10/26/2008

Planes, a veces, inútiles.

De a poco, en la noche, comenzó un giro inesperado.

Uno se ilusiona cuando le dicen una cosa como esa. Aguarda un acontecer magnánimo digno de ser registrado en una historia embellecida con palabras sorprendentes.

Pero no, el caso es otro. La sencillez se vuelve maravillosa y puede superar a los hitos en las emociones que generan y en los notables momentos que entrega.

Hace un tiempo las juntas se hicieron una práctica común. Al principio fueron risas o conversaciones entre vicios. Después, nace una nueva motivación. El cine toca el timbre.

Y la primera vez fueron solos, pero evolucionaron a un interesante cuarteto de primos.    

Ocasiones hubo varias, obstáculos también. Se rescata que la ambiciosa idea ya había sido instituída en sus mentes; fundar una tradición familiar.

Gracias a una de estas buenas alianzas comerciales -en este caso entre un diario y los cines- tenían acceso a una promoción que con su bajo costo colocaba las entradas a un precio de fácil acceso.

La oferta era atractiva, en especial para ese grupo, en su totalidad dependiente de autoridades sustentadoras; “la vida del universitario”, como instauró en el inconsciente colectivo una marca hace unos años, refiriéndose a este rodaje constante del estudiante con buenas ganas, pero siempre escaso de lucas.

Como ya conté, la primera vez fueron solos. Uno, un occidental atípico dentro de lo común y el otro, moreno, corriente dentro de lo exótico.  La segunda vez se integró la prima artista; enérgica de risa espontánea. Por ahí se sumó el hermano mayor del otro, caso peculiar indefinible que yo recomiendo no interpretar.

Una noche, trazando planes para la realización de la costumbre, unos trámites volátiles atrasaron la actividad, el clásico retraso de estas transferencias económicas marcaba presencia. El tiempo se les escapó y con él, la oportunidad de asistir a esa simplemente gran diversión que es el cine.

De vuelta de la diligencia, en el auto camino a los hogares, en absoluto acuerdo y plena sincronía deciden que ninguno quiere irse al sobre así sin más, aún cuando concordadamente comentaban el cansancio.

Esa vez estaban tres de los primos; el mayor, Matías, su hermano menor Israel y Sebastián.

La primera compra se redujo a un humilde six pack Escudo. La unanimidad había establecido que la cita sería su simple par de latitas de cervezas para quedar listocos para las sábanas.

La dosis fue irrisoria. Unos cuantos minutos no alcanzaron a marcar sensación de saciedad. En la teoría duplicaron la cantidad y mientras Sebastián se escurría a la cocina, los hermanos maoríes partieron camino a la caza de dos nuevos six packs, suponiendo que ya estaban hablando de porciones más adecuadas a su habitual y sediento consumo.

En una excelente presentación, una bandeja de madera tallada muestra en su interior una apetitosa maximización de recursos. Dentro contenía papas fritas, vienesas con corte horizontal, cebolla frita y dos llamativos huevos encima de lo demás. A su lado, barras de pepino le daban a la imagen un toque vegetal.

Los hermanos de tostada piel llegaron sin nada de alcoholes, pero si una sonrisa de oreja a oreja ante la seductora presentación calórica de grasas saturadas pero inmesurable sabor.

Sólo una botella de litro y medio se dejaba aprehender por las manos de Matías, sin embargo, no era el líquido que se habían propuesto obtener.

Mientras, los tres se lamentaban la ausencia de la animosa medicina, acariciándose con tierna dulzura sus respectivas panzas. En ese instante, Israel recibió un cautivador llamado de féminas en búsqueda de un poco de entretención y que mejor que tres machos alegres y desordenados para suplir la demanda.

Sin percatarse, lo que ellos acordaron se había desvirtuado a escenarios nuevos que, aún con el cansancio a cuestas, todos le auguraban un vaticinio auspicioso.

Nuevamente el par de hermanos mix racial debieron movilizarse en la búsqueda de aquellas damas en apuros que gustosas, tanto como ellos, se enfrentaban a este prodigioso, en pronósticos, escenario.

Sólo un problema no menor seguía en carpeta. Todos los locales de venta lícita de droga líquida subidora de tonos -popularmente se les llama botillerías- estaban cerradas. Las autoridad delimitaban la compra en el consumo nocturno y travieso. O sea, justamente para que tipos como estos no compren el mayor influenciador de escándalos en la historia de la humanidad.

Ante esa situación de escasez de un bien tan preciado, Sebastián tiene la ridícula idea,
 -eso piensa cuando lo comenta- de llamar a estos teléfonos mitológicos que amistosamente, pero por una cifra sideral, nos traen el tan mencionado elemento, necesario para una junta que recién daba su inicio avanzadas ya las dos de la mañana.

De sobriedad ni hablar, pero sí nadie en estado cuestionable, cuando el chascón Israel junto a su hermano detrás, cruzan el umbral del departamento con la esperada compañía.

Casi nada pasado, más que una mísera presentación que nadie recuerda, cuando segundos después tocan el citófono que, mientras Sebastián le presta oreja al aparato, el emisor anuncia la llegada del encargo.

Así, Sebastián recogió los quince mil que arbitrariamente habían juntado los primos, siempre en el supuesto de que las cuentas se arreglaban a continuación de la transacción. Aún cuando los niveles de jumera se tomaran las conciencias e incidieran en decisiones erróneas que por lo normal traen consigo algún perjudicado casual.

Al enfrentarse, dinero en mano con los transportadores de vitupelio, el trío del negocio se percata de la ausencia de sencillo y, por lo tanto, en la existencia de un problema circunstancial.

En eso aparece Emilia, patentando la alegría con su carácter sonriente y en un acto natural, Sebastián le pide que haga maromas respectivas para poder finiquitar la venta.

Ella consigue su objetivo a los pocos minutos y se presenta con el cambio en su mano derecha, la que estira hacia Sebastián en un acto transportista de papel sobrevalorado.

Ya el giro se había producido por completo. Un frustrado plan de cine era ahora un mini carrete de grandes expectativas y la noche tranquila y amena, daba paso a un franco cambio de click en dirección a una desenvuelta performance.

Y así, es imposible no pasarlo bien.

El narrador –yo, obviamente- no se acuerda de los eventos temporales que se fueron sucediendo en esa divertida noche. Lo que si, es que varios hechos dentro de ella valen un nombramiento, algunos, hasta destacado.

La voluntad de  Emilia desde el inicio fue jugar y así se hizo desde el principio, puede que como líder innata que convence con personalidad, pero para el caso puntual esa era la disposición generalizada anterior. El público motivado se dejaba seducir por el humor diferente de esta mujer que con cierta pinta pelolais, sabía a la perfección como decirte que de pertenecer a alguna clasificación social, esta debía ser intrínsicamente una categoría fuera de los márgenes tradicionales.

Cartas no hubo. El local, desprovisto del utensilio, se adjudicaba el derecho de disponibilidad de sus servicios, como le deber haber gustado decir a Sebastián de tener la ocurrencia, que valga sea dicho, para esta ocasión hacía de anfitrión.

Pero cachos había. Los seis justos para que cada uno; desde el solvente Matías hasta la relativamente callada Catalina, tuvieran en sus manos uno de aquel sexteto de vasos de cuero.

Y el juego de la vida empezó.

Como ya dije, de la temporalidad no se sabe bien.

Israel fue el que introdujo audacia al cuento y sus preguntas sexuales se repitieron y pavimentaron la temática de un humor infantil, casi pícaro, pero transparente y honesto.

Era, sin embargo, prometedor que nadie estaba en ese minuto para joteos intrascendentes o una actitud por el estilo. La línea editorial del acontecimiento estaba por completo resguardada bajo la ley de la jerga, el recreo y el sano desahogo parrandero.

Pero hubo más. Sebastián tuvo por penitencia que escribir su nombre ocupando su trasero como lápiz. También, un poema le pidieron recitar y cuadernillo en mano uno propio hubo de entonar. Israel cantó a capella, quien con su carisma se tomó la expectación de los oídos presentes y Emilia, con innato manejo escénico, actuó un personaje de una obra que antes solía representar, aún cuando advertía que aquel papel le desagradaba.

Sebastián, ipod en mano, manipulaba la música sin permisos. Su profunda afinidad con los hit’s ya antiguos hacía un eco perfecto con el gusto de los asistentes. Y para no caer en egoísmos, cada tanto preguntaba abiertamente si alguien deseaba elegir algo.

Emilia trataba, sin éxito, arrebatarle la fuente musical al anfitrión, pero no tuvo mayores logros en la materia. Además, de que el excelente abanico de elecciones persuadía de que no había para que suplantar al dj de turno, que sólo para que quede en el acta es derechamente intolerante en el tema música.

Con los ojos idos, al igual que su primo Israel por un poco de mucha cantidad de plantita verde, la memoria y las ideas no le funcionaban del todo bien.

Así, con natural torpeza, Sebastián se dejaba encantar por las similitudes y la ayuda de Emilia que, sin saberlo, conquistaba al pelado bailarín que quedó navegando en los laureles, hechizado y fascinado ante la preciosa y radiante personalidad de Emilia.

Y se pasaron hasta las seis de la mañana. Con luz diurna y caras agotadas daban fin a una espléndida sesión, de esas que uno queda comentando días después y siempre tiene expectativas de que se vuelvan a repetir. Es lógico, en la Ley de Murphy, que la reproducción nunca sucede, aunque el conocimiento de los seres queda en el registro individualizado de los protagonistas.

10/06/2008

Raíces genéticas comunes

La ciencia busca desde siempre la explicación al génesis de la especie humana y como
ésta se desarrolló, masificó y distribuyó para poblar el Planeta Tierra.

Esto deja en una ambigua tela de juicio un fenómeno tremendamente común en el mundo de hoy, pero que sin embargo nadie se cuestiona.

Se han fijado la similitud corporal de algunos rostros, muchas veces acompañados de comportamiento parecido o tonos o posturas, incluso hasta tics o manías.

Personas que no tienen nada que ver entre ellas, que viven en lugares opuestos del globo o pueden pertenecer en casos extremos hasta a etnias distintas.

Esto tiene un poco, aunque creo que sólo un poco, que ver con la teoría de que no hay más de seis personas entre medio en la cadena del conocimiento y contacto.

Así, yo mismo y como no es nada extraño en mi, he ido elaborando, sorprendido por semejanzas específicas, y por otro, aún más sorprendido, por el hecho que he observado que todos los rostros tienen directrices en sus formas, como si vinieran de un camino común. Lo que me lleva a suponer, en la por ahora y sencilla teoría sin valor académico, de que todos los seres humanos venimos de una raíces genéticas comunes.

Al releer esto me sentí un poco tonto, primitivo, como si mi descubrimiento fuera la piedra; ridículo.

 Y lo es de cierta forma, pero así como en preguntar, en pensar no hay engaño. Así, que más da, mejor pensar tonteras que no pensar.

O sea, continúo, el camino a la conclusión final es que de unos pocos pelagatos realmente distintos, cuasi monos que hubo en un comienzo, desde el minuto uno, las mezclas fueran ampliando la malla genética en que se desarrollaron, evolucionaron o cambiaron la cadena del ADN, pero que mantienen intocable el gen original y gestor de sus características. Producto: personas idénticas sin aparente explicación alguna.

La negra autista

Ella leía. Reclinada en su sitial como si cada palabra que hubo adquirido del papel fuera un paso más, el siguiente, lo que faltaba hacia el sueño deseado y que por esos segundos, buscaba con pasividad.

A momentos irregulares, sus ojos grises se inclinaban hacia lo alto, con la ceja derecha reverenciada hacia arriba en un gesto típico de ella que sólo al fijarse notoriamente la representaba.

Permanecía esperando en su inconsciencia un fenómeno que distrajera su rutina calurosa.

Su sobrino, es un pequeño aviso andante de que la armonía siempre peligra. Por sorpresa aparecía, reía y sonreía hasta que su figura se esfumaba entre añejos muebles sonoros, cubiertos de veteranas telas opacas víctimas de sofocantes veranos pasados.

El enano escurridizo molestaba con una varilla larga y delgada a su tía, molestando, probablemente sin saberlo, su tranquilo reposo.

Ella yacía sumida en la lectura, encaminada en un pasaje hacia la satisfacción.

La escena era familiar, con insinuaciones gráficas de cariño, genuina ternura. Bonita, si uno se deja seducir por la emotividad.

Eso funcionaba hasta que la paciencia de ella hacía reaccionar su cuerpo de noveles 22 años, oscuro por el constante brillo solar que debieron soportar sus antepasados étnicos.

El niño, después de ver quebrada su rama, se puso a llorar despavorido, mientras apretaba sus manos entre si con nerviosa rapidez y presión. Un acto de sobreactuada y escandalosa impotencia, con insufribles ruidos incluidos y ademanes infantiles varios.

Gritó, pataleó. Miraba a su alrededor a la espera de un salvamento maternal ante la agotadora situación, pero sus intentos infructuosos no ayudaron mucho a sus intenciones y terminó derrotado, cambiando el canal de su talante y por escabullirse en las paredes gastadas, con partes inconclusas que permitían ver los ladrillos apilados y telarañas aisladas en busca de compañía.

Ella sopló aliviada y agradeció como si mantuviera una conversación con el protagonista de su novela, comentando con las hojas empastadas la situación molesta recién vivida. Así disfrutaba el intervalo de su distracción involuntaria.

Retomó párrafos leídos en vano durante el ajetreo y de pronto vio, naciendo por detrás de los traseros de los autos aparcados, un grupo de rostros distintos que posaban con declarada admiración su vista en los ojos de ella, blancos, relucientes como el azúcar, sobresalientes por el contraste.

Estaba acostada en la hamaca, con una pierna recogida sobre si misma y la otra estirada amenazante con caer. Su extensión era enorme, tanta que la imagen parecía como si detrás de ella se encontrara otra negra de doble tamaño colocando su pierna como una simulada continuación con el motivo de engañar la percepción de quienes la vieran al arrastrar sus pasos por aquella calle de polvo seco y flores coloridas.

El tejido del vestido se unía ahí en más y sólo dejaba ver su cuello largo, perfectamente cilíndrico, su boca gruesa y rellena que ahora dejaba que se posara por sobre ella una sonrisa que marcaba un nuevo contraste entre el blanco liso de una buena dentadura y labios rojos densos como una cereza madura.

Su nariz era ancha, con una punta definida y precisa, ni muy grande, ni muy chica, de proporciones que bien podrían ser calculadas y pedidas por una paciente en proyección de una cirugía.

De los ojos que pasaron a su lado uno se grabó en su mente en una imagen que de ilusión se convirtió en una realidad, pero que se le escapaba en su no existir, de modo que sólo quedaban, para los otros ojos, el dibujo de su figura y las ansias de verla otra vez.

9/10/2008

Si no, no lo hagas

Hace un tiempo y en este mismo blog escribí una conclusión que siempre, desde púberes primeros años hasta la actualidad,  he tenido presente y latente en mi mensaje.

Sucede que con el fenómeno de la mensajería instantánea se hizo muy común y en definitiva superficial el preguntar: “¿Cómo estay?, sólo como una costumbre que más me parece tontera trivial que natural adaptación a la tecnología.

Ahora, con los años y la mencionada adaptación en otra etapa de desarrollo el comportamiento cibernauta ha dejado esa pregunta famosa, pero lo sorprendente es que sólo ha sido reemplaza por otras frases similares que de tonta manera la gente cree necesitar para comenzar a entablar una conversación.

Impresionante, antes criticaba con vehemencia la pregunta y la sociedad de alguna forma me dio la razón y dejó de utilizarla en cierto grado, aunque sólo literalmente, porque como dije antes, sólo la han reemplazado por otras.

El fenómeno me sigue llamando la atención porque demuestra un desinterés en el otro de proporciones incalculables. Una actitud que conlleva a un individualismo y excluye así en su escenario la solidaridad bien entendida.

Para iniciar un diálogo basta con saludar, un hola ya crea el nexo. Lo otro debe ser utilizado sólo y exclusivamente si realmente te interesa la respuesta.

Si no, no lo hagas.

Alimento no educado

La educación tradicional de occidente es, a mi parecer, un sistema de reglas que muchas veces no tienen ninguna razón de ser y que, al final, son más comportamientos que quedaron establecidos socialmente y arraigados en la población con el correr de los años, aunque esta característica nunca ha estado extinta de imposiciones autoritarias desde los que muchas veces ostentan el poder. No es necesario en ese poder el llamado “político”, sino más bien son poderes culturales y por lo general familiares; la madre, la abuela y la tía tipo son, por lo común, las encargadas de perpetuar este sistema.

Al parecer, nadie o, mejor dicho, sólo una silenciosa multitud se ha rebelado ante estos obligados estándares que en verdad mucho tienen de higiene y hasta lógica.

Por ejemplo, nadie puede discutir lo justificable y mal mirado que es el tirarse una portentosa flatulencia en plena comida en un restaurante. Eso es asqueroso, para todos. 

Por tanto, la regla educacional imperante en el caso es absolutamente correspondiente.

Pero a pesar de eso, hay una costumbre que a muchos la contemplan como igual de intolerable, pero que a mí en lo personal me parece una cuasi necesidad.

Con esto me refiero a un tema dentro de la alimentación; el comer con las manos.

Yo estando solo como lo más posible con las manos y con sinceridad reconozco que mis dedos tocan en la casi totalidad de las veces el comestible que luego entrará en mi boca.

Creo imprescindible el tener una relación con la comida. Hay ocasiones en que prácticamente le hablo, por lo que siempre he tenido la sensación de que se desarrolla o, que hay que desarrollar una cierta relación con los alimentos.

Esto tiene un enorme e interesantísimo trasfondo en distintas temáticas; como la energía.

Hay un experimento de un japones que con un microscopio observó el estado del agua ante distintas situaciones. Su reacción ante las opuestas vibraciones. Si mal no recuerdo el experimento incluía una sinfonía de Mozart o Beethoven, sonidos de la naturaleza y un metal de lo más potente estaban, entre otros, en los modelos a estudiar. El resultado fue que con la melodía clásica el agua adquiría una hermosa forma, fácil confundirla con un diseño de tonos cristal y perfecta armonía. Similar fue el resultado con los sonidos de la naturaleza, aunque aquí el agua se comportó con más soltura y, valga la redundancia, mayor naturalidad. Pero en el metal el agua se ve desordenada, en una cierta anarquía y sin cuestionamientos una impactante presentación.

Bueno, eso da para muy largo y hay autores maestros que explican todo eso y complementan el análisis.

Ahora, el tema aquí sigue siendo la alimentación y el comer con las manos. Lo que nosotros ingerimos, la gran mayoría tiene porcentajes de agua, excepto lo cien por ciento artificial, mientras que las verduras y frutas poseen desde un setenta hasta un noventa por ciento de agua en su composición.

Así, resulta vital el tener la mencionada relación con la comida por cuanto hay que instruirla en lo que le vendrá. El tocarla, sentirla, es una bienvenida a nuestro organismo que espera ansioso el bocado.

Cabe sólo nombrar que con esto me acuerdo del viejo brutal asesino de Hostel. Quien ha visto la película entenderá lo que digo, aunque mi opinión es que el comer con los dedos como prolifera el personaje y ser un asesino por hobbie no tienen relación una cosa con la otra, por el contrario, me parece que en el filme este delicioso comportamiento queda con una imagen totalmente contaminada e inadecuada.

Además es placentero, uno hasta le agarra cariño a la lechuga. Es vivir conectado.

7/24/2008

Descubrir y soñar

Haciendo travesuras descubrí por casualidad de la vida una luz en mi pieza.

Un foco que siempre estuvo ahí. Tuve la permanente noción de que aquel haz nunca prendería. No sé porqué. No recuerdo si alguna vez intenté prenderla y si hubo una prueba tampoco me acuerdo si funcionó o no.

Pero bueno, el tema no es ese. El tema es que sin querer queriendo descubrí algo en mi habitación.

¿Qué tan significativo puede ser eso? Pues simple, si en mi pieza soy capaz de encontrar detalles desconocidos, quizás que se pueda encontar en el mundo, o no siendo tan expansivo, que habrá más allá de las paredes que me encierran.

Porque si en mi pieza encuentro algo, que me esperará más allá y sólo nace una intensa picazón en el núcleo de la curiosidad, una sensación que sólo llama a buscar y probar, tantear y probablemente encontrar.

Así, es posible que mañana levante una piedra en la calle y me tropiece con un flamante elemento especial.

Paradoja; entre descubrir y soñar -como en preguntar- no hay engaño.

Soledad

La soledad, la misma que tanto busqué y que durante años me parecía una excelente y fiel compañera.

Esa que aparece sonriente cuando uno la llama, pero su expresión cambia cuando su presencia es involuntaria.

Sentirse solo, un tema. Querer hablar y no tener con quien. Querer abrazar y no tener a quien. Incluso querer ayudar o participar.

Los lazos. Añoranza de lazos inexistentes, dan la sensación de que al fin y al cabo todo es un montaje. Un escenario con escenografía predispuesta donde todos somos simples actores con un guión a desarrollar.

La soledad es acogedora y atractiva cuando se quiere, pero tremendamente hostil si inunda nuestro espacio sin permiso.

Hay quienes que aunque estén rodeados de gente se sienten solos, otros que aún en el aislamiento máximo se sienten acogidos.

¿Porqué desarrollé tan en profundidad una característica que quizá no me corresponde?

Ahora más que nunca quisiera honesta ternura. Ahora más que nunca dudo de mi discurso.

5/17/2008

Rarezas comunes

Día especial. Noche mágica con continuación del día siguiente extrañamente espectacular.

Primero, veo en las calles del barrio a una que conocí cuando era un quinceañero tipo y ocupaba frenillos. Muchos años, pero la imagen la vi con nitidez deslumbrante.

En el metro, a un grandulón de dos metros por dos metros se le calló, a vista y paciencia de todos los presentes, una mariposa de metal de unos diez centímetros, ilegal. El golpe resonó y las reacciones fueron variadas. El dueño no se dio cuenta hasta después de cruzar el validador. Se devolvió y la recogió, escondiéndola, mientras la gente observaba la escena con asombro.

A otra hora, una pareja dispareja ocasiona al instante suspicacias por sus diferencias y la imaginación los coloca como personajes en una historia morbosa de las que le gusta escuchar al Rumpy.

También en el tren subterráneo, un hombre con el rostro vívido de batallas mostraba sin vergüenza su ojo izquierdo falso de un color calipso, llamativo, sorprendente. En la noche, susto asegurado. En el día, impacto visual.

En alguna estación del metro un joven con chalas de las brasileras, un traje de baño tropical verde y una guayabera estaba tranquilo en la cola para recargar la tarjeta vip. Lo singular era que comparativamente yo estaba con una polera y una chaqueta de cotelé con chiporro abrigada de invierno.

En la micro, un rockanrolero minusválido sin una mano y la otra deforme pide limosna, chaqueta de cuero, cadenas colgantes y pelo largo limpio, incluso dientes blancos. 

Cualquiera prejuiciaría que esas monedas son para un whisky. Me gustaría entrevistarlo.

Y en la misma micro, ya llegando, otro tropical, pero de otro lado de el continente. Un moreno rapado de vestimenta humilde, pero veraniega, se sube con un cajón peruano y ofrece una respetable batucada a lo más Buena Vista Social Club.

Quien sabe, quizás todos los días pueden ser así, el problema es que se requiere la noche maravillosa anterior para tener la capacidad de ver lo que en la rutina, al parecer, desaparece.

5/04/2008

Ellas; tipo están

Era un analgrama. Así describía el protagonista la situación de un personaje de su novela. 

Una mujer que desea hacerla simple; el tipo dueño del barco o el del avión. Bien gráfico es el protagonista en la película. En la sencilla realidad ese estereotipo no es tan extremo.

En la actualidad esas mujeres pasan casi camufladas y se van manifestando según cuanta contaminación dejamos que penetre en nuestras vidas.

Son aquellas que al fijar uno la mirada en sus ojos siempre bonitos sale la voz social del resignado que comenta, a veces al aire, lo inalcanzable de ella.

Son las que están con el éxito, ese su acompañante y lo personifican.

Con el diez del equipo esforzado, pero campeón o el guitarrista de una banda bien encaminada en los caminos alternativos y el mejor alumno de excelencia o el deportista aplicado en los tradicionales.

Son las que pueden recibir el beso más intenso de sus vidas y dejar de hablarle a quien se lo dio, porque desconfían del placer que sienten al recibirlo. No saben que buscan hasta que lo encuentran, no obstante es imposible percatarse que en búsqueda están. No se dan ni cuenta. Es un instinto que las guía, que decide por ellas.

Son por lo común superficiales y con interés vago por lo que sea. Piensan, pero con maestría logran que nadie deduzca eso. Son audaces, de esas que llaman la atención de los presentes al cruzar la puerta. Son cenicientas, D
isney sólo nos dio ejemplos del perfil. Por mientras ellas se criaron pensando que eso estaba bien.

Innovan, sobre todo en ropas y formas de expresión, pero nunca demasiado como para salirse del margen. Son una especie de conductismo puro. Atraen, como un imán potente que domina tu propio autocontrol y lo peor es que lo tienen claro.

Son inteligentes en lo académico o laboral, esquivas a las insinuaciones y ambiguas en sus respuestas finales. De comportamiento espontáneo y natural. Confían en su sonrisa y candidez.

Ellas están, rodeándonos. Las he conocido por ahí. Más de una vez antes y nunca habrá una última.

4/29/2008

Encuentros Inesperados

Dos encuentros inesperados tuve ayer, otro distinto tuve hace unos días.

El primero terminó causándome risa. Estaba yo en el metro de pie, apoyado en mi pose tipo que me nace cuando ando en el tren subterráneo. Al frente mío, a aproximadamente un metro, se encuentra ella, protagonista de esta historia, pero de bajo valor para mí.

De hecho, ni me acuerdo como se llama. Era compañera de la U de mi hno. Cuando yo aún era un inocente escolar ella se dio el gusto de que yo le gustara. Al final, algo pasó, difícil de definir, sin embargo, la involucrada después se comportó pésimo.

Yo como romántico que soy le dije unas cosillas que ella contó después. No sé si en su inseguridad o en utilidad o burla. El punto es que las palabras por mí mencionadas me llegaron después a modo de pelambre. Me dio mucha rabia.

Ayer fue la venganza, ella me ve y yo le sonrío con ironía. Ella se colorea y sé que lo gustaría acercarse conversar y ver que onda yo. Pero el que ríe último ríe mejor. Mi sonrisa fue sarcástica, brusca, cortante. Varias estaciones viajamos al frente del otro. Ella no sabía que hacer. Yo trataba de pillar una miradita linda por ahí y disfrutaba el momento que a ella le incomodaba. Al final salió antes, al pasar juntó a mi me dijo: “No te había cachado”. Yo le dije: “mentira”. Volví a reír y ella se alejó mirando para atrás.

Después, ese día se había convertido en lento y muy extendido. A mitad de trámites me propuse, que de conseguir todo lo que tenía que hacer, premiarme con un Kentucky. Así fue y pasé al que me quedaba cerca. Fui a comer pollo, pero lo único que no contenía mi bandeja era esa carne.

En la cola está una vieja amiga. Vieja amistad real, verdadera, pero al parecer consumida. Ya ella una vez no había querido darme una info que le pedí. Ahora como soy yo aplico mi castigo. No importa que nadie entienda mi comportamiento. Yo sé porque lo hago y eso me contenta lo suficiente.

Les dieron lo suyo y se fueron a sentar. Yo esperé lo mío y me fui a sentar. Expliqué sólo por el cariño de vieja amistad que me sentaba cerca, pero no con ellos por estar escuchando música. El mensaje es directo: prefiero a la música que aquella compañía.

Comí, más rápido que ellos, aunque eso por casualidad. Me levanté y despedí. Poco dije y mi comida disfruté.

Distante y fantasma, me ven, pero no existo. Mi ego se levanta, sé que una y otra quedaron sorprendidas y preguntándose tonteras.

Con sólo rondar en sus mentes algo me causa.

Lo que sí, es que encuentros inesperados pueden no ser agradables, pero se les puede sacar partido y aprovechar la situación.

Obviamente, también hay encuentros inesperados agradables y así me pasó con un amigo.

Fue suficiente para sentarnos y conversar un pucho y concluir que tanto uno como otro siguen siendo los mismos.

4/18/2008

Juicio Permanente

Hay una esfera personal, interna, secreta en cada uno. Como personas y especie somos absolutamente todos unos seres inseguros.

Sólo el capaz de trascender los niveles de conciencia podría salirse de esta hipótesis.

La mente nos habla mientras caminamos o mientras estamos sentados. No para. A todo segundo nos lanza mensajes. Hay veces en que uno desearía que no lo hiciera, pero la muy astuta no calla.

Nuestra nuclear inseguridad es social. Nadie sabe que piensa el de al lado. Todos se someten al juicio del resto a cada instante de sus vidas.

Así, el orgullo y lo soberbia parecen ridículos y denotan nuestro ego actuando sobre nosotros.

Esa inseguridad se escapa de nuestro control. Es involuntaria y reconocer esa vulnerabilidad es una herramienta que te pone un escalón arriba del resto.

Nadie puede creerse lo que otro te puede rebatir.

Condenados y culpables

Todo se trata de instantes.

El presente nos coloca en la posición como si con un dedo apuntara el lugar de cada cual.

A veces unos creen que ya lo lograron. Muchos otros creen alcanzar ese lugar. Los menos se resignan con voluntad. Pocos tienen razón.

Es ese estado en el que se cree que lo único que se puede decir es basta, suficiente.

¿Existirá como juego de vida el mérito?

¿Es al final el éxito una meta por capacidad?

Pienso que la vida no conoce justicia. Creo que el mundo no conoce el amor y que el ser humano aún no se conoce así mismo.

Y ante esa ceguera humana es como podemos creer alcanzar ese lugar, pero la verdad es una ilusión y lo peor es que siempre lo será.

Ese sublime momento sólo se deja reconocer cuando ya se ha ido.

Y de ahí el dicho, porque esa es la única ocasión en que vale la pena darse cuenta.

Nuestros focos están apuntando siempre un lugar externo, ajeno a lo que nos debería concernir.

Así, el foco de nuestra conciencia ayudada por la temporalidad de la vida nunca ilumina en el instante preciso.

Y lo que es, ya fue. Condenados y culpables. Víctimas de nuestra ingenuidad.

3/16/2008

Conductores al volante

Yo vivía a los pies de los cerros. Silencio general. Como ruido sólo un cabro chico del vecino que grita mucho o maestros que entre cumbia y cumbia se ríen a carcajadas y se hacen notar.

El resto, silencio. Sólo el murmullo del viento como silbido.

Ahora vivo en un depa, entre calles ni muy grandes ni muy chicas, en un décimo piso.
Y estoy impresionado por la cantidad de bocinas que se hacen escuchar incluso atravesando el vidrio de mis ventanas. A toda hora. Sonido constante.

Esto, omitiendo el cuando me asomó y observo como en la calle es común, principalmente en la noche, que los conductores no respeten el semáforo y pasen, de forma literal, cuando quieran.

Así no extrañan los accidentes. No necesitamos de las autopistas para justificar la mortalidad de las calles. No es necesario el borracho chorizo que acelera más de la cuenta.

Sólo hay que contemplar, abrir ojos y oídos que la prepotencia y las chantadas se hacen sentir.

Agrego las características de los conductores como grupo. Son agresivos, desafiantes, la gran mayoría utiliza el tráfico como un manual de sugerencias. Un grupo donde el respeto al otro está enterrado, en un ahogo por los tacos, el calor (en verano), la lluvia y el frío (en invierno) y la internalizada idea de hacer notar hasta demostrar que el que esta al volante es uno.

3/13/2008

El metro: un afrodisiaco

En la Estación Baquedano me percaté.

Siempre me ha llamado la atención la gente que en pleno metro se ponen a agarrar como si estuvieran en la disco. Yo no tengo nada en contra de besarse, pero por favor es una lata andar viéndole la lengua a cualquier pelusa. Si fuera un fenómeno lésbico y nuestros ojos observaran puras lenguas femeninas está bien, de lo contrario, se atenta contra el principio de libertad: Superas el límite cuando violas la libertad del otro.

Y creo que andar viendo a los monos en esos gestos privados es una de esas violaciones.
Sin embargo, lo que escribo no quiere hablar de ese atentado en particular, sino escarbar un poco más en ese fenómeno.

Estas palabras se tratan de otra cosa.

Como dije en Baquedano me percaté y comencé a contar las parejas que se ponían a besuquearse en el metro como si estuvieran en la cama. De la mencionada estación hasta la que me bajé, que fue República, pude contar 11 parejas y ninguna a besitos tiernos y tranquis, suaves. No, todos como si ya tuvieran planeado el placer posterior.

Y hay otra rareza en todo esto. El metro se presta a su vez para un lugar ideal para coquetear sin sentido. Ese coqueteo que busca una sonrisa o un piropo visual. Ese coqueteo callejero se manifiesta y se vive en el metro.

Así, ante estas características del metro se me ocurrió una teoría: El tren subterráneo tiene un poder afrodisíaco que no se puede dejar de lado.

Yo, asumí esto como una especia de ley y mis viajes se transformaron en una entretención. Todas miran, reaccionan y atacan distinto. Es casi un juego de semejanzas con el otro acto que nos hace tan diferentes. No se cuenta, se vive.

3/10/2008

Proyecto

Mareado, confundido, perdido y oprimido. Infeliz e insatisfecho. Quien era para alegar. La expresión parecía un tesoro que pocos podían alcanzar, pero quería pelear por él.

Mi mente vacilaba y se preguntaba, debatía solitaria y buscaba alguna razón, los porqué. ¿Se encuentran en algún lugar?. Se conocen?. Se llegan a conocer?
Me daba cuenta y sentía el abuso del cual era sujeto. Me sentía un vulgar instrumento, manejado, manipulado, guiado constantemente en el mundo de casualidades que es la vida.


Ansiaba el fin, un camino, pero no veía, estaba ciego y vagabundo en el trayecto. Mi instinto colapsado y fundido, esperando exclusivamente un término, cualquiera fuese el final.


Una desconfianza habitaba en mi, la inseguridad iba poseyendo cada parte de mi alma. El cuestionamiento era total, rozando lentamente y sin saberlo los límites de la irracionalidad.


Irónica, hasta burlesca me parecía mi vida y en general, toda existencia.
El tipo seguro, el muchacho que con facilidad obtenía corazones ajenos, el galán naufragaba perdiendo su seguridad, la inestabilidad marcaban mis acciones y malgastaba mis dotes y cualidades en castigarme. El manejo social se me hacía intolerable, veía todo malo, erróneo, feo.


La amistad y la sociabilidad las desarrollaba sin conflicto y ellas tampoco tenían problemas conmigo. Hasta el punto donde había llegado, donde estaba parado, ya nadie pensaba en mi, la soledad era horrenda, hostil, monstruosa, dueña de mis segundos, dominaba los perímetros de mi realidad.


El dinero abundaba a mi alrededor, la holgura económica facilitaba los malos pasos, tenía alcance a demasiadas cosas, muchas inmerecidas. Eso se complementaba con mi inmaterialidad, gastaba sin importarme los demás, era tan pasajero que llegaba a ser inexistente. Esa era mi visión. Derrochaba dinero sin control, pues para mi eso no contaba con mucha validez.


Creía controlar mi vida y mis acciones, pero sin darme cuenta sabía que no era así. Algo tenía el control más allá de mi, más allá del ser humano, todo predestinado. Encomendado a la tierra, como si cada persona fuera una misión sagrada. Las religiones eran macro-cruzadas, todas creyéndose la única, la mejor, la más sólida, la constante y eterna. Sin embargo estaban unidas y conectadas y tenían el mismo jefe. En aquella época no sabía como explicar o representar aquel jefe, hoy tampoco puedo y creo que nunca podré, para mis adentros definí que la energía máxima era aquel mandatario, de la energía partía todo y en ella todo terminaba, era intangible, pero con disponibilidad te tocaba y paseaba a tu alrededor. Era común, que muchos le pondrían el nombre de Dios. Las doctrinas se aprovechaban de la gente e históricamente ha habido abusos por parte de las religiones hacia las distintas comunidades, hablaban en nombre de Dios, eran sus representantes, eran Él, en la tierra, eso me desagradaba y para mis adentros me causaba rabia e impotencia, al ser incapaz de decirle al mundo mis creencias y al ser el mundo incapaz de apoyarme.


Sentía como la depresión anímica era parte de mi ser. La desmotivación, la desgana me hablaban y convivían a mi lado, sentía su aliento a diario y minuto a minuto era más cercano a ese estado.


Trataba de encontrar gente similar, con una forma semejante de pensar, de creer. Si eso no era posible estaba abierto a expresarme ante alguien sabio, radical, que me diera consejos profundos.


Por el contrario a quien acudía se planteaba al instante cariñoso, creyendo que yo necesitaba que me quisieran. Sin embargo, necesitaba querer, necesitaba amar, enamorarme. Llegar a la cúspide del amor, basar tu vida en otro y levantarse todas las mañanas por el deleite de estar con la mujer amada.


Tanto hablan de amor, tanto escucho aquella palabra, pensando en mi interior que era solo una ilusión. Para mí era un encanto que te conquistaba y te carcomía, apoderándose de toda forma pensante, era idealismo, fanatismo, debilidad. El miedo a la soledad era uno de los fundadores de aquel sentimiento y yo, como fuerte que me creía, no podía caer en el. Si a nada temía y nada quería, mentalmente no tenía ninguna debilidad. En eso me basaba para actuar con frialdad, con rudeza y con una absoluta racionalidad, incuestionable.


No amaba a nadie, nada me motivaba, el término nada se transformaba en un pilar primordial dentro de mi cabeza, el gusto por la vida era, a cada instante, más escaso, hasta limitarse sólo a momentos de placer, gozo, gloria.


No entendía, mientras las dudas hallaban hogar en mi. La confusión profunda era mi compañera y mi guía. El peor guía que se puede tener, era frustrado, cansado de poseer tal condición.


La vida en mi casa era insoportable. La convivencia entre mi familia era difícil, transitaba en ella esperando no recibir heridas, era como un campo de batalla, en silencio, donde solo se escuchan efímeros estruendos que rebotan en tu interior. Costaba, cansaba, me creía el peor enemigo de todos, al final yo mismo era mi peor enemigo. Dejé de escuchar, las palabras que volaban en mi casa buscaban ser atendidas, pero se quedaban en el aire esperando, perdían todo sentido y su uso se limitaba poco a poco, no éramos más que una comunidad antisocial, enojada con el mundo, pero al ser parte del mismo el enojo crecía, al saber que en el fondo se está enojado con uno mismo. Era desesperanza, frialdad, ira, duda, era un mar de inseguridad, de sentimientos vagabundos, amor y cariño presente, pero no querían, no necesitaban mostrarse y se mantenían escondidos, intimidados por las potencias negativas.


Acostarme era un ritual sagrado y odiado, era saber que tenía que levantarme al día siguiente y tener que seguir viviendo con todas esas cosas rutinarias que tanto desprecio me causaban. Era un eterno comenzar de una revolución que nunca pasaba, un empezar donde los ideales quedaban botados, solitarios, donde la cotidianeidad consumía nuestros actos y la superficialidad abundaba mientras te susurraba al oído palabras bonitas y decoradas que nunca eran bien recibidas, por el contrario, actuaban como gatillos, de furia e infelicidad.


Realmente me costaba vivir, eso provocaba un cambio, no sólo me era difícil sino que la vida se trataba de un sobrevivir, no de vivir bien sino de no morir.
Tenía al mundo dándome la espalda y sin pensarlo mucho en aquel momento, ni reflexionar lo que estaba haciendo tome la decisión, inviolable (me dije para mis adentros) de abandonarme, entregarme al vacío, basándome en la teoría del dolor y el golpe eran los mejores remedios. Si vivía de tal forma, sin ayuda ni compañía poco hubiera logrado quedándome en ese estado, seguiría con el concepto de sobre vivencia, de angustia y de agotamiento. Para mi, eso tenía que parar, ¿Estaba dispuesto a asumir los riesgos y de hacer un extremo esfuerzo? Tenía que intentarlo.


La prueba, mi propio y auto impuesto examen se comenzaba a escribir, como primera medida tenía que decidir donde iba a vivir. Si me iba, no iba a recibir apoyo de mis padres, no podía contar con el dinero de ellos. Darme cuenta de eso fue un fuerte golpe, fue entender que tenía que empezar de nuevo, de cero y que lo único que hasta el momento me iba quedando de mi antigua vida serían mis estudios. Cuando asumí eso, me propuse trabajar, antes de largarme necesitaba conseguir alguna forma de financiar mi comienzo. 


Así, dibuje mi futuro a corto plazo. Continuaría alojándome en la casa de mi familia, hasta tener la cantidad suficiente para encontrar un lugar donde dormir. Necesitaría tener el trabajo asegurado cuanto antes, esa fue la primera acción que debía realizar antes de seguir trazando sueños. Corte las quimeras que volaban en mi cabeza y comprendí que las acciones debían iniciarse. Hasta ese momento viví como un ser soñador, pero la ilusión acabaría aquella misma noche.

3/06/2008

El día que nací

Nació un cinco de agosto. Sus tíos y tías, abundantes y jóvenes, a la misma hora que asomaba la cabeza a la luz celebraban en un lugar próximo un cumpleaños aún más cercano. Con corona de cartón forrada de papel lustre sonreía el festejado, abuelo del recién nacido.

En la clínica bebés lloran, hay calma general en los pasillos interrumpida con intermitencia por una que otra enfermera apurada, un niño inquieto o ruedas delgadas transportando un paciente al roce de la baldosa que brilla.

El papá tiene una cámara de fotos en sus manos, la mamá grita y patalea. Silencio en el aire exterior, son las seis de la mañana y la faena recién termina. Tanto los del hospital como los de la celebración se preguntan que sucederá en el otro sitio.

A la mañana llegan muchos. Se presentan cansados y con ojeras al sector de maternidad. El aliento delata a algunos de la intensa jornada nocturna. Pero llegan, Ana María y Patricio están, aún atentos a la eventualidad y admirados con su nuevo hijo.

Felicitaciones vuelan a los padres del crío. El movimiento es intenso en cariño pero de corta duración. A la tarde se presentó la segunda y más congregada ola familiar. A sus maneras, todos cumplen y mantienen el ritual.

Para el resto de Chile era un día normal. Era una época dictatorial eso si. Militares uniformados se veían por las calles y la gente caminaba con las orejas alertas y la vista observadora. Había una calmada inseguridad dicen algunos.

Ese mes hubo un atentado. Tres militares muertos en un acto atribuido al Movimiento de Izquierda Revolucionaria. Años después se cambia la constitución. Muchos varios más pasaron para los siguientes comicios. Seis años tuvo Tomás al terminar el régimen. Hoy tiene 24.

10/04/2007

Entre flores y espinas

La conoció por casualidad, o, más que azar fue como esas pequeñas jugarretas que nos depara el destino sin avisarnos.

Él ya estaba aburrido de todo y todos. Cansado de relaciones superficiales y ofuscado por la idea de que las personas no sólo pueden, sino que deben intentar ser siempre mejores.

Con esta frustración como estandarte de vida fue luchando por principios y pensamientos propios que arraigó y amarró hasta la médula de su ser, enfrentando a cualquiera que tuviera disposición a rebatirlos.

Era una cierta paradoja; él sensible, emotivo mas en un estar en el papel de muralla inatravesable, sufriendo una soledad que no le correspondía. Su obstinación mandaba y prefirió elegir.

Se dio la casualidad que más parece un juego de un designio que caprichoso nos habla al oído y explica que ya está, que las cartas ya están tiradas. El juego de la vida comenzó.

Con vista de águila atenta como centinela; la mira de lejos, de cerca, sus orejas, nariz y boca, su mirada y su trato y escucha sus palabras y tonos. 

Recopila información. Le gusta. Lo intenta. Sabe que no es mucho lo que debe hacer, sabe que si se le nota demasiado la perderá, evitar pasos en falsos se dice sólo para él. 

Sabe que esto se trata de precisión. Hay que saber el cómo y el cuando. El resto, meros detalles. La mirada correcta en el momento justo. El roce voluntarioso cuando el cuerpo es susceptible.

Cree que algo da resultado. Encuentra pistas de un interés, uno de extrañas formas para él, pero es más que suficiente. Luego siente la presión del tiempo. Se le acaba. Cae encima de él como una plancha que baja apresurada para aplastarlo. Está claro que sus sensaciones son superadas por sus emociones y que éstas son sobrepasadas por los sentimientos. Ya siente, se le olvidan las palabras y su sangre lo recorre como caudal de montaña, eso le preocupa.

Se autoproclama un basta;. La frase se repite navegando entre tanta materia que surcan su mente. Voy mal, insiste.

Cambia la estrategia y decidido sale a buscarla. No tiene nada que perder. Ya estaba en un estado de pérdida.

Logra estar con ella. La admira, maravillado. En esos momentos el control es esquivo y manejar la situación, una tarea para verdaderos expertos. 

Así es la cosa. Él lo sabe, lo asume. Detrás había un completo plan de investigación dispuesto a ponerse en práctica, pero la improvisación es la que manda, ni la va ni le viene, pero también lo sabe.

Y lento, pero seguro, rompen barreras que se mostraban intratables, ceden a las inseguridades y recelos.

Con una suave intensidad, profunda, pero controlada comienzan una relación que pronto los encadena. Hasta caen pétalos de sus mensajes.

Él no cuestiona lo que le ocurre, pero le cuesta vivir. El estado de dicha lo llena de positivismo y de esperanzas. Ahora sin saberlo está tan dispuesto que los valores mismos que el encuentra imprescindibles le causan los primeros problemas. No lo entiende, pero acota. Es fácil elegir la preferencia en aquella balanza.

La ve cuanto puede. Desearía que fuera más y hace sus intentos, pero no todo es perfecto. Obligado pasa los días en base a recuerdos. Los recuerdos son buenos, pero estar en el presente es infinitamente mejor.

Durante varias noches sueña con ella, con las curvas bailarinas de su cabello travieso, su sonrisa fina de líneas refinadas o su mirada taimada, pero sublime, de niña que se opone. Pero no son sueños, todos terminan con la respiración de él agitada en la realidad y con la idea de que algo no está bien. 

Siente la amargura de perderla y visualiza tragedias. Se siente vulnerable y débil, eso lo supera. Cree injusto que la hermosura del amor acarree, por inercia, tantos miedos.

Le gusta decirle al mundo que para llegar a la felicidad el sufrimiento es sólo un paso.

Pero ahora es distinto, una noche sin saber de ella es suficiente para crear le negación de sus párpados a unirse, no duerme. Eso agota. Piensa que no lo merece y así le afecta más. Se le hace incomprensible que al final se prefieran mentiras. Para él, aunque esté errado, omisión es mentira.

Ya dije, él se aferró a sus ideales y se los refriega como un baño necesario para la lucha.

Cuestiona su capacidad. Extremista como es ve su vida como una apuesta. No su plenitud. Su vida tal cual la tiene aprehendida.

Está mareado en la confusión. Dice que escribir lo ayuda a canalizar, pero la pluma lo traiciona como alma en pena.

Ya no sabe. Está seguro de su amor, lo que sucede es que no sabe como vivir la experiencia sin verse dañado permanentemente por diferencias tontas o problemas intrascendentes.

Y así está, engatusado como nunca, pero ciego entre flores y espinas.

Tradición en 2007

Uno más, pensé que era uno más.

Todos los años, una gran tradición y dos familias con sus integrantes como personajes principales.

La verdad es que las circunstancias nunca son las mismas, son sólo los rostros y el nivel de consumo lo que se mantiene.

Y como personas también hay cambios.

Mi momento, era peculiar.

Un año trastocado. Un año de extremos, de límites intensos y de decisiones.

Sí, es un año diferente para mí.

Partió con un verano experimental. En un viaje, en Brasil con mis dos hermanos. Allí probé, toqué y sentí y me gustó. Pero ya fue, lo que allá hice en mi mente está y sólo ahí existe. Es solo un recuerdo. Imágenes que se intercambian en la memoria, pero fuera de servicio, ya no opinan, ya tuvieron su minuto de gloria y majestad y lo aprovecharon a su antojo.

Después el comienzo real del año; el inicio de clases, responsabilidades y respetos. El génesis constante de la rutina y la trivial cotidianeidad.

Ahí sufro. Me cuesta. Discuto y me sobrepaso.

La disciplina se la encargo a quien quiera transportarla.

Y acciones, errores para unos, llevan el desmoronamiento como un estandarte y ahí estoy yo para hacerle gala.

Y obvio, hay costos. Cuatro meses desafiando al silencio en un juego de tablero que me enfrentaba con mi padre. Era un desafío de orgullo y arrogancia, infantilismo e involución. 

Necesario, que quede claro, pero tan estúpido como imprescindible.

Pasan los minutos arrasados por las semanas y éstas por los meses. La tensión presente como una mosca merodeando sobre tu nariz. Molesta, nadie la quiere.

Veo caras desconocidas de mis padres. De ambos. Son las consecuencias de este vandalismo familiar.

Y me preparo. Veía la luz de tranquilidad, al alcance, cerca. Pero no aún.

La ansiedad lidiaba contra las expectativas. Más que de tablero este juego era punzante, vertiginoso. La contienda termina en una nada ridícula.

El tiempo pasa y todo llega.

Fue especial. Conversar con la conciencia, la búsqueda del ser y el clásico dilema que a todos toca, pero que pocos, muy pocos enfrentan.

Esos días son paz y armonía. Una delicia para un perturbado como yo.

Ya dije, la temporalidad avanza sin avisarnos.

Llegó la fecha del despilfarro, brutal jarana. La tradición.

Venía distinto y sucedió distinto.

El principio fue igual. En la tarde siguiente la vi. Uno lo siente, preguntas sin sentido revuelan en la cabeza e ilusiones malditas exigen.

Pero no. La vi lejos. Distante. Con una sonrisa hermosa, no dispuesta, sino en pos de acompañarte, pero aún no contigo. Pronto algo cambió.

Sus palabras eran más dedicadas y el trato más cercano.

Menos mal. Su amiga, un chiste. Tan divertida y risueña como un colibrí primaveral. Riendo y causando risas. Muy bien. Facilidad.

Así, tiempo que estaban, estaba con ellas. Con ella, que por lo común se encontraba a mi lado por una cosa de posiciones natural.

De pronto, mi comportamiento tenía un sentido. Muy rastreado. Un sentido social. Mi actitud de eterna transparencia daba un rédito. Dudoso, pero había.

La penúltima noche temprano se fue. El idiota obtuso que soy se contra revolucionó y en un estado de desordenado enojo una almohada mis lamentos tontos recibió.

El amanecer posterior yo ya había derrochado la posibilidad. Mi sitial era utilizado como por turnos por mis parientes.

Yo miraba, decía un comentario, pero por dentro la calma mantenía un duro duelo con la rabia. Y para peor, no sabía ni de que. Inútilmente mi control peligraba y no sabía porqué.

Pero esa noche fue mágica.

Ilustre se podría decir si esto fuera política. No lo es. Menos mal.

Lento. Ya no eran minutos en una carrera, eran segundos paseando por el parque como dos ancianos.

Su piel delicada y suave fue rozando primero. Después tanteaba con su mirada, ojos grandes, afectuosos y atentos hacían tiritar los latidos. Sin buscarlo sus manos se posaban en las mías y mis labios gruesos se pegaban a los suyos finos.

Maravilloso corazón maravilloso. Una canción dice así, pero no lo entendía y hasta criticaba a los vulgares seres inferiores que son víctimas de aquellos efectos químicos.

Mientras el sentido baila con esta alma rebosante de un placer lindo.

Una cascada de partículas emocionantemente emocionales cae por mi espíritu y baña desde el cabello más largo al máximo de mis extremidades de una sensación de absoluto bienestar.

Un placer de alegría que incomprendida vuela. Ella sabe, las emociones descienden, ella vuela.

Así estoy. Dándole vueltas y vueltas a tonteras que me cuesta pronunciar. O costaba. Decirle linda es como nombrar a la máquina de afeitar como gillette. Un reflejo espontáneo.

Antes, en ese viaje ya comentado un primo me sacó el tarot. Esa tarde, en el segundo piso de una casa playera me predijo el año.

Y que año, lejos uno de los mas significativos de mi vida. Un año complejo. Tortuoso a momentos, pero que me tiene en la cumbre de la felicidad.

Transantiago, en tu año, ya no eres tema para mí.