo siempre lo he dicho; los Ferretti somos el estereotipo de los burgueses exitosos a la italiana que prefieren pegarte por tu bien, en vez de hacerse los ingenuos y no actuar, diciendo de todo y hasta lo que ninguno desea escuchar. En sus sillas, todos lo integrantes, menores y mayores, ordenados para una convivencia global y desinteresada.
Sin dar respiro salió Claudio Escobar, la voz de oro de Chile como lo presentó el Yeye. Un tipo pasado de copas en su trayectoria, vestido de negro completo, ingenuo en su imaginación que un cumpleaños de ochentas podría convertirse en una algarabía y una fiesta de esas magnitudes, pero no fue suficiente, ya que le siguió el turno a un gracioso clon de Juan Gabriel que según dicen se enamoró de mi.
Antes, hubo un mensaje y un minuto de silencio por nuestra compañera ida y por nuestros compañeros que partían a la isla a hacerle frente a la muerte. Un minuto solemne, respetado, necesario y unificador.
Pero, de nuevo, sin dar tiempo de asimilar el intenso momento nos hacen pasar al living y ver una presentación que la Jesu realizó junto a la Sofía -dicen-. Momento culminante, con lágrimas en los ojos el Pusy y Pato demostraban que de amor no nos quedamos. Los aplausos decían lo mismo de la pasión. Las risas aportaban lo suyo en representación del humor y el show con zapateo incluido de la Pancha fue la confirmación que la vejez es un tema más de actitud que físico.
Para la memoria quedará toda esa tarde, en su totalidad; el humor ya mencionado incansable e ilimitado de la Pancha, el frenesí de Chompy, sus gritos, tallas infinitas y bailes con cuanta dama encontrara entre sus saltos, el koala de la Tía Alicia, el ánimo de la Cucha, la presentación de la Jesu, la caída de Andrés y sus consecuencias, Pitu y Benja en un baile sensual y tantos otros. Es la armonía de aquel llanto puro, triste en felicidad que se respiraba sin pedirle permiso a nadie en ese jardín de Pirque que ya tanto nos ha acompañado en incontables ocasiones.
Como aquella carta, éste es un tributo a todos, a la increíble familia, a la potente matrona y nuestro amado Tata, a los espectaculares anfitriones, a los joviales tíos y cariñosos primos (presentes y ausentes).
Que mejor clan; uno de abundancia, sin caretas, sí diferencias, y con el amor como escudo común.

No es una figura, es una idea

Ella sobresale de una manera compleja. No es la rubia estilizada que entra en la habitación y haces de luces se posan en sus facciones y en su caminar. No, es distinto. Ella, es diferente. Su andar es sencillo e infantil. No sabe que vendrá, pero si que el paso lo dará. No así su mirada. Traviesa, inquieta. Siempre dispuesta con un halo de misterio y de pensamientos internos navegantes no comunicados. Con ingenuidad se deja admirar y en el intertanto ella observa y entiende la atención recibida. La desea. Sus labios la acompañan casi sin quererlo. Nadie les preguntó. Son de aquellos que con la imaginación se tocan. Son de esos en los que cada relieve potencia la sensualidad que parte con su color natural, más intenso, más vivo. Se toca y masajea pequeñas arrugas labiales. Son de curvas definidas con un perímetro exquisito, únicos.
Tiene actitud. Como dije no es la que entra y los flashes se posan en ella, es la que entra y desapercibida llega al rincón y como un trofeo se consolida. Va más allá. Derriba los estándares. Bota barreras. Es idealista. Una buscadora de su camino y ése debe ser –sin claridad lo afirmo- su mayor atractivo.
Ella se toca. A momentos. Rosan sus dedos su piel. Sus yemas en sus poros. Siente, se atiende. No lleva accesorios que desorienten. La vista fija en su cuerpo. No es una figura, es una idea. El color del sabor. El sabor máximo. En cada detalle. Imágenes. Como posa su mano floja sobre su estómago mientras disfruta recostada tranquila. No es el clavel clishé, es la flor maravillosa que todos quieren en su jardín. Ver, oler.
Ella canta. Con todo el afrodisíaco que conlleva una fémina de potencia vocal. Es como si la virtud le quedara chica. Ella es más que su hermoso cantar. Su voz escapa de control. Cuando lo hace agita sus manos y se ve la intención en sus movimientos. Su vista perdida y concentrada que hace como si no importara pero que sabe.
Ella, definitivo, sabe. Gira las piernas una sobre otra lentamente. Sin insinuar. Sin mostrar. El más coqueto de los comportamientos. Exponer su belleza en la casualidad.
Y por naturaleza ella antepone lo que es por sobre lo que se ve…de esas quedan pocas.

Tributo al 1er marido de la LD


Llegó desde un colegio bilingue que poco tenía que ver con el comportamiento bruto de un colegio tradicional de puros hombres, o mejor dicho, dejémoslo en masculino.
Al inicio no era más que un morenito alto, conflictivo, más cuico y elegante que el más de todo el colegio y de carácter pesado, digamos que principalmente difícil. Sobretodo en aquellas pichangas de recreo en las que aún sin saber ningún nombre era capaz de gritar y tratar de jugar. Aclaro tratar, porque aquellos días de novato en el colegio me imagino sus pobres canillas y dolores musculares varios. Habían matones que golpeaban en una búsqueda de control que hoy por hoy nadie entiende y más parece ridícula. Por inercia, deduzco que su semana número uno deber haber sido dura. Pero la verdad es que este tipo tiene algo en su carisma. Maneja las relaciones de una manera impecable que yo en lo personal anhelo y juega con el humor con una capacidad y fuerza que en confianza impacta por su potencia.
Recuerdo que a los pocos días de comienzos de clases de aquel séptimo dedo hizo su aparición en majestuosidad en el entretiempo de las 10. Estábamos sentados a orillas del maicillo que actuaba de cancha. Deduzco que yo no fui el primero en conocerlo ya que no entendía que diantres hacía ese arrogante entre nosotros. Pero sin chicas, el tipo demostró con creces su valía y desparramó en el suelo mi infundado prejuicio.
Mi memoria me cuenta que con un despartajo inusual Coké contó, a una barra escéptica, pero ansiosa de risas, el famoso chiste del pan que habla. Fue tal el impacto de su presentación que de un día para otro se ganó la amistad y el compañerismo del grupo más rebelde del curso, team que posteriormente se transformaría en la LD en la que yo, a modo personal, siempre lo vi como el mayor líder. Y válgame mamacita que fue positivo en su momento.
Pero no nos adelantemos que antes de media este abogado era un pendejo con todas su letras. Muy desafiante e inescrupuloso para atacar a cualquiera y burlarse de quien estuviera a su lado.
Sin embargo, memoro una vez que estábamos en su departamento y no encontramos que comer. Estábamos en aquel mismo séptimo y yo era un niñito mimado que lejos de manejarme en la cocina sabía más de despelotes sin autonomía. Pero él no, con una voluntad cariñosa preparó unos tallara que no digamos que eran maravillosos, pero si salvadores. Vivía en un departamento pequeño en Felix de Amesti, dejando en pleno juego al misterio como era posible que viviendo ahí con padres separados pudiera ser tan llamativamente refinado. Y a pesar de aquella característica que nunca cayó bien en la masa, el compadre era independiente como pocos y decidido como ninguno.
Nos veo caminando junto a otros libertarios dependientes camino a acusar a uno de los matones que con frenesí y fuerza desmedida le había enterrado un fierro en la parte posterior de la cabeza. O, eso fue cuando el matón Rigs le aforró su buen cornete en la nariz?. Confundo los recuerdos, pero ese no es el punto. Era mi amigo ya, pero se lo tenía bastante merecido. Como mencioné antes, Coké fue un pendejo hasta calculemos los quince años, cuando de un minuto y sin aviso dejó aquel escalón y se transformó por mucho tiempo en el más evolucionado de los monos.
Con su profundo criterio que arraigó desde esa época, yo mantengo en mi memoria varias y extensas conversaciones que nos pegábamos. Yo, en ese paralelo, era harto más infantil que mi amigo, pero tenía una capacidad de conversación -que mantengo- que nadie me podía igualar o sostener, quizá por aburrimiento, quizá por esa necesidad de movimiento que uno tiene a esa edad.
Además está vigente su impresionante closet. No éramos más que unos niños, pero mientras la mayoría poseíamos un par de pantalones y un puñado de poleras, este moreno antiguamente travieso tenía alrededor de un 800% más ropa que el que más. Era extraordinario ir a su casa y a propósito no llevar recambio porque en una de esas salías con boleto ganador y prenda nueva para la casa. Tampoco era un derroche, ni que fuera un abuso de muchos. Sí era en cierta medida un exceso de confianza de unos pocos, pero él, siempre gentil y generoso no dudaba -ni duda hoy- en compartir todo cuanto tiene al alcance.
Aquí menciono sólo para aflorar su virtud altruista y solidario. Más de una vez hicimos asados en los que nos quedamos cortos de presupuesto o no faltó al que le faltaban unos pesos para algo y fueron donados sin esperar reciprocidad por un sonriente Coké.
Varios paseos hicimos aquellos años y no la pienso mucho para afirmar de una que todos eran bajo su organización. Nadie tenía capacidad organizativa real, porque a los que entienden todo esto, el querido Ulloa que nunca fue un organizador, era más bien un gestor de relaciones que nos posibilitaba, casi sin faltas, la invaluable presencia de mujeres en nuestros eventos varios.
Fue también el gran gestor de nuestra comunidad. Y fue ahí mismo donde consolidó sus aptitudes de líder -ahora positivo- y nos coordinaba y motivaba a varios que no éramos muy proclives a ello, refiérase a la acción social de varias formas; desde repartir café con pancitos a mendigos en barrios marginales, hasta llevarles almuerzo y prepararlo junto a los integrantes de una comunidad. Sinceramente, yo admiraba eso. Parecía como si por naturaleza él fuera bondadoso y caricativo, siendo características que he ido desarrollando, pero que me cuestan atención y cierto esfuerzo.
No hablaré de relaciones pasadas ni esos detalles que sólo los íntimos sabían y conocían. No, no corresponde. Tampoco de conflictos intrascendentes poco afortunados.
Lo que si merece espacio es el contar el enorme aprecio, ése que sólo se forma con los años, ése que sólo se consigue por medio de lazos afines.
Y no sólo esas buenas palabras de honesta amistad, sino el deseo de una bienaventuranza en este nuevo camino. En este trayecto nuevo para nuestros pares. Una dirección que trasciende nuestros importantes pasados para vislumbrar el futuro de una pareja que a todo momento me cayó simpática. Ambición de una felicidad que no es una meta, sino éste recorrido que con empuje y coraje mi querido amigo comienza, para orgullo de todo su entorno.
Para que decir de los padres, que te reciben como a un hijo a pesar de mucho. Que abren sus puertas con gráfico amor verdadero. Dicen, me han contado, que de tal palo astillo y eso, en este caso, se confirma con plenitud.
Un beso y un abrazo para aquél; nuestro primer marido en la extinta LD.

De que se trata?


Son casi cinco para las cinco.

Un miércoles. Hubo carrete. De hecho, un cumpleaños. Puta que me reí. Gocé. Lloré de la risa y el estómago se quejó con la central por tanta explosión.

(Me acabo de acordar de algo muy excitante, pero no para contar. Sorry. )

Es bueno disfrutar de esos buenos momentos distendidos. El problema es que uno quiere más. La única ambición del callejero y se encuentra como yo hoy escribiendo a la 5 de la mañana de un miércoles cualquiera de la vida eterna.

Pa’ mi no es tan arbitrario…creo.

No sé, pero ahora que vengo “de visita” a Santiago igual los hechos, circunstancias, eventos que suceden me parecen más especiales, más peculiares.
Me acuerdo que siempre decía….y mientras escribía me olvidé (…A veces pasa).
Así es este cuento. Sigue siendo entretenido. ¿Es esa la gracia?

…Y menos mal…me acordé.

Hablaba antes que yo tenía la idea de comentar, o patentar, la creencia de que todo era un tablero y que en consecuencia la vida misma lo era.
A las mujeres siempre les ha encantado. Es muy estúpido, pero el juego con la arbietrariedad simplemente por decirlo les causa una extraña corriente que yo creo que recorre sus cuerpos en el instante mismo de la eterna victimaria mueca de apuros en sorpresa. Era más fácil decir bla bla. Más corto. No difieren. Yo me entiendo. Hoy por mí, es suficiente.

Algo cambia, no alcanza.

No sé que digo. Muchos no.
Negatividad, parece que es el inconsciente imperante. La verdad me perdí. Me vivo perdiendo y eso es bastante entretenido. Eso es lo bueno de esto. Es literalmente puro escribir o escribir fantasmas. Es posible que no me lleve a nada de nada. Hasta firmo por eso. Igual. Tengo al lado mío un chocolate Hersheys blanco Cookies and Cream. Puta el elemento del deseo cuaticamente rico. Se pasó. Cada bocado casi…

Algo raro está pasando en mi pc. Escribo y cuando aprieto la barra espaciadora me borra todo lo anterior. Así, no me deja expresar.

Gusanos.

Miserables.

Y me cansé. Pero me sigue una energía y ahora si que no sé que hacer. Muy tarde para ver una película. Muy tarde para todo. Resumiendo todo esto, parece que ahora vengo a entender que estoy o puedo estar un poco cansado.

Condicional.

Sin aceptar.
Una cabeza, nada líneal.
Que haya registro que si hubo jugo, no fue en vano.

9/21/2009

¿Puede una sorpresa repetir la historia?

Como todo buen paseo, sus sospresas son siempre bienvenidas y bien vividas. Este caso fue el del romántico reencuentro que deviene sin aviso, con mucho cariño y ponderada nostalgia arraigada.
Iba yo caminando por la tierra polvorienta de la senda a la destrucción, de vuelta de la playa ventosa del lugar en la que habíamos pasado una simpática mañana. Bonita, si, bien cuidada y tranquila la ribera, pero con viento y arena hasta por las orejas hasta que se vuelve insoportable.
Pues iba caminando junto al grupo ocacional del momento cuando, a alta velocidad y más abrigada que lo estandar, nos adelanta una mujer sóla con una chomba negra de lana gruesa, con su pelo castaño meneado por el mismo viento que antes nos había hecho tragar arena, pero ahora, con otra voluntad y definivamente amigo de la estética.
Esta mujer era una vieja conocida mía que yo, entre luces diurnas y recuerdos añejos, pude distinguir sin dudas. Ese reconocimiento vaciló mi paso y con nerviosa sonrisa al cuello cometí la imprudencia de comentarle a mis contertulios del descubrimiento.
Para no mediar obviedades, mis compadres desvergonzadamente la llaman y gritan su sobrenombre tan peculiar que casi nadie sabe que significa, pero no importa, ahí está ella unos metros alejada de nuestra subexistencia cuando en uno de los gritos entiende que el llamado es hacia ella y se aparta lentamente uno de los auriculares de sus audífonos blancos para sorprenderse también y ver a mi amigo, su conocido, caminado solo a una mínima distancia detrás de ella, con tanta bienaventuv y ánimo de celebracion, más la bandera de Chile agitándose tras sus espaldas que le incentiva la interacción a cualquiera.
Ahí me acerqué yo y la mencionada sorpresa giró en profundidad e impacto, para vernos, tras muchos años, frente a frente y sin más.
Cabe decir y comentar, sólo por la necesidad de la contextualización, que a mi querida estimada yo la había querido y harto y que había sido ella, quien con más miedo que desición, abandonó nuestro amor al poco tiempo de nacer y sin razón aparente.
Asi que, al encuentro, el palpite de mi interior se vuelve frenético y mi persona completa se debe enfrentar al desafío de no ser abandonado otra vez, en una esquina desolada con un beso interminable y el calor irresistible del verano abrazándonos.
La conversa sincera y el trayecto fue amenoal instante simpático y acogedor, por lo que al llegar al destino de rumbos separados ella atina con naturalidad a pedirme mi teléfono, que yo con torpeza dicto y, pero que con mayor soltura registro.
Entonces esa noche, motivado por esa sonrisa innocente, maravillosamente ingenua, de ternura exquisita con sus ojos de tristeza engañadora, tomo mi aparato para llamarla. Desgracias, nada pude hablar o nada entendeible. Traté con un mensaje para la opción de verla otra vez, pero nada, no me funcionó y como es tradicional en mí, dejo los intentos para jugar con el futuro y que lo que quiera la existencia que sea que suceda.
En el intertanto hiice lo mío, bailé, grité. Me reí, fumé, tomé. Tonteras varias. Travesura aún ninguna.
Y fui al imperio carnavelero de Chile, una fonda polpular en pleno 18, con banda y amigoskis decorativos incluídos.
Ahí la vi nuevamente, estática como si me estuviera esperando. Y voy directo hacia esas mejillas de niña para buscar cautivarla.
El momento me traslada sin preguntarme hacia aquella ápoca en la que besaba sus labios para acordarme que habían diferencias, algunas no menores y que ya antes esto pasó y el resultado no me favoreció.

7/08/2009

Pero…¿por qué?


Rara cosa lo que me sucedió.
En clases de inglés yo me di cuenta que era un poco corto de vista. Me acuerdo estar sentado en las baldosas elevadas con la raja fría, pero la vista tranquila. Todo lo anotaban en el blanco pizarrón, casi nada podía leer yo desde la distancia de mi pupitre, por supuesto, alejado de la mesa de la maestra, mi lugar más cerca de los rincones del desorden y la complicidad.
Desde aquella época quise operarme mi percepción visual de la realidad. Un cuadro de tonos pasteles en el que los colores se fusionaban sin presentar fronteras.
Así, comencé mis idas al oculista y lo primero que me dijo me dio tal desesperanza que la idea se mantuvo alejada de mis prioridades hasta un lustro, cuando de nuevo mi problema se hacía insostenible para la rutina.
El Doc me dijo sin tapujo que nada podía hacer hasta que el ojo terminara su completo desarrollo y por tanto, sólo cabía esperar.
Y así lo hice. A los 21, falta, me dijo el de vestido blanco. A los 22, se repitió el mensaje. A los 23 cambió el discurso y tras una serie de exámenes, el médico me dio su aprobación total para operarme cuando lo deseara.
Ni tonto, yo decía que mañana mismo no había problemas y parecido sucedió, una semana después una bella enfermera siempre dispuesta a distorsionarse en nuestra mente me colocaba con tierna gentileza gotitas especiales en los círculos que recibirían el potente rayo de la operación.
Aunque el plan es intervenir un ojo primero y tiempo después el segundo, yo, con mi tozudez de siempre brillando, conseguí que el proceso terminara tras una sola visita.
Estuve ciego un par de horas y unos diez días con una mirada extraña. Luego, el cuerpo se acostumbró a este nuevo estatus. Y ahí radica la rara cosa que me sucedió. Desde que comencé a utilizar mi vista nueva, mi memoria borró mi visión antigua y fue como si toda la vida hubiera tenido la misma sana situación ocular.
Tampoco yo le había dado mucha importancia al tema, no me llamó la atención que incluso mis recuerdos estaban grabados con colores vivos y claras líneas que delimitaban las formas, nada que ver con el cómo veía en el momento que se registraron los acontecimientos.
Hasta ahora, recién ahora, veo la diferencia, el antes y el después, puedo comprender el cambió que significó y lo distinto que es para la vida diaria detalles como estos.
Aún trato de descifrar porque mi cuerpo asimiló el cambió de inmediato, pero imponiéndolo en mi pasado y cómo es que después del tiempo me di cuenta de todo esto.
Cosa rara, gran fenómeno, genial me parece, pero…¿por qué?