En la Estación Baquedano me percaté.
Siempre me ha llamado la atención la gente que en pleno metro se ponen a agarrar como si estuvieran en la disco. Yo no tengo nada en contra de besarse, pero por favor es una lata andar viéndole la lengua a cualquier pelusa. Si fuera un fenómeno lésbico y nuestros ojos observaran puras lenguas femeninas está bien, de lo contrario, se atenta contra el principio de libertad: Superas el límite cuando violas la libertad del otro.
Y creo que andar viendo a los monos en esos gestos privados es una de esas violaciones.
Sin embargo, lo que escribo no quiere hablar de ese atentado en particular, sino escarbar un poco más en ese fenómeno.
Estas palabras se tratan de otra cosa.
Como dije en Baquedano me percaté y comencé a contar las parejas que se ponían a besuquearse en el metro como si estuvieran en la cama. De la mencionada estación hasta la que me bajé, que fue República, pude contar 11 parejas y ninguna a besitos tiernos y tranquis, suaves. No, todos como si ya tuvieran planeado el placer posterior.
Y hay otra rareza en todo esto. El metro se presta a su vez para un lugar ideal para coquetear sin sentido. Ese coqueteo que busca una sonrisa o un piropo visual. Ese coqueteo callejero se manifiesta y se vive en el metro.
Así, ante estas características del metro se me ocurrió una teoría: El tren subterráneo tiene un poder afrodisíaco que no se puede dejar de lado.
Yo, asumí esto como una especia de ley y mis viajes se transformaron en una entretención. Todas miran, reaccionan y atacan distinto. Es casi un juego de semejanzas con el otro acto que nos hace tan diferentes. No se cuenta, se vive.