3/23/2010

Clan abundante


Estaba un poco inseguro. Quizá un tanto confuso. La vida es compleja y contradictoria. Se hace difícil de entender. Y este año 2010 ha sido una tragedia completa. Malas noticias se han repetido una tras otra.
El día anterior salí de la playa tras una noche de rock y risas, directo a mi ex cole. La Negra había muerto. Una estimada tía Rapa Nui que dejé de ver con los años, pero con la que estuve harto en su momento. Como esos afectos que quedan congelados en un permanente stand by. No se cultivan, no se degradan tampoco, sólo están ahí, hasta fallecer.
A la mañana siguiente era la celebración del cumpleaños número ochenta de mi abuelita.
De ahí la confusión, ¿Cómo celebrar ante la pérdida? ¿Cómo gozar la alegría con un manto de tristeza en nuestras espaldas?
La respuesta fue muchísimo más fácil de lo que yo imaginé y, para mayor claridad, instantánea.
Como dije me subí al auto en un estado de tontera, dislocado. Al entrar a la casa de mi tío Andrés, genero de inmediato y con intención una polémica, una emocional crítica, dura ante la apoteósica presentación del evento. Las piezas no me calzaban. Hay veces que la mente limita nuestras percepciones.
Pero la tarde continuó. Primero con un ceviche de picoteo que disfruté sorprendido. Luego la foto familiar tradicional, con la carrera del Pipe y Carola coche en mano por llegar, la caída de la galera en la cual me vi afectado, pero no el más perjudicado, o la entrada del dueño de casa mamón que quería salir junto a su señora y atraviesa la barra con paso firme y sin tapujos.
A continuación leyó la carta mi madre, padre y hermano. Un mensaje que contiene toda la fuerza de espíritu y esa transparencia sentimental que como gran mujer ella patenta día a día.
Después a las mesas, todo impecable, muy fino, en apariencia, porque si algo NO tenemos es finura. Yo siempre lo he dicho; los Ferretti somos el estereotipo de los burgueses exitosos a la italiana que prefieren pegarte por tu bien, en vez de hacerse los ingenuos y no actuar, diciendo de todo y hasta lo que ninguno desea escuchar. En sus sillas, todos lo integrantes, menores y mayores, ordenados para una convivencia global y desinteresada.
Sin dar respiro salió Claudio Escobar, la voz de oro de Chile como lo presentó el Yeye. Un tipo pasado de copas en su trayectoria, vestido de negro completo, ingenuo en su imaginación que un cumpleaños de ochentas podría convertirse en una algarabía y una fiesta de esas magnitudes, pero no fue suficiente, ya que le siguió el turno a un gracioso clon de Juan Gabriel que según dicen se enamoró de mi.
Antes, hubo un mensaje y un minuto de silencio por nuestra compañera ida y por nuestros compañeros que partían a la isla a hacerle frente a la muerte. Un minuto solemne, respetado, necesario y unificador.
Pero, de nuevo, sin dar tiempo de asimilar el intenso momento nos hacen pasar al living y ver una presentación que la Jesu realizó junto a la Sofía -dicen-. Momento culminante, con lágrimas en los ojos el Pusy y Pato demostraban que de amor no nos quedamos. Los aplausos decían lo mismo de la pasión. Las risas aportaban lo suyo en representación del humor y el show con zapateo incluido de la Pancha fue la confirmación que la vejez es un tema más de actitud que físico.
Para la memoria quedará toda esa tarde, en su totalidad; el humor ya mencionado incansable e ilimitado de la Pancha, el frenesí de Chompy, sus gritos, tallas infinitas y bailes con cuanta dama encontrara entre sus saltos, el koala de la Tía Alicia, el ánimo de la Cucha, la presentación de la Jesu, la caída de Andrés y sus consecuencias, Pitu y Benja en un baile sensual y tantos otros. Es la armonía de aquel llanto puro, triste en felicidad que se respiraba sin pedirle permiso a nadie en ese jardín de Pirque que ya tanto nos ha acompañado en incontables ocasiones.
Como aquella carta, éste es un tributo a todos, a la increíble familia, a la potente matrona y nuestro amado Tata, a los espectaculares anfitriones, a los joviales tíos y cariñosos primos (presentes y ausentes).
Que mejor clan; uno de abundancia, sin caretas, sí diferencias, y con el amor como escudo común.

No es una figura, es una idea

Ella sobresale de una manera compleja. No es la rubia estilizada que entra en la habitación y haces de luces se posan en sus facciones y en su caminar. No, es distinto. Ella, es diferente. Su andar es sencillo e infantil. No sabe que vendrá, pero si que el paso lo dará. No así su mirada. Traviesa, inquieta. Siempre dispuesta con un halo de misterio y de pensamientos internos navegantes no comunicados. Con ingenuidad se deja admirar y en el intertanto ella observa y entiende la atención recibida. La desea. Sus labios la acompañan casi sin quererlo. Nadie les preguntó. Son de aquellos que con la imaginación se tocan. Son de esos en los que cada relieve potencia la sensualidad que parte con su color natural, más intenso, más vivo. Se toca y masajea pequeñas arrugas labiales. Son de curvas definidas con un perímetro exquisito, únicos.
Tiene actitud. Como dije no es la que entra y los flashes se posan en ella, es la que entra y desapercibida llega al rincón y como un trofeo se consolida. Va más allá. Derriba los estándares. Bota barreras. Es idealista. Una buscadora de su camino y ése debe ser –sin claridad lo afirmo- su mayor atractivo.
Ella se toca. A momentos. Rosan sus dedos su piel. Sus yemas en sus poros. Siente, se atiende. No lleva accesorios que desorienten. La vista fija en su cuerpo. No es una figura, es una idea. El color del sabor. El sabor máximo. En cada detalle. Imágenes. Como posa su mano floja sobre su estómago mientras disfruta recostada tranquila. No es el clavel clishé, es la flor maravillosa que todos quieren en su jardín. Ver, oler.
Ella canta. Con todo el afrodisíaco que conlleva una fémina de potencia vocal. Es como si la virtud le quedara chica. Ella es más que su hermoso cantar. Su voz escapa de control. Cuando lo hace agita sus manos y se ve la intención en sus movimientos. Su vista perdida y concentrada que hace como si no importara pero que sabe.
Ella, definitivo, sabe. Gira las piernas una sobre otra lentamente. Sin insinuar. Sin mostrar. El más coqueto de los comportamientos. Exponer su belleza en la casualidad.
Y por naturaleza ella antepone lo que es por sobre lo que se ve…de esas quedan pocas.

Tributo al 1er marido de la LD


Llegó desde un colegio bilingue que poco tenía que ver con el comportamiento bruto de un colegio tradicional de puros hombres, o mejor dicho, dejémoslo en masculino.
Al inicio no era más que un morenito alto, conflictivo, más cuico y elegante que el más de todo el colegio y de carácter pesado, digamos que principalmente difícil. Sobretodo en aquellas pichangas de recreo en las que aún sin saber ningún nombre era capaz de gritar y tratar de jugar. Aclaro tratar, porque aquellos días de novato en el colegio me imagino sus pobres canillas y dolores musculares varios. Habían matones que golpeaban en una búsqueda de control que hoy por hoy nadie entiende y más parece ridícula. Por inercia, deduzco que su semana número uno deber haber sido dura. Pero la verdad es que este tipo tiene algo en su carisma. Maneja las relaciones de una manera impecable que yo en lo personal anhelo y juega con el humor con una capacidad y fuerza que en confianza impacta por su potencia.
Recuerdo que a los pocos días de comienzos de clases de aquel séptimo dedo hizo su aparición en majestuosidad en el entretiempo de las 10. Estábamos sentados a orillas del maicillo que actuaba de cancha. Deduzco que yo no fui el primero en conocerlo ya que no entendía que diantres hacía ese arrogante entre nosotros. Pero sin chicas, el tipo demostró con creces su valía y desparramó en el suelo mi infundado prejuicio.
Mi memoria me cuenta que con un despartajo inusual Coké contó, a una barra escéptica, pero ansiosa de risas, el famoso chiste del pan que habla. Fue tal el impacto de su presentación que de un día para otro se ganó la amistad y el compañerismo del grupo más rebelde del curso, team que posteriormente se transformaría en la LD en la que yo, a modo personal, siempre lo vi como el mayor líder. Y válgame mamacita que fue positivo en su momento.
Pero no nos adelantemos que antes de media este abogado era un pendejo con todas su letras. Muy desafiante e inescrupuloso para atacar a cualquiera y burlarse de quien estuviera a su lado.
Sin embargo, memoro una vez que estábamos en su departamento y no encontramos que comer. Estábamos en aquel mismo séptimo y yo era un niñito mimado que lejos de manejarme en la cocina sabía más de despelotes sin autonomía. Pero él no, con una voluntad cariñosa preparó unos tallara que no digamos que eran maravillosos, pero si salvadores. Vivía en un departamento pequeño en Felix de Amesti, dejando en pleno juego al misterio como era posible que viviendo ahí con padres separados pudiera ser tan llamativamente refinado. Y a pesar de aquella característica que nunca cayó bien en la masa, el compadre era independiente como pocos y decidido como ninguno.
Nos veo caminando junto a otros libertarios dependientes camino a acusar a uno de los matones que con frenesí y fuerza desmedida le había enterrado un fierro en la parte posterior de la cabeza. O, eso fue cuando el matón Rigs le aforró su buen cornete en la nariz?. Confundo los recuerdos, pero ese no es el punto. Era mi amigo ya, pero se lo tenía bastante merecido. Como mencioné antes, Coké fue un pendejo hasta calculemos los quince años, cuando de un minuto y sin aviso dejó aquel escalón y se transformó por mucho tiempo en el más evolucionado de los monos.
Con su profundo criterio que arraigó desde esa época, yo mantengo en mi memoria varias y extensas conversaciones que nos pegábamos. Yo, en ese paralelo, era harto más infantil que mi amigo, pero tenía una capacidad de conversación -que mantengo- que nadie me podía igualar o sostener, quizá por aburrimiento, quizá por esa necesidad de movimiento que uno tiene a esa edad.
Además está vigente su impresionante closet. No éramos más que unos niños, pero mientras la mayoría poseíamos un par de pantalones y un puñado de poleras, este moreno antiguamente travieso tenía alrededor de un 800% más ropa que el que más. Era extraordinario ir a su casa y a propósito no llevar recambio porque en una de esas salías con boleto ganador y prenda nueva para la casa. Tampoco era un derroche, ni que fuera un abuso de muchos. Sí era en cierta medida un exceso de confianza de unos pocos, pero él, siempre gentil y generoso no dudaba -ni duda hoy- en compartir todo cuanto tiene al alcance.
Aquí menciono sólo para aflorar su virtud altruista y solidario. Más de una vez hicimos asados en los que nos quedamos cortos de presupuesto o no faltó al que le faltaban unos pesos para algo y fueron donados sin esperar reciprocidad por un sonriente Coké.
Varios paseos hicimos aquellos años y no la pienso mucho para afirmar de una que todos eran bajo su organización. Nadie tenía capacidad organizativa real, porque a los que entienden todo esto, el querido Ulloa que nunca fue un organizador, era más bien un gestor de relaciones que nos posibilitaba, casi sin faltas, la invaluable presencia de mujeres en nuestros eventos varios.
Fue también el gran gestor de nuestra comunidad. Y fue ahí mismo donde consolidó sus aptitudes de líder -ahora positivo- y nos coordinaba y motivaba a varios que no éramos muy proclives a ello, refiérase a la acción social de varias formas; desde repartir café con pancitos a mendigos en barrios marginales, hasta llevarles almuerzo y prepararlo junto a los integrantes de una comunidad. Sinceramente, yo admiraba eso. Parecía como si por naturaleza él fuera bondadoso y caricativo, siendo características que he ido desarrollando, pero que me cuestan atención y cierto esfuerzo.
No hablaré de relaciones pasadas ni esos detalles que sólo los íntimos sabían y conocían. No, no corresponde. Tampoco de conflictos intrascendentes poco afortunados.
Lo que si merece espacio es el contar el enorme aprecio, ése que sólo se forma con los años, ése que sólo se consigue por medio de lazos afines.
Y no sólo esas buenas palabras de honesta amistad, sino el deseo de una bienaventuranza en este nuevo camino. En este trayecto nuevo para nuestros pares. Una dirección que trasciende nuestros importantes pasados para vislumbrar el futuro de una pareja que a todo momento me cayó simpática. Ambición de una felicidad que no es una meta, sino éste recorrido que con empuje y coraje mi querido amigo comienza, para orgullo de todo su entorno.
Para que decir de los padres, que te reciben como a un hijo a pesar de mucho. Que abren sus puertas con gráfico amor verdadero. Dicen, me han contado, que de tal palo astillo y eso, en este caso, se confirma con plenitud.
Un beso y un abrazo para aquél; nuestro primer marido en la extinta LD.

De que se trata?


Son casi cinco para las cinco.

Un miércoles. Hubo carrete. De hecho, un cumpleaños. Puta que me reí. Gocé. Lloré de la risa y el estómago se quejó con la central por tanta explosión.

(Me acabo de acordar de algo muy excitante, pero no para contar. Sorry. )

Es bueno disfrutar de esos buenos momentos distendidos. El problema es que uno quiere más. La única ambición del callejero y se encuentra como yo hoy escribiendo a la 5 de la mañana de un miércoles cualquiera de la vida eterna.

Pa’ mi no es tan arbitrario…creo.

No sé, pero ahora que vengo “de visita” a Santiago igual los hechos, circunstancias, eventos que suceden me parecen más especiales, más peculiares.
Me acuerdo que siempre decía….y mientras escribía me olvidé (…A veces pasa).
Así es este cuento. Sigue siendo entretenido. ¿Es esa la gracia?

…Y menos mal…me acordé.

Hablaba antes que yo tenía la idea de comentar, o patentar, la creencia de que todo era un tablero y que en consecuencia la vida misma lo era.
A las mujeres siempre les ha encantado. Es muy estúpido, pero el juego con la arbietrariedad simplemente por decirlo les causa una extraña corriente que yo creo que recorre sus cuerpos en el instante mismo de la eterna victimaria mueca de apuros en sorpresa. Era más fácil decir bla bla. Más corto. No difieren. Yo me entiendo. Hoy por mí, es suficiente.

Algo cambia, no alcanza.

No sé que digo. Muchos no.
Negatividad, parece que es el inconsciente imperante. La verdad me perdí. Me vivo perdiendo y eso es bastante entretenido. Eso es lo bueno de esto. Es literalmente puro escribir o escribir fantasmas. Es posible que no me lleve a nada de nada. Hasta firmo por eso. Igual. Tengo al lado mío un chocolate Hersheys blanco Cookies and Cream. Puta el elemento del deseo cuaticamente rico. Se pasó. Cada bocado casi…

Algo raro está pasando en mi pc. Escribo y cuando aprieto la barra espaciadora me borra todo lo anterior. Así, no me deja expresar.

Gusanos.

Miserables.

Y me cansé. Pero me sigue una energía y ahora si que no sé que hacer. Muy tarde para ver una película. Muy tarde para todo. Resumiendo todo esto, parece que ahora vengo a entender que estoy o puedo estar un poco cansado.

Condicional.

Sin aceptar.
Una cabeza, nada líneal.
Que haya registro que si hubo jugo, no fue en vano.

9/21/2009

¿Puede una sorpresa repetir la historia?

Como todo buen paseo, sus sospresas son siempre bienvenidas y bien vividas. Este caso fue el del romántico reencuentro que deviene sin aviso, con mucho cariño y ponderada nostalgia arraigada.
Iba yo caminando por la tierra polvorienta de la senda a la destrucción, de vuelta de la playa ventosa del lugar en la que habíamos pasado una simpática mañana. Bonita, si, bien cuidada y tranquila la ribera, pero con viento y arena hasta por las orejas hasta que se vuelve insoportable.
Pues iba caminando junto al grupo ocacional del momento cuando, a alta velocidad y más abrigada que lo estandar, nos adelanta una mujer sóla con una chomba negra de lana gruesa, con su pelo castaño meneado por el mismo viento que antes nos había hecho tragar arena, pero ahora, con otra voluntad y definivamente amigo de la estética.
Esta mujer era una vieja conocida mía que yo, entre luces diurnas y recuerdos añejos, pude distinguir sin dudas. Ese reconocimiento vaciló mi paso y con nerviosa sonrisa al cuello cometí la imprudencia de comentarle a mis contertulios del descubrimiento.
Para no mediar obviedades, mis compadres desvergonzadamente la llaman y gritan su sobrenombre tan peculiar que casi nadie sabe que significa, pero no importa, ahí está ella unos metros alejada de nuestra subexistencia cuando en uno de los gritos entiende que el llamado es hacia ella y se aparta lentamente uno de los auriculares de sus audífonos blancos para sorprenderse también y ver a mi amigo, su conocido, caminado solo a una mínima distancia detrás de ella, con tanta bienaventuv y ánimo de celebracion, más la bandera de Chile agitándose tras sus espaldas que le incentiva la interacción a cualquiera.
Ahí me acerqué yo y la mencionada sorpresa giró en profundidad e impacto, para vernos, tras muchos años, frente a frente y sin más.
Cabe decir y comentar, sólo por la necesidad de la contextualización, que a mi querida estimada yo la había querido y harto y que había sido ella, quien con más miedo que desición, abandonó nuestro amor al poco tiempo de nacer y sin razón aparente.
Asi que, al encuentro, el palpite de mi interior se vuelve frenético y mi persona completa se debe enfrentar al desafío de no ser abandonado otra vez, en una esquina desolada con un beso interminable y el calor irresistible del verano abrazándonos.
La conversa sincera y el trayecto fue amenoal instante simpático y acogedor, por lo que al llegar al destino de rumbos separados ella atina con naturalidad a pedirme mi teléfono, que yo con torpeza dicto y, pero que con mayor soltura registro.
Entonces esa noche, motivado por esa sonrisa innocente, maravillosamente ingenua, de ternura exquisita con sus ojos de tristeza engañadora, tomo mi aparato para llamarla. Desgracias, nada pude hablar o nada entendeible. Traté con un mensaje para la opción de verla otra vez, pero nada, no me funcionó y como es tradicional en mí, dejo los intentos para jugar con el futuro y que lo que quiera la existencia que sea que suceda.
En el intertanto hiice lo mío, bailé, grité. Me reí, fumé, tomé. Tonteras varias. Travesura aún ninguna.
Y fui al imperio carnavelero de Chile, una fonda polpular en pleno 18, con banda y amigoskis decorativos incluídos.
Ahí la vi nuevamente, estática como si me estuviera esperando. Y voy directo hacia esas mejillas de niña para buscar cautivarla.
El momento me traslada sin preguntarme hacia aquella ápoca en la que besaba sus labios para acordarme que habían diferencias, algunas no menores y que ya antes esto pasó y el resultado no me favoreció.

7/08/2009

Pero…¿por qué?


Rara cosa lo que me sucedió.
En clases de inglés yo me di cuenta que era un poco corto de vista. Me acuerdo estar sentado en las baldosas elevadas con la raja fría, pero la vista tranquila. Todo lo anotaban en el blanco pizarrón, casi nada podía leer yo desde la distancia de mi pupitre, por supuesto, alejado de la mesa de la maestra, mi lugar más cerca de los rincones del desorden y la complicidad.
Desde aquella época quise operarme mi percepción visual de la realidad. Un cuadro de tonos pasteles en el que los colores se fusionaban sin presentar fronteras.
Así, comencé mis idas al oculista y lo primero que me dijo me dio tal desesperanza que la idea se mantuvo alejada de mis prioridades hasta un lustro, cuando de nuevo mi problema se hacía insostenible para la rutina.
El Doc me dijo sin tapujo que nada podía hacer hasta que el ojo terminara su completo desarrollo y por tanto, sólo cabía esperar.
Y así lo hice. A los 21, falta, me dijo el de vestido blanco. A los 22, se repitió el mensaje. A los 23 cambió el discurso y tras una serie de exámenes, el médico me dio su aprobación total para operarme cuando lo deseara.
Ni tonto, yo decía que mañana mismo no había problemas y parecido sucedió, una semana después una bella enfermera siempre dispuesta a distorsionarse en nuestra mente me colocaba con tierna gentileza gotitas especiales en los círculos que recibirían el potente rayo de la operación.
Aunque el plan es intervenir un ojo primero y tiempo después el segundo, yo, con mi tozudez de siempre brillando, conseguí que el proceso terminara tras una sola visita.
Estuve ciego un par de horas y unos diez días con una mirada extraña. Luego, el cuerpo se acostumbró a este nuevo estatus. Y ahí radica la rara cosa que me sucedió. Desde que comencé a utilizar mi vista nueva, mi memoria borró mi visión antigua y fue como si toda la vida hubiera tenido la misma sana situación ocular.
Tampoco yo le había dado mucha importancia al tema, no me llamó la atención que incluso mis recuerdos estaban grabados con colores vivos y claras líneas que delimitaban las formas, nada que ver con el cómo veía en el momento que se registraron los acontecimientos.
Hasta ahora, recién ahora, veo la diferencia, el antes y el después, puedo comprender el cambió que significó y lo distinto que es para la vida diaria detalles como estos.
Aún trato de descifrar porque mi cuerpo asimiló el cambió de inmediato, pero imponiéndolo en mi pasado y cómo es que después del tiempo me di cuenta de todo esto.
Cosa rara, gran fenómeno, genial me parece, pero…¿por qué?

6/19/2009

Lo más mínimo de lo mínimo somos nosotros mismos


Ayer estaba pensando y comencé a darle vueltas a varios pensamientos conectados entre sí. Primero quisiera partir con un concepto que creo que está horriblemente mal utilizado en nuestra limitada sociedad cultural de occidente.
Resulta que a uno toda la vida le andan diciendo y repitiendo que hay que madurar, autoridades del jardín primero, del colegio después, de la U al final, pero principalmente los padres, tíos, abuelos y otros familiares.
Pero resulta que la verdad es que ese término se ocupa en sociedad hace unas cuantas décadas, por cuanto no es una palabra que busque referirse en realidad al desarrollo humano, sino que se dirige a las etapas de la vida de las frutas y verduras.
Pero acá hay una cosa importante, en los mencionados elementos naturales el estar maduro significa que el cuerpo en cuestión ya terminó su ciclo de desarrollo, está listo para ser comido, o sea, acabar con su crecimiento.
Y volviendo a lo anterior imagínense que a nosotros permanentemente no están diciendo eso, cuando lo que dicen los que lo profieren, sin saberlo, el mensaje que te están transmitiendo no es “crece” o “evoluciona” -como me gusta decir a mi-, sino que te están diciendo enveceje, muere, termina tu ciclo.
Uno a veces pasa desapercibidas este tipo de cosas que parecen superficiales, pero en realidad, el cerebro humano funciona mucho más allá de la comprensión de la conciencia, -que a todo estos estén, siempre paradójicamente conscientes, de que la consciencia es social, o sea artificial, un invento de la humanidad, no es natural- y al masificar ese mensaje el niño lo intuye en una extraño lazo no razonal con los vegetales y no entiende la relación y la complejidad del término, pero si ve el mapa claro como se los expuse. No hay que ser un gran sabio para saber de antemano que la máxima sabiduría proviene de los menores y no de “el adulto responsable”.
Sinceramente creo que a pesar de lo que al mundo le encanta ventilar, la humanidad es tan prehistórica hoy como al principio de los tiempos. Y la ciencia? Pues bien, pongamos que como ciencia la medicina es de las más avanzadas, pero resulta que la medicina tradicional, esta es, la que se imparte en hospitales y clínicas, sólo entiende un 10% de las enfermedades actuales y de ellas no todas, aún comprendidas, logran conseguir curación. Además otro 10% de los pacientes de esta medicina tradicional termina peor que al tratarse o incluso falleciendo por fallas tecnológicas o negligencia del personal. Esto es simple, pregunten en su círculo social cuantos les ha pasado que el doctor los diagnosticó mal o que la cirugía, antes recomendada, terminó en pésimo puerto.
Por todo lo anterior replico y grito que no se dejen engañar, lo mejor que podemos hacer como cavernícolas civiles que somos es darnos cuenta de esto e internalizarlo lo antes posible y nunca creernos el cuento más allá de lo tolerable, porque además como algunos saben para más remate nosotros somos uno entre miles de millones de personas, nuestro planeta es uno de los chicos en nuestro sistema solar y nuestro sistema solar es enano, mísero en un universo que el hombre no conoce en totalidad, ni siquiera en parte importante.
Con todo esto voy a que, primero, cuida los conceptos, no siempre el lenguaje es algo superficial –yo personalmente creo que no lo es, para nada- en segundo, que no se crean seres especiales ni superiores a nada, -refiérase flora y fauna- ya que sólo somos un animalejo más que habita estas tierras y, tercero, hay que mantener la humildad y la sencillez ya que lo más mínimo de lo mínimo somos nosotros mismos.

6/03/2009

Bam Bam Zamorano versus Matador Salas


La despedida de José Melinao Marcelo Salas ha colocado en el tapete, por todas partes, la discusión sobre finalmente quien fue mejor. Debate hiper estéril, porque cualquier aficionado del fútbol chileno sabe que si por obligación, sólo si es un deber, habría que elegir alguno, el que se lleva el premio es Elías Figueroa, uno de los grandes de la historia según la propia FIFA.
La comparación entre El Matador y Bam Bam la he visto en todos los medios periodísticos, radio, televisión, prensa escrita e internet y, además, en el debate popular ejemplificado como punta del iceberg en el nunca bien ponderado Facebook.
Pero digo que esta confrontación es un completo sin sentido ya que aún jugando en el mismo puesto y siendo contemporáneos la realidad de uno y otro es diferente.
Bam Bam ostenta como mayor logro haber sido Pichichi de la Liga Española en el Real Madrid. Fue además tercero con la selección en las olimpíadas, equipo que lideró por completo y era el capitán. Como veterano aún jugaba en la competitiva Seria A en el Inter de Milán, en el que Zamorano no era titular indiscutido, pero jugaba y harto, incluso hizo unas cuantas tripletas en el Internazionale. Todo eso destacando el logro de abrir las fronteras al fútbol chileno, poco observado en esa época por el resto del mundo, escenario muy distinto al de hoy, donde es muy factible que estrellas locales salten directamente, y por cuantiosas sumas, al exigente fútbol europeo. Eso es gracias a Iván.
Por su parte, El Matador ha salido campeón en todos los clubes en lo que estuvo y en varios de ellos fue la estrella y además fue elegido el mejor de América. Sin embargo, no fue goleador de liga ni en River, ni en Lazio, menos en la Juventus.
De la U campeona 94’ y 95’ (que robo, pero ese es otro tema) era la máxima figura del plantel y se encaminó a Argentina. En Los Millonarios fue un ídolo, hasta ser considerado hoy por hoy uno de lo máximos de la institución. Famoso el relato: Salas y River campeón!!! Salas y River campeón!!!.
De ahí partió a la Lazio, equipo chico tirado a grande, pero que justamente fue esa la mejor etapa de su historia. Allí Salas también fue ídolo y figura y partió a la Juventus, único desafío, a mi parecer, de primerísimo primer nivel. La Juventus de esa época era como el Manchester United actual y estar ahí era la gloria, en cambio, la Lazio hubiera sido como el Werder Bremen o la Roma actuales. Es ahí donde esta la prueba de fuego porque en Turín Marcelo apenas jugó, se lesionó, fue dos años parte de un equipo por el que jugo poco y nada. De ahí vuelta a River, donde hizo buenas campañas, pero no espectaculares y luego la U, donde se retiró con menos glorias de las que partió antaño al extranjero.


Ahora vamos a las características. Zamorano tenía el mejor cabezazo de ese momento, acompañado de un salto impresionante, siendo considerado hoy uno de los mejores goleadores pívot. No era talentoso, pero era puro esfuerzo y corazón. Con sus patas flacas, pero el pulmón enorme, el compadre simplemente batía a cualquiera. Le tocaron siempre planteles estelares y siempre destacó. No era hábil, ni rápido, ni tenía una pegada espectacular, era todo un maestro del mérito.
En la otra vereda, Salas fue tremendamente evolutivo. En la U era sólo un lauchero con buena ubicación y un peligro potencial. En River Plate se hizo hábil y aprendió del trato y de la pegada. En la Lazio aprendió de pases y liderazgo, transformándose en esa etapa en uno de los delanteros más completos del momento. Él tenía todo, ubicación, cabeza, pegada (con ambas aún siendo zurdo), pases cortos y largos y muy aceptable velocidad, además de ser explosivo. Con el tiempo El Matador aprendió sus intuiciones futboleras y eso lo hizo grande, sin desmerecer su permanente compromiso y buen deportista, pero hay que tener en cuenta que Salas siempre fue de los que hacía un asado antes del partido y se tomaba unas piscolas por ahí, de repente, por la buena onda como quien diría.
En goles importantes ambos hicieron, aunque me quedo principalmente con los de Melinao, como el de River de mitad de cancha, el de Chile contra Inglaterra y el del Mundial cuando le ganó el salto a Cannavaro.
En fin, después de este análisis afirmo que esto de las comparaciones es una reverenda estupidez por una tesis muy simple; comparar, resta. Y acá, en el culo del mundo, lo que menos debemos hacer es restar y en vez de todos los medios hacer comparaciones sobre quien fue mejor deberían cubrir las maravillas que hicieron juntos para así sumar y hacer la operación correcta.
Siento, además, que esto de forzar la comparación está muy relacionado con la búsqueda de líderes por un lado y por otro, la estúpida barrera que colocan las oposiciones de los hinchas y clubes porque más que mal, Zamorano fue más chileno que colocolino y así lo demostró en su carrera y en su despedida y Salas fue más chileno que azul y mismo cuento, se comprobó en su carrera y en su despedida.
Por último, el tema es muy semejante en el tema Riera vs Pellegrini. ¿Hasta cuándo de comparaciones? Rescaten y valoren lo positivo y sientan orgullo, no vulgares recelos.

5/05/2009

Del bueno y de la buena


Acabo de terminar de ver una de las películas más representativas de lo que en realidad es la adolescencia, que por cierto no veía hace un buen lustro. Es tanto así que tuve que ir a buscar con urgencia una cerveza para mitigar las ganas que tengo en este preciso momento de embriagarme con escándalo y hacer tonterías que antes estaban con toda libertad permitidas.
Libertades que si uno se toma en este período, excepto casos muy particulares como despedidas, cumpleaños, matrimonios u otro tipo de celebraciones, son miradas por el resto con prejuicios radicales impuestos por los estándares de comportamiento que la sociedad y varios de los que nos rodean, por poco, imponen.
En el filme pasa todo lo respectivo a esa época de la vida; sus personajes, situaciones y relaciones varias. La madre que reta al hijo cuando llega al amanecer, un clásico. Le pregunta si bebió y un par de detalles insignificantes de la noche, pero sólo para disfrazarse de…, porque aunque se da cuenta que el cabro anda medio puesto igual cierra la puerta de su pieza con esos ojos maternales inconfundibles y entiende que sin importar las reglas, el desgraciado viene con una sonrisa de oreja a oreja incontrolable. Sí, acaba de perder su querida castidad. Lo que por añadidura no sería lo único que hace por primera vez durante el transcurso de esa noche.
También está el matón insoportable; que grita mucho, que se impone por el volumen alto y amenazas permanentes, pero que al fin y al cabo no le cae bien a nadie, es patético y termina siendo rechazado e humillado por sus pares.
Está la pelea menor, infaltable donde hay mucho desorden, con un par de golpes merecidos (otros no tanto) y una herida en el labio “del perdedor” que da muestra del enfrentamiento sostenido.
Por supuesto, está el lío con la policía respectiva que paquea per sé, sin motivos verdaderos y más en el deber de hacer algo porque simplemente eso es lo que representan. Pero seamos sinceros, a nadie le hace daño una tropa de giles tomando cerveza en la plaza. Aunque sea contra la ley, me parece hasta mejor que reprimirlos, asustarlos y creer que por ello no lo volverán hacer. Ridículo cómo piensa la autoridad.
No se puede olvidar al de mayor edad, que aún con el deber de trabajar y hacer vida adulta prefiere la junta con jóvenes que no tienen mayores responsabilidades y disfruta de esa rebeldía y de los potitos bien puestos y firmes. Para el bronce y para que un querido amigo tenga en cuenta, este compadre comenta el porqué le gustan tanto las colegialas y dice con tranquilidad y tono rítmico que es porque él se hace viejo, pero ellas siempre se mantienen en la misma edad, simple, genial. Sé que no suena tan extraordinariamente bien, pero si lo piensas, es la maestría de la sabiduría.
Y nada más memorable que el potencial carrete en la casa del que se queda solo. El problema es cuando justo antes de subirse al auto los padres cachan que su hijo se trama una fiestoca más o menos en la casa mientras ellos estarían fuera y deciden en ese instante cancelar sus planes. No hay carrete, los padres no se van.
La película eso si tiene ese desagradable gusto sobre gringo que tienen algunos filmes realizados en ese país. Ese aire a brutos idiotas sin cabezas, adultos sin criterio para nada (no me refiero a uno que se toma un par de copetes y le da vueltas la cabeza, sino al que amenaza a cualquiera con un arma de fuego por una estupidez) y a rituales innecesarios que se practican como si fueran una religión. La cultura de la exageración y los extremos.
He visto muchas, demasiadas obras cinematográficas respecto al tema éste del adolescente y lo que en realidad hacen cuando están a sus anchas, y fuera por ese ya mencionado y marcado toque norteamericanista que tienen casi todas, pocas, muy pocas, reflejan el escenario real sin exageraciones burdas, personajes sobreactuados, sobrantes y sobre reaccionarios y, para agregar un halago justificado, no se puede obviar el placer de cualquier cinéfilo de presenciar un buen guión como el que les comento.
Por si no saben y se preguntan de que maravilla hablo y aún no adivinan, se trata de Dazed and Confuzed de Richard Lincklater. Sencilla, honesta, volada, entretenida, pero además y como si fuera poco, tremendamente rockanrolera…del bueno y de la buena.

4/19/2009

Plato al fútbol


Recién terminé de suministrarle a mi cuerpo uno de los desafíos más poderosos que haya recibido nunca antes en su extensa trayectoria. Esto, cómo un receptor de alabada categoría en el área chica de la alimentación desmesurada.
Todo comenzó cuando un domingo cualquiera -en el que se vive el clásico chileno y argentino, que a mi no me importan mayormente por ahora- me veo en la situación de proveerme del tan casero o externo almuerzo dominical en la casa de mi tía, pero en la que me encuentro solo con mis vicios. La casa se encuentra despoblada de sus habitantes por una visita habitual de ella y mi prima en este tipo de días; a la familia.
Pero así junto conmigo reviso el refrigerador para ver que hay dentro y disponible y hacer un análisis comparativo de las posibilidades. En el estudio, influye de manera magistral la fácil y rápida preparación, ni mencionar, claro que si, que después de la prioridad principal que tienen las mezclas de sabores que más satisfacen a las papilas gustativas. Me refiero a que sea un placer arrollador saborear.
Vi arroz, palta, lechuga, huevos, pepino y zanahoria. Arroz quedaba poquito, pero sería la base del campeón junto a la palta. Dúo dinámico ése, bien potentes. Una dupla de temer.
Primero cogí una de las paltas resecas que hay acá: “Son silvestres”, dice la tía a medio andar entre su movilización permanente.
Algo le pude sacar a la fruta verde, que en vez de ése color la habían pintado en su interior más de luto que de vegetación. Eso me entregó un poco, pero muy poco de palta a mi plato así que busqué ahora una de las de verdad y tras tocarlas con cortesía elegí la más madura.
La corté por la mitad y se complementó con su prima campesina en la blanca, aunque acuchillada cerámica plana. Al momento, guardé la otra parte en el refrigerador y me dispuse al inicio de la creación.
Entre medio recogí por ahí el tazón donde se encontraba el poquito de arroz y lo calenté unos segundos en el microondas.
En paralelo escudriñé para encontrar un sartén apropiado, y al dar con él, lo puse un ratito al precalientamiento previo. Originalmente iba a ocupar un solo huevo, pero al quebrarlo cometí algún inusual error y la yema se esparció por la superficie de metal. Ahí supe que iba a ser un efrentamiento, al final, con dos balones blancos dentro del campo.
Saqué el arroz de la caja imprescindible y lo vacié en la ya molida, saleada y revuelta paltita. Y nuevamente lo mezclé hasta conseguir una fusión uniforme. Parejito.
Entre tanto, atendía a quien se cocía al fuego y me dispuse a permitirle la presencia de un compañero de castigo y así el segundo huevón se reventó de manera perfecta en el teflón.
En una apertura casual de refrigerador vi por ahí escurridizo un queso que me llamaba a gritos para ser rebanado y, siguiendo mi instinto y el llamado corporal, dividí la cosecha del producto lácteo en dos. Una parte iría a acompañar en la cancha a los cocidos, y la otra, se iría en pequeños pedazos al arroz tibio con palta. La idea fue que los primeros se derritieran en su máxima expresión, mientras que sus compipas del segundo grupo apenas tuvieran una relación cariñosa y tierna con la agradable temperatura del cereal.
En esa etapa ya visualizaba la maravilla que quedaría, pero faltaba más. Mucho más.
Y en otra apertura del camarín me acordé del rojizo pimentón, esta vez con toques en degradé de un verde oscuro. Al acercarme para alcanzarlo mi mirada atenta -o más mi ansiedad de triunfo- observó los tomatitos que esperaban su oportunidad tranquilos en el banco de suplentes. Así, se unieron al plantel los dos nuevos que venían de jugar en el malogrado equipo rojo, pero que decían orgullosos y decididos que querían cumplir a la confianza del técnico y responder a las expectativas que por ellos se habían depositado.
El primer turno fue para el marrón que piqué en tiras y, luego, en cuadraditos irregulares. A continuación, fue la oportunidad del jugoso que actuó como los de su clase se suelen comportar y dejó esparcir su líquido que alcanza a todos.
A esas alturas el huevo ya estaba listo y fuera de llama para no quemarse, además de darle la facultad de ambientación en su futuro entorno. En seguida pude detectar que hacía falta más verde al conjunto y extraje de la rejilla refrigerada la otra mitad de cáscara negra que contenía como núcleo su cuesco semillero.
Cuando estuvo listo el extraordinario puré, justo antes de unir a los huevones con queso con el resto del equipo, me vino la ocurrencia de agregar su dejo carnívoro para potenciar la delantera y materializar su aporte con dos nueve largos, medios tronquitos, pero buenos para el cabezazo y el forcejeo.
Después de pasar las pruebas y el entrenamiento por separado, estuvieron a tiempo para debutar oficialmente y dispuse utilizar la vieja táctica de los centros.
El plato se veía grandilocuente y plagado de estrellas: Palta Hass, palta silvestre, tomate, arroz, queso fundido y normal, pimentón, salchichas, huevos. Uff…tremendo. Uno de aquellos de los que están preparados en la vida para grandes cosas.
Empecé a degustar el título mientras lavaba la indumentaria utilizada. Una porción en avioncito al paladar y un elemento al lavado. Una vez irrespeté mis propias reglas como D.T. y me tragué dos cucharadas seguidas sin lavar nada. -Casi, menos mal existe esa palabra. La encuentro genial-. Casi caí en la malvada tentación una vez más, pero tuve actitud, personalidad y con mis antecedentes que me dejan como un crack de la comida innecesaria asumí mis responsabilidades y me dejé de tonterías para demostrar con el ejemplo.
El lavado y el comer no cumplieron ciclos semejantes eso sí. A mitad del tiempo reglamentario estaba el plato a medias, y en el arco contrario, finalizada se encontraba la mojada misión.
Así que me senté y lo restante fue pura garra y pude conseguir los resultados esperados.
Al término del pleito fui por mi bebida energizante, que en traducción fue un amable cigarrito bastante ameno.
Di por concluida la rigurosa temporada que arrojó excelentes resultados, además de una sensación en el ambiente de que se hicieron bien las cosas y que, por agraciada añadidura, se cumplieron los objetivos.

3/24/2009

Día: Tramites: Distinto: Mujeres


Hace mucho tiempo escribí en mi blog una columna sobre un día excepcional que había tenido. Un día peculiar, una aventura -extensión de la noche anterior- abundante de sorpresas y eventos extraños.

La hipótesis de ese escrito era la creencia de que había, por necesidad ineludible –sólo que con menos intensidad en el mensaje- tener una noche especial para poder tener uno de aquellos peculiares días.

Hoy tuve un de esos, sólo que en otro ámbito. Éste es un tema que debe ser –por simple deducción- uno de los más populares en toda forma de expresión humana: las mujeres.



Me desperté temprano, me duché. Estaba mentalizado. Un día diligente. Primero fui a la universidad. Caminata corta. Micro. Metro. Cambio de línea. Mini caminata. Espera media. Atención del personal. Mini Caminata. Metro corto. Banco. Cola mediana. McDonalds. Cuarto de Libra. Agrandado. 5 ketchups. Casi agrego otra burger. Caminata corta. Metro Corto. Mini caminata. Compra minúscula. Caminata microscópica. PC. Facebook. Fotos del Bullo. De cuando éramos pendejos. Yo las conocía todas. Pero igual me emocioné. Sonreí y reí. Fue poco rato. Pc pagado. Virtual chanta. Impresión documento hecho. Nueva atención. Levemente más extensa. Mini caminata. Metro. Coca Cola. Mini caminata. Micro. Caminata corta. Compra. Helado Pistacho. Mini Caminata. Casa.

En todo ese transitar vi a una bajita. Con polera verde. Suelta. Piel Morena. Bonito color. Rasgos delicados. Tatuaje sobre el trasero. Sobretodo tatuaje sobre el trasero.

Señora. Casi vieja. Sexy. Atrevida. Cansada. Dispuesta. Engreída. Común. Experimentada.

Ciclista. Rubia. Mirada Jovial. Saludable. Pantalón de tela. Liviano. Se notaban los contornos. Sensualidad pura.

Indiferente. Moda. Baja. Ausente. Senos precisos. Andar calmo. Diferente.

Escolar. Morena. Perfección. Sexy. Imagen potente. Labios gruesos. Disfrutando un Bowling. El coyak rojo. Arrinconada. Excitante.

Pelo Lais. Aburrida. Facha impecable. Malla negra. Para esconder su trasero. Vestido encima. Mal. Pero bello. Típica. Pero agraciada.

Morena. Chilensis. Lunar. Labios delicados. Arriba de ellos. Guatita lisa. Polera verde. Ordinaria. En el buen sentido de la palabra. Sexy. Llamativa.

Rubia. Pero taxi. Tatuaje. Enorme. En la espalda. Hasta el trasero. Hermoso por lo demás. Fiera. Actitud. Ojos verdes. Labios pintados. Peligrosa.

Baila. Es chica. Polera verde. Sonríe. Audífonos. Mini falda. Piernas largas. Figura. Universitaria. Traviesa.

Pescadores. Piel tersa. Seria. Felina. Apurada. Pelo largo. Muy fino. Audífonos. Blancos. Tipo Ipod. No Ipod. No influye. Única. Resbalosa.

Deportista. Con patas. Polera apretada. Con Globos. Rojos. Exorbitantes senos. Redondos. Grandiosos Mejor frente. De la jornada. Fue la última.

* Este es un tributo a todas las hermosas mujeres que adornan este paisaje hostil en el que se vive en esta mega metrópolis detestable. En mirar, no hay pecado. Y si lo hay, no me importa. No ahora. Menos mal.
Pero es increíble el efecto que producen las damas en nuestro cuerpo. La atracción ya abstracta y, para algunos, imperceptible tensión. Es un placer compartir el mundo con ustedes…a veces.
Pero igual, felicitaciones per se.

2/26/2009

Lugar: el cilindro de la muerte

Una vez leí que morir ahogado era la peor. ¿Regirá esa máxima para todo ser vivo?
Hace unas cuatro noches encontré algo que me impactó en su minuto.
Tras una jornada normal, esto quiere decir su resto de televisión, la lectura diaria respectiva y varias horas de Internet, iba camino a mi dormitorio, más específicamente, cómo no, a la cama querida y sus sábanas tan mías.
Por supuesto, antes hay que ir al baño. Por extraño que era por estos lados, esa vez la cortina de la bañera estaba abierta y toda arrimada en el extremo derecho.
Sin pensar para nada en lo que estaba haciendo, pero que de todas formas fue un comportamiento que me trajo sus beneficios, no prendí la luz del baño y entré en él con los míseros haces de luz que entrega la lámpara que se encuentra en el closet.
Mi pieza, para que se entienda, es una suite con un walk in closet anterior al baño.
Pues bien, saco mi compadre para cumplir con las necesidades. Esto es, siempre deshacerse del líquido sobrante antes de ir a la cama.
Por casualidad miro para al lado y veo en esa tremenda fuente en la que me ducho diariamente un arácnido enorme dubitativo en su comportamiento.
El compadre de ocho patas era de unos cinco centímetros con esas tenebrosas piernas flacas extendidas.
En ese momento una peculiar mueca se posó, sin preguntarme, en mi rostro. Una cara quizá inédita. Por un lado, diabólica reinante de planes asesinos y por otra, de pavor terrorífico que dan esos seres.
En esa misma dualidad se me vino a la cabeza la araña gigante de It que vi cuando aún no me limpiaba bien el trasero y por otro, las jugarretas nada de simpáticas que le hacíamos a los pollos inocentes con mi hermano.
Me di cuenta que el animal, si se puede denominar de esa manera, no podía escalar las paredes blancas resbalosas, por lo que deducí, en un ataque de genialidad, que la muy desgraciada se había colado por las cañería y en un acto de suma adaptación superó los gruesos barrotes del nunca bien ponderado desague.
Primero me imaginé ahogándola en un mar gigantesco para ella, pero era muy tarde y a pesar de que el día hubo sido de rutina normal, estaba lo bastante cansado como para que me diera una lata inconmensurable el sólo hecho de mojarme.
Pensé entonces en rescatarla de su pesar trágico y obtener por ello una nueva mascota para querer y sentirme acompañado en este estado de agradable soledad.
Así que motivado por esta idea me dirigí a la despensa y cogí un tarro para apresar al infeliz.
Yo, muy tonto, incluso después de comprobar que el temido no tenía ninguna ni mínima posibilidad de escaparse partí corriendo a buscar el elemento carcelario y volví aún con más rapidez.
Cuando me vi con el recipiente de vidrio en mi mano derecha y su tapa en la izquierda, comprendí que en una de esas la faena se complicaría un poco.
Yo no soy miedoso, para nada, pero una araña de ese tamaño a cualquiera lo hace dudar.
Pero mi ingenio es a veces más inteligente que yo mismo y me recordó con oportunismo que había dejado un pliego de diario, que uso cuando me afeito, abajo del lavatorio entre los paños y toallas.
Lo tomé y lo doble y fijé bien los contorno para que me quedara una especie de machete súper chanta pero capaz de ayudarme en la misión.
Así que ahora dejé la tapa dorada a un lado y me encontré al frente de la tina con un tarro de mermeladas en mi derecha y un fantástico, en su definición literal, e inútil machete en mi izquierda.
El rescate fue demasiado muy más sencillo de lo esperado.
Me acerqué lo suficiente, puse la abertura del cilindro en el camino supuesto que tomaría aquel terror encarnado y con mi arma ficticia le propiné un simpático toquecito en su enorme raja que la encaminó como si hubiera sido una orden a entrar al utensilio.
Listo, tenía mascota nueva.
Pero obvio, las cosas nunca son tan fáciles porque ahí me di cuenta que iba a dejar sin aire a la pobre, aunque la verdad no sé si realmente si necesitaría de tanto aire.
Pero bueno, nuevamente fui a la cocina, abrí el cajón y toda la cuchillería lanzó un grito de felicidad por ser utilizada y tomé, el que sabe que me diga porqué, el tenedor de asados para parrillas oficiales. Ese que mide unos 30 centímetros de largo y pesa lo suficiente como para sentirlo cuando lo tienes en la mano.
Tras todo lo anterior estaba exhausto. No en realidad, pero cuando uno escribe tiene que magnificar las cosas para que las historias en cuestión no sólo sean entretenidas, sino además deben hacerte decir: Oh, conchalalora!!!.
Eso fue una exageración, pero sinceramente les reconozco que cuando me embalo tipiando las letras y palabras se forman más bien solas y funcionan mis dedos como un ente unitario con mi imaginación que por lo demás, y como han podido apreciar, no es para nada escasa.
Así, dejé el tarro con dos orificios rectangulares producidos por el metal en su tapa apoyado en la ventana. La miré un rato y si no fuera por esa sensación permanente de sentirme que me observan hasta le habría dado las buenas noches. Pero en vez de eso con simpleza la dejé y me marché.
¿Qué siútico que describo la primera despedida, no? Sí, yo también encuentro, pero así me salió no más. Mala cuea diría cualquier pelafustan chilensis.
Al día siguiente estudié minuciosamente por Internet que cresta era lo que había agarrado y cual era la marca especifica de la nueva compañera.
Resultó ser una araña rincón. Lo intuía, pero saber es distinto a creer.
Las descripciones que hacían de esta raza eran calzadas a la perfección con el arácnido del subsuelo. Su diseño, actitud nocturna y timidez ante lo humano eran idénticos.
En todo caso, según lo que aprendí en la red este animal tiene razones y no pocas para que uno quiera matarlo despiadadamente.
Primero, la que capturé debe ser la reina de los muy descarados por su enorme tamaño y en segundo lugar, en todos lados advertían que una mordedura podía ser fatal.
Listo, la muy conchesumare es capaz de envenenarme si tiene la posibilidad.
De la mirada que se tornaba cada vez más tierna pasó a convertirse en una mirada sanguinaria de atención ante el enemigo.
La segunda noche le di un poco de comer. Mientras estaba en el trono veo una mosca revoloteando por los aires como si le quedara toda una vida por vivir. Pobrecita, no tenía ni idea y con el mismo machete ficticio que utilicé para el rapto, lo ocupé para pegarle bien fuerte a ese insecto de esos si que son detestables. Hasta que la dejé atontada después de rebotar contra el cerámico de la pared.
La tomé de sus alas, con el idiota cuidado de no tocarla porque se supone que a esos bichos les gusta la mierda y todo eso. Abrí el recipiente de vidrio que aún estaba por completo transparente y se la arrojé al mortal ocho pies.
En la mañana la mosca estaba viva aún. Pero no podía volar. Me imagino lo que hubiera pensado de tener algo de cerebro esas amebas andantes. Yo, en una situación semejante me suicido antes de dejarme comer por una araña que mide como 20 veces mi cuerpo. Pero cómo, la verdad es que la mil ojos estaba más cagada que el pendejo de Slumdog Millionaire cuando debe escaparse en busca del autógrafo de su estrella de cine. Y eso que ese cabro chico si que estaba cagado.
Cuando volví a mi pieza en la tarde noche le pegué una ojeada al frasco a ver que sucedía en ese ambiente hostil.
De la mosca sólo había restos, en especial un ala entera se dejaba apreciar. Había también un líquido grisáceo, medio denso, que me pareció ser los desechos del patas flacas.
Eso me agradó un poco. Como que me gustó la idea de que todos, en mayor o en menor medida, debemos deshacernos de la basura que acumulamos interiormente. Fue casi una lección de vida, memorable. Más interesante aún cuando el recipiente ya no era inoloro sino que se convirtió de forma radical en maloliente.
Debido a esa relación que hice con la araña y la mierda, al siguiente día estuvo más sola que Arturo Frei Bolívar después de las elecciones del 99.
Reconozco que yo ya había decidido a matarla, sólo me faltaba buscar la forma que cumpliera una de dos condiciones; a), muerte lo menos dolorosa posible, b), muerte lo más extravagante posible.
En la uno se me ocurrió tirarla por el escusado o aplastarla hasta reventar. En la dos el fuego fue lo primero que se me vino a la mente.
Para que no crean que soy un infeliz anti natura les debo reconocer que asesinar a mi mascota me causó levemente un aire de tristeza superficial. Pero para que entiendan la realidad, nicagando la soltaba para que por alguna extraña paradoja de la vida la muy muy me mordiera sin darme cuenta y me mandara a mejor vida con su veneno mortal.
Es como dejar libre de la cana al que mató a Hans Pozo. No, esas cosas no se hacen. Ni ahí con la compasión. Si me pueden matar, prefiero matar antes.
La tercera noche se vino una tía con su familia a alojar en esta abandona casa que compartía yo durante el día con una tropa de maestros sureños buenos para el martillo.
En mi pieza, dormiría conmigo aquella noche un estimado primo divertido como el extinto Alvaro Salas.
Le conté del arácnido y se lo mostré. Estuvimos conversando de su característica asesina que había aprendido tras mi investigación y empezamos a jugar a ponerle fuego por abajo del vidrio a ver como reaccionaba al calor.
En esos instantes me levanto a la cocina a buscar un pancito que estaba de más y cuando vuelvo, justo al cruzar el umbral de mi puerta, escucho una especie de mini explosión que me dejó atónito cuando vi en ese segundo congelado el tarro abierto en el suelo y una cara de terror en los ojos marrones del primo maldaoso.
El muy travieso reaccionó acurrucándose arriba de la cama y me miró con cara de pregunta sobre que hacer.
A la caza. Yo ya sabía que a pesar de ser unas malintencionadas las arañas éstas no eran de lo más inteligentes. Me engrupí repitiendo que yo ya tenía experiencia en el tema y mientras mi primo hacía puras tonteras sin resultados, tomé la responsabilidad del caso y con la misma estrategia que ocupé la vez pasada la encerré de nuevo en su prisión de vidrio.
Antes, cuando recién la había visto, mi compañero de habitación partió a buscarle comida al patas largas y no encontró nada mejor que una asquerosa babosa que sigue pegada en el tarro y de la cual la asesina nunca estuvo ni cerca de devorar.
Luego de la jugarreta de mi estimado familiar asumí que no había ninguna posibilidad de dejar libre al arácnido y con ojos serios e inexpresivos le dije sin decirlo que era un muerto caminando.
Hasta esta, la cuarta noche. No había tomado en cuenta al animalejo que se encontraba en el extremo opuesto de mi velador. Lo tomé, en una especie de inercia y con malicia observé una botella plástica rellena con agua.
Lo que pasó a continuación es mejor aferrarse a los brazos de la silla en la que estén sentados porque es un acto brutal de fatales consecuencias.
Le serví, la educación no hay que perderla nunca, unos tres dedos de agua al tarro como lo hago cuando tengo un vaso gordo en mi mano derecha y un siempre maravillo whisky para depositar dentro de él.
Antes de eso había arrojado en el cilindro de la muerte un pedazo de madera minúsculo, pero lo suficientemente grande para que si la desgraciada atinaba se podría haber salvado manteniéndose arriba del colorado alerce.
Tan malo no soy, aunque quería puro arrebatarle la vida a mi potencial asesino le dí una esperanza de salvarse que no aprovechó.
Cuando miré el agua tan corriente en el ya bautizado cilindro de la muerte apareció como por arte de magia ante mis ojos unas hermosas pastillas Kitadol rojo que le darían un tono escandalosamente original a lo que estaba sucediendo.
La pastilla se fue deshaciendo lentamente en el agua, mientras la araña, que sólo para que quede en el acta a mi me parece bastante bonita, hacía esfuerzos escandalosos por nadar y flotar para sobrevivir. Hasta que por casualidad se arrima al trozo de madera y se queda un par de minutos pernoctando ahí hasta que de manera suicida la ocho pies se tira un chupazón de la muerte del cual no pudo salir más.
En un momento replegó todas sus piernas a su cuerpo y formó una especie de balón, similar a cuando nosotros humanos nos acurrucamos cuando sentimos frío, algunos también lo hacen por pena o para dormir, pero eso no tiene nada que ver con esta historia.
Yo pensé que ese era el fin. La entrega al juicio final.
Pero después de ese acto de vulnerabilidad incontrarrestable la araña pareció tomar nuevos bríos y trató infructuosamente de salvarse. El pedazo de alerce estaba flotando a menos de un centímetro de sus colmillos y aún así no fue capaz de subirse en él. Lo que me hace deducir que por su estupidez su muerte estaba más o menos cantada. Nadie tan tonto merece vivir en este mundo. Aunque claro, mi mente humana también para que más imbécil al juzgar la inteligencia de un ser tan inferior en algunas características, como por ejemplo, la inteligencia misma.
Y falleció. Se hundió rendida y sin más apelación en el mar rojo del cilindro de la muerte.
Ahogada.
¿Será lo peor?

12/09/2008

¿Por qué soy culpable?

La vida se trata de la interpretación que hacemos en nuestro interior con ese mundo que percibimos.

El mundo como tal es uno solo y el cuestionamiento de la existencia de la verdad viene de esa interpretación que nosotros hacemos de él, pero nunca se trata de la mera interpretación y lo que sucede es que a esa interpretación de la realidad nosotros mismos hacemos nuestras propias lecturas, relaciones y conjeturas.

A los 13 o 14 años yo me perdí en la micro. Me la tomé para el lado equivocado, cargado de ingenuidad y cubierto por una burbuja que ese día rompería. Con preocupación veía como barrios conocidos iban quedando atrás y luego con llanto observaba un entorno que yo veía por completo desconocido y, como se nos enseña en consecuencia, con temor.

Ese día tuve que llamar a mi madre, a rienda suelta de lágrimas y angustia. Me sentí tan estúpido, vulnerable y débil que decidí desde ahí nunca cargar con aquellos defectos o debilidades.

Cuando tenía 18 ya no cargaba con esa ingenuidad, pero si una inmadurez profunda.

Detesto el término madurez porque se refiere a un proceso de una fruta, que se planta, crece, cosecha, madura y muere. Se come, o sea, su finalidad se lleva a cabo cuando está madura. En cambio, la madurez no es parte del proceso del hombre. El hombre como especie es evolutivo, no madurativo. Pero bueno, son sólo parte de las interpretaciones y como las pegamos en nuestras vidas.

En segundo medio me pasó otro hito de los que enseñan. Un profesor, con muy buenas intenciones, pero poca experiencia, plantea la opción de dividir el curso en tres grupos y realizar un paseo con cada uno para que los compañeros se conocieran entre ellos.

En segundo medio yo era engrupido y alumbrado, arrogante, petulante, coloriento e inseguro. Mi personificación en ese momento era patética.Nuestro grupo era mayor de lo normal. Todos de hecho querían estar en él. Y se hizo una votación para cambiar a dos, los dos que causaran más rechazo. Si hablábamos de grupo, yo era de los fundadores y si hablábamos de cierta identidad tenía mucho que ver con la historia que enlaza a unos pocos y a la que se sumaban muchos.

Ganar o perder, la votación la perdí yo. Mis amigos me habían traicionado. Así lo sentí. 

Hasta el saludo les quité en una primera etapa. Después un simple rencor dañiño con la venganza en la retina.

La pasé mal. Me acostumbré a vivir en un mundo de cierta manera irreal. Mi interpretación del real no me satisfacía para nada. Me quedé navegando en esa nube por años.

Anteriormente siempre había creído en la potencialidad de la amistad, como lazo elegido y no heredado, como lazos sin fines sino puro camino.

El golpe fue demasiado y desde ahí que todas las amistades las pongo a prueba, las cuestiono, espero cosas de ellas, me lleno de expectativas que luego dan resultados diferidos, muchos decepcionantes.

Aunque si lo coloco como ejemplo, la verdad es que desde aquella pubertad he vivido desde ahí en un estado realmente inestable entre un mundo ideal, fantástico e utópico y el mundo real, el que creo con sinceridad que es un absoluto desencanto.

Cuando comencé cuarto medio tenía que prepararme para la PAA. Maldita prueba y que manera más sencilla de generar odio gratuito.

Luego de darla y ver el tema de las inscripciones me bajó un haz de luz que me llenó de motivación; entraba a estudiar Bachillerato en Filosofía que en realidad eran los dos primeros años de Filosofía. Esa universidad fue un extraño llamado de atención. Ya estaba mi hermano en ella, me inscribí con mi mejor amigo de la época, otro viejo conocido con antecedentes impresionante era compañero y varios más de este grupete de alumnos traviesos, de esos que pasan en la oficina del director. Los que le hacen difícil la crianza a los padres. Los que se rebelan a aceptar que vivir es repetir.

La tentación fue mucha y mi incapacidad para renegarla mayor. Ese año a nivel de resultados fue un intenso grito lastimero con eco repetido.

Cuando salí del colegio tenía que tomar decisiones. Aún con la total incapacidad para realizar ese paso, pero bueno, tenía que decidir. Algo hay que hacer. Estudiar o trabajar. 

Algo hay que hacer. Yo no tenía idea qué. De hecho, no tenía ni la menor idea de las opciones reales y el contraste de las románticas.

Lo único que tenía claro para esos años era que no era católico y que era reacio a la ética protestante, con su discurso de dignidad en el trabajo. Más me autodestruía cuando analizaba como el utilitarismo, la rentabilidad y la trivialidad eran las características formadoras de juicios, necesidades y exigencias sociales.

Desde que descubrí que escribir me entretenía y que además lo hacía bien he soñado con una vida simple y sencilla fuera de los tambores grandilocuentes que se exigen hoy en día.

Desde que vi “El Cartero”, que por cierto eso también ocurrió por aquellos años, que me he imaginado a la orilla de una caleta, con un pc frente a mi pecho y el ruido del mar entrando por mis oídos. Por estética y por una profunda identificación con la idiosincrasia respectiva siempre pensé que mi lugar era Italia.

Si hubiera sido elección real mía yo nunca me hubiera metido a estudiar. Nunca. Me martiria el solo pensar que una carrera universitaria es necesaria para vivir. Yo soñaba con una peguita normal, que no me matara, en fuerza, ánimo y tiempo y compatibilizarla con extensas lecturas y escrituras trasnochadas a la luz del velador y de la vista expandida de las estrellas.

Me metí a estudiar cometiendo el que debe ser mi mayor error; hacerlo sin creerlo.

Me metí a estudiar porque escuchaba a moros y cristianos hablando que sin título no se podía vivir, que la universidad era un paso necesario para la independencia y con el doloroso estigma, creíble hasta cierto punto en algunas ocasiones, de que hay una forma de vivir esta vida y ésta es la que heredamos de nuestros padres.

Yo amo a mis padres. Amo a mi familia más que nada en el mundo, me gustaría poder demostrar eso. Amo la bondad de mi madre, su escudo frontal de dialogo y amor. Amo la lealtad de mi padre, su ética, su sencillez. Amo también una característica que comparto con él; la dificultad para vivir normalmente este mundo. Amo a mis hermanos, a cada uno en lo suyo. Amo a mi hermano mayor, un desorden en la portada que página a página se ordena. Amo a mi hermano menor y su preocupación por el resto y buenas intenciones. Amo a mi hermana menor con la que me cuesta llevarme según muchos por nuestras semejanzas. Y amo a la menor de todos, por su espíritu inquieto y el ímpetu de ir más allá.

La verdad es que mi ambición nunca ha sido ser el mejor. Sinceramente nunca he sentido eso como una necesidad o algo semejante en mi vida. Ser el mejor siempre me ha parecido cuento ajeno. Cuento de otros. Y me parece bien para el que quiera, pero imponerlo es una condena.

Creo además, que muchas pestes de esta era son producto del entorno en el que hacen vivir a cada niño que se enfrenta al mundo, un mundo donde, repito, lo más importante es la rentabilidad, (cuanto te genera), la trivialidad, (mientras más intrascendente mejor) y el utilitarismo, (nada es gratis).

Incluso,  creo en la vereda opuesta, a tomarle el gusto a respirar, vivir en el disfrute, en armonía, con calma,  tales características son incompatibles con la competencia desmesurada e imponente de hoy en día.

La universidad me cuesta, al parecer, más de lo normal. Creo que por una cierta tendencia a dudar de la autoridad y una creencia arraigada de que la vida es en cierta forma un tablero, donde lo que más importa es nuestra capacidad para movernos de manera adecuada en él. Creo esto aún cuando reconozco ser, posiblemente, el peor jugador en ese tablero.

Mi padre siempre nos ha repetido que hay que terminar. Como esos mensajes que no se olvidan nunca, como esos mensajes que actúan a niveles inconscientes incluso en nuestra rutina.

Fue por ese mensaje que siempre remé para terminar la universidad. Nunca he tenido la facultad de mirar hacia adelante, visualizar mi futuro, esperar algo de la vida y pelear por los deseos. La improvisación en la vida es la herramienta que más me gusta, pero este mundo la prohíbe, la condena y la castiga.

Como toda mi vida universitaria me encontraba haciendo algo con disgusto y de mala forma, nunca fue período de calma hogareña. Eso además se sumaba a constantes amenazas paternales; que no me la paga más, que hasta cuando con el derroche, que proyéctate, que explota tu tiempo en laborar, que eres flojo, cínico, abusador, mentiroso, etc. etc.

Mentía por notas y evitaba ir a las clases intrascendentes. La comunicación en mi casa obligó de cierta manera a la creación de bandos, o, más que bandos, a personajes dentro de bandos.

Mi padre se disfrazó de hombre de rigurosidad militar. De tono rudo y presencia enojada.

Mi madre en la que conecta todo. Calla mucho, acepta demasiado y acepta inaceptables.

Yo en el autista. Distante, esquivo, inalcanzable. Flojo, ahora lo digo tontamente, casi como un deber.

No lo pasé bien en mi vida universitaria. Y la verdad es que rescatando momentos familiares, íntimos y algunos amistosos la vida no me ha parecido en absoluto placentera.

Creo que los años universitarios se contaminan, a parte por nuestros propios errores y actos humanos, por el sobre valor que se le da a la Universidad, convirtiendo la carrera en el eje de toda la relación.

En mi casa era hasta divertido, todo el año la tensión, las reacciones y descalificaciones se dejaban estar con protestad. Todo el año las peleas eran comunes y corriente y las diferencias se potenciaban. Sin embargo, cuando llegaba el verano, nos pasábamos un mes entero juntos y la realidad era completamente distinta. Sin las preocupaciones y las presiones de la urbe y académicas -pero principalmente sin el eje del rendimiento- la convivencia era del todo plácida y excepto conflictos muy menores, ese mes de veraneo era por lo general pura alegría y risas.

Hace bastante tiempo que creo que lo más importante para mí debo ser yo mismo. Y trato de ser consecuente con esa idea. Planteamiento que con los años he ido confirmando, no por su éxito, si no por la abundante divulgación que he presenciado.

Se supone que lo principal es uno mismo porque estando uno bien, tiene toda la facultad para hacer el bien con los otros y en su entorno. Sin embargo, a mi en lo personal el darme preferencia no me ha llevado a más que peleas con mis pares y discusiones familiares.

No sé, por mucho que lo piense, porque me sucede esa contradicción. No sé porque una gran parte de lo que yo creo bueno en el ambiente me dicen que es malo. No sé tampoco porque el mundo social en general tiene aprehendida la hipocresía y el cinismo.

Yo me esfuerzo por hacer lo mejor. Aún cuando cometa permanentes fallas en mis formas, creo que por lo común mi timón ha sido el correcto. No le deseo mal nadie, ni me da envidia el éxito ajeno, ni abarco para mi lo que le corresponde a otros. No tengo mayores ambiciones económicas, solo no creo en el esquema nacer, crecer, estudiar, trabajar, jubilar, morir. Un esquema impuesto.

¿Soy culpable por cuestionar y no llegar a una solución?. ¿Por darle tiempo a reflexionar y no a ganar?, ¿soy culpable por querer estar y no querer ir?.

Siempre me he sentido culpable. ¿Por qué soy culpable?

11/04/2008

Sr. Título y el fantasma

Yo estudio periodismo. Que noticia, ¿no?

Pero escribiendo en serio, aunque nada lo sea tanto, pero en la simple para evitar el ruido caligráfico, se prosigue.

Hay en todo texto un elemento en específico que tiene una relación especial con una parte importantísima de cualquier escrito. Es su rostro, es la fotografía y el currículum de lo que se leerá a continuación. Esta figura tan importante es, como deben suponer, el famoso Título.

Conversando con un compañero menor desarrollamos ampliamente el tema. En lo primordial, el cuando era indicado situarlo.

Excluyendo la responsabilidad que el tipo que comunica tiene para atraer al lector, sin decir mucho, pero diciendo algo, el título tiene un procedimiento de elaboración multi teórico.

Así, el tema con mi compañero se llevó a el cómo lo hacía cada uno para escribir el título. 

Si comenzaba por éste o sólo lo colocaba al final. No faltó el “a veces” se me ocurre entremedio de lo hecho.

Y yo la verdad es que no podría decir nada al respecto. Nada concreto.

En algunas ocasiones yo escribo la columna a partir del título que es lo primero que se me ocurre, otras, como es obvio y repetitivo en este mensaje, sólo se me ocurre al final. Incluso me pasa que termino con el punto final y no sé como nombrar lo escrito.

Eso último es una verdadera lástima, principalmente para un personaje como yo que se jacta, más en proyección utópica que en una realidad palpable, lo creativo que soy y lo bien que escribo. 

El reglamento nos dice que nadie puede piropearse a sí mismo, sin embargo, yo creo con fidelidad que el primero que debes gustarte es tu mismo. Pero bueno, para variar pierdo el hilo mientras escribo. Es que lo que me pasa es que yo voy tipiando mientras las cosillas se me vienen a la mente y son escritas de inmediato sin proceso de filtro o algo semejante.

Pues bien, volvamos a los títulos.

Me terminaron preguntando por una recomendación y yo dije lo más tonto y sencillo que se puede aconsejar para el caso: pon lo primero que se te vaya a la cabeza.

Y eso es, de eso se trata. Si nace antes, al medio o al final, da exactamente lo mismo. El título debe ser la síntesis máxima del mensajes que deseabas expresar cuando escribiste lo que se mecanografiaba.

Y como mucho en esta vida esta el ángulo divertido. El compañero en cuestión no existe, pero ante la falta de alguien que me siga la idea lo mejor es crear a quien nos dirá lo que esperamos escuchar.

11/02/2008

Contaminantes

Hay personas que contaminan.

Así, literal.

No en el plano concreto de la vida, sino el abstracto, el que no vemos, pero sentimos.

Hay quienes aún sin decir nada, apenas cuando entran en algún lugar se siente su presencia y generan vibras que por lo común, nadie quiere.

Son de aquellos que de la nada producen consecuencias negativas.

Uno puede estar feliz y llegar alegre a alguna parte, pero no falta que el primero que te saludó es uno de estos personajes y con ello instantáneamente se te borra la sonrisa del rostro y tu expresión se vuelve neutra, más fría, reservada.

Me encantaría tener la capacidad que eso no me afectara. Dejar ser, indiferente a ese como sean y no dejarme penetrar por emociones que no me corresponden.

Como dije, a veces no necesitan ni la palabra. Es su presencia, que como un manto bañan al aire presente con ese dejo de desagrado. Lo peor, es que al parecer esta capa tiene la facultad de expandirse y abarcar, gradualmente, más y más atmósfera.

Siempre se me ha comentado mi intolerancia. Y la verdad es que si yo tuviera la capacidad de dejar pasar, no enganchar con este fenómeno, no tendría mayores inconvenientes para dejar esa característica de lado y fuera de la temática de mis tonteras.

Por el contrario, como no tengo tan preciado talento, si no soy relativamente intolerante, me contamino yo mismo y eso si que me parece de raíz, mal.

Por lo anterior, hago un mensaje a cada uno de nosotros que vivimos en el mundo bajo un entorno; es menester tener cuidado con nuestros estados anímicos y nuestros canales de expresión, así como es necesario reflexionar y analizar si uno es de este tipo descrito. 

Porque se me olvidó aclarar, que esto nos pasa a todos una que otra vez, pero hay otros para los que esta forma de comportamiento ya es parte intrínseca de su personalidad y ni lo saben.

Y si es así, mejora. Trabajarse cuesta. Pero tu persona es tu vida, es territorio personal y por tanto responsabilidad propia, en cambio, el ambiente es de todos y lo justo es apelar a la limpieza como principio básico de la convivencia.