3/16/2008

Conductores al volante

Yo vivía a los pies de los cerros. Silencio general. Como ruido sólo un cabro chico del vecino que grita mucho o maestros que entre cumbia y cumbia se ríen a carcajadas y se hacen notar.

El resto, silencio. Sólo el murmullo del viento como silbido.

Ahora vivo en un depa, entre calles ni muy grandes ni muy chicas, en un décimo piso.
Y estoy impresionado por la cantidad de bocinas que se hacen escuchar incluso atravesando el vidrio de mis ventanas. A toda hora. Sonido constante.

Esto, omitiendo el cuando me asomó y observo como en la calle es común, principalmente en la noche, que los conductores no respeten el semáforo y pasen, de forma literal, cuando quieran.

Así no extrañan los accidentes. No necesitamos de las autopistas para justificar la mortalidad de las calles. No es necesario el borracho chorizo que acelera más de la cuenta.

Sólo hay que contemplar, abrir ojos y oídos que la prepotencia y las chantadas se hacen sentir.

Agrego las características de los conductores como grupo. Son agresivos, desafiantes, la gran mayoría utiliza el tráfico como un manual de sugerencias. Un grupo donde el respeto al otro está enterrado, en un ahogo por los tacos, el calor (en verano), la lluvia y el frío (en invierno) y la internalizada idea de hacer notar hasta demostrar que el que esta al volante es uno.

3/13/2008

El metro: un afrodisiaco

En la Estación Baquedano me percaté.

Siempre me ha llamado la atención la gente que en pleno metro se ponen a agarrar como si estuvieran en la disco. Yo no tengo nada en contra de besarse, pero por favor es una lata andar viéndole la lengua a cualquier pelusa. Si fuera un fenómeno lésbico y nuestros ojos observaran puras lenguas femeninas está bien, de lo contrario, se atenta contra el principio de libertad: Superas el límite cuando violas la libertad del otro.

Y creo que andar viendo a los monos en esos gestos privados es una de esas violaciones.
Sin embargo, lo que escribo no quiere hablar de ese atentado en particular, sino escarbar un poco más en ese fenómeno.

Estas palabras se tratan de otra cosa.

Como dije en Baquedano me percaté y comencé a contar las parejas que se ponían a besuquearse en el metro como si estuvieran en la cama. De la mencionada estación hasta la que me bajé, que fue República, pude contar 11 parejas y ninguna a besitos tiernos y tranquis, suaves. No, todos como si ya tuvieran planeado el placer posterior.

Y hay otra rareza en todo esto. El metro se presta a su vez para un lugar ideal para coquetear sin sentido. Ese coqueteo que busca una sonrisa o un piropo visual. Ese coqueteo callejero se manifiesta y se vive en el metro.

Así, ante estas características del metro se me ocurrió una teoría: El tren subterráneo tiene un poder afrodisíaco que no se puede dejar de lado.

Yo, asumí esto como una especia de ley y mis viajes se transformaron en una entretención. Todas miran, reaccionan y atacan distinto. Es casi un juego de semejanzas con el otro acto que nos hace tan diferentes. No se cuenta, se vive.

3/10/2008

Proyecto

Mareado, confundido, perdido y oprimido. Infeliz e insatisfecho. Quien era para alegar. La expresión parecía un tesoro que pocos podían alcanzar, pero quería pelear por él.

Mi mente vacilaba y se preguntaba, debatía solitaria y buscaba alguna razón, los porqué. ¿Se encuentran en algún lugar?. Se conocen?. Se llegan a conocer?
Me daba cuenta y sentía el abuso del cual era sujeto. Me sentía un vulgar instrumento, manejado, manipulado, guiado constantemente en el mundo de casualidades que es la vida.


Ansiaba el fin, un camino, pero no veía, estaba ciego y vagabundo en el trayecto. Mi instinto colapsado y fundido, esperando exclusivamente un término, cualquiera fuese el final.


Una desconfianza habitaba en mi, la inseguridad iba poseyendo cada parte de mi alma. El cuestionamiento era total, rozando lentamente y sin saberlo los límites de la irracionalidad.


Irónica, hasta burlesca me parecía mi vida y en general, toda existencia.
El tipo seguro, el muchacho que con facilidad obtenía corazones ajenos, el galán naufragaba perdiendo su seguridad, la inestabilidad marcaban mis acciones y malgastaba mis dotes y cualidades en castigarme. El manejo social se me hacía intolerable, veía todo malo, erróneo, feo.


La amistad y la sociabilidad las desarrollaba sin conflicto y ellas tampoco tenían problemas conmigo. Hasta el punto donde había llegado, donde estaba parado, ya nadie pensaba en mi, la soledad era horrenda, hostil, monstruosa, dueña de mis segundos, dominaba los perímetros de mi realidad.


El dinero abundaba a mi alrededor, la holgura económica facilitaba los malos pasos, tenía alcance a demasiadas cosas, muchas inmerecidas. Eso se complementaba con mi inmaterialidad, gastaba sin importarme los demás, era tan pasajero que llegaba a ser inexistente. Esa era mi visión. Derrochaba dinero sin control, pues para mi eso no contaba con mucha validez.


Creía controlar mi vida y mis acciones, pero sin darme cuenta sabía que no era así. Algo tenía el control más allá de mi, más allá del ser humano, todo predestinado. Encomendado a la tierra, como si cada persona fuera una misión sagrada. Las religiones eran macro-cruzadas, todas creyéndose la única, la mejor, la más sólida, la constante y eterna. Sin embargo estaban unidas y conectadas y tenían el mismo jefe. En aquella época no sabía como explicar o representar aquel jefe, hoy tampoco puedo y creo que nunca podré, para mis adentros definí que la energía máxima era aquel mandatario, de la energía partía todo y en ella todo terminaba, era intangible, pero con disponibilidad te tocaba y paseaba a tu alrededor. Era común, que muchos le pondrían el nombre de Dios. Las doctrinas se aprovechaban de la gente e históricamente ha habido abusos por parte de las religiones hacia las distintas comunidades, hablaban en nombre de Dios, eran sus representantes, eran Él, en la tierra, eso me desagradaba y para mis adentros me causaba rabia e impotencia, al ser incapaz de decirle al mundo mis creencias y al ser el mundo incapaz de apoyarme.


Sentía como la depresión anímica era parte de mi ser. La desmotivación, la desgana me hablaban y convivían a mi lado, sentía su aliento a diario y minuto a minuto era más cercano a ese estado.


Trataba de encontrar gente similar, con una forma semejante de pensar, de creer. Si eso no era posible estaba abierto a expresarme ante alguien sabio, radical, que me diera consejos profundos.


Por el contrario a quien acudía se planteaba al instante cariñoso, creyendo que yo necesitaba que me quisieran. Sin embargo, necesitaba querer, necesitaba amar, enamorarme. Llegar a la cúspide del amor, basar tu vida en otro y levantarse todas las mañanas por el deleite de estar con la mujer amada.


Tanto hablan de amor, tanto escucho aquella palabra, pensando en mi interior que era solo una ilusión. Para mí era un encanto que te conquistaba y te carcomía, apoderándose de toda forma pensante, era idealismo, fanatismo, debilidad. El miedo a la soledad era uno de los fundadores de aquel sentimiento y yo, como fuerte que me creía, no podía caer en el. Si a nada temía y nada quería, mentalmente no tenía ninguna debilidad. En eso me basaba para actuar con frialdad, con rudeza y con una absoluta racionalidad, incuestionable.


No amaba a nadie, nada me motivaba, el término nada se transformaba en un pilar primordial dentro de mi cabeza, el gusto por la vida era, a cada instante, más escaso, hasta limitarse sólo a momentos de placer, gozo, gloria.


No entendía, mientras las dudas hallaban hogar en mi. La confusión profunda era mi compañera y mi guía. El peor guía que se puede tener, era frustrado, cansado de poseer tal condición.


La vida en mi casa era insoportable. La convivencia entre mi familia era difícil, transitaba en ella esperando no recibir heridas, era como un campo de batalla, en silencio, donde solo se escuchan efímeros estruendos que rebotan en tu interior. Costaba, cansaba, me creía el peor enemigo de todos, al final yo mismo era mi peor enemigo. Dejé de escuchar, las palabras que volaban en mi casa buscaban ser atendidas, pero se quedaban en el aire esperando, perdían todo sentido y su uso se limitaba poco a poco, no éramos más que una comunidad antisocial, enojada con el mundo, pero al ser parte del mismo el enojo crecía, al saber que en el fondo se está enojado con uno mismo. Era desesperanza, frialdad, ira, duda, era un mar de inseguridad, de sentimientos vagabundos, amor y cariño presente, pero no querían, no necesitaban mostrarse y se mantenían escondidos, intimidados por las potencias negativas.


Acostarme era un ritual sagrado y odiado, era saber que tenía que levantarme al día siguiente y tener que seguir viviendo con todas esas cosas rutinarias que tanto desprecio me causaban. Era un eterno comenzar de una revolución que nunca pasaba, un empezar donde los ideales quedaban botados, solitarios, donde la cotidianeidad consumía nuestros actos y la superficialidad abundaba mientras te susurraba al oído palabras bonitas y decoradas que nunca eran bien recibidas, por el contrario, actuaban como gatillos, de furia e infelicidad.


Realmente me costaba vivir, eso provocaba un cambio, no sólo me era difícil sino que la vida se trataba de un sobrevivir, no de vivir bien sino de no morir.
Tenía al mundo dándome la espalda y sin pensarlo mucho en aquel momento, ni reflexionar lo que estaba haciendo tome la decisión, inviolable (me dije para mis adentros) de abandonarme, entregarme al vacío, basándome en la teoría del dolor y el golpe eran los mejores remedios. Si vivía de tal forma, sin ayuda ni compañía poco hubiera logrado quedándome en ese estado, seguiría con el concepto de sobre vivencia, de angustia y de agotamiento. Para mi, eso tenía que parar, ¿Estaba dispuesto a asumir los riesgos y de hacer un extremo esfuerzo? Tenía que intentarlo.


La prueba, mi propio y auto impuesto examen se comenzaba a escribir, como primera medida tenía que decidir donde iba a vivir. Si me iba, no iba a recibir apoyo de mis padres, no podía contar con el dinero de ellos. Darme cuenta de eso fue un fuerte golpe, fue entender que tenía que empezar de nuevo, de cero y que lo único que hasta el momento me iba quedando de mi antigua vida serían mis estudios. Cuando asumí eso, me propuse trabajar, antes de largarme necesitaba conseguir alguna forma de financiar mi comienzo. 


Así, dibuje mi futuro a corto plazo. Continuaría alojándome en la casa de mi familia, hasta tener la cantidad suficiente para encontrar un lugar donde dormir. Necesitaría tener el trabajo asegurado cuanto antes, esa fue la primera acción que debía realizar antes de seguir trazando sueños. Corte las quimeras que volaban en mi cabeza y comprendí que las acciones debían iniciarse. Hasta ese momento viví como un ser soñador, pero la ilusión acabaría aquella misma noche.

3/06/2008

El día que nací

Nació un cinco de agosto. Sus tíos y tías, abundantes y jóvenes, a la misma hora que asomaba la cabeza a la luz celebraban en un lugar próximo un cumpleaños aún más cercano. Con corona de cartón forrada de papel lustre sonreía el festejado, abuelo del recién nacido.

En la clínica bebés lloran, hay calma general en los pasillos interrumpida con intermitencia por una que otra enfermera apurada, un niño inquieto o ruedas delgadas transportando un paciente al roce de la baldosa que brilla.

El papá tiene una cámara de fotos en sus manos, la mamá grita y patalea. Silencio en el aire exterior, son las seis de la mañana y la faena recién termina. Tanto los del hospital como los de la celebración se preguntan que sucederá en el otro sitio.

A la mañana llegan muchos. Se presentan cansados y con ojeras al sector de maternidad. El aliento delata a algunos de la intensa jornada nocturna. Pero llegan, Ana María y Patricio están, aún atentos a la eventualidad y admirados con su nuevo hijo.

Felicitaciones vuelan a los padres del crío. El movimiento es intenso en cariño pero de corta duración. A la tarde se presentó la segunda y más congregada ola familiar. A sus maneras, todos cumplen y mantienen el ritual.

Para el resto de Chile era un día normal. Era una época dictatorial eso si. Militares uniformados se veían por las calles y la gente caminaba con las orejas alertas y la vista observadora. Había una calmada inseguridad dicen algunos.

Ese mes hubo un atentado. Tres militares muertos en un acto atribuido al Movimiento de Izquierda Revolucionaria. Años después se cambia la constitución. Muchos varios más pasaron para los siguientes comicios. Seis años tuvo Tomás al terminar el régimen. Hoy tiene 24.

10/04/2007

Entre flores y espinas

La conoció por casualidad, o, más que azar fue como esas pequeñas jugarretas que nos depara el destino sin avisarnos.

Él ya estaba aburrido de todo y todos. Cansado de relaciones superficiales y ofuscado por la idea de que las personas no sólo pueden, sino que deben intentar ser siempre mejores.

Con esta frustración como estandarte de vida fue luchando por principios y pensamientos propios que arraigó y amarró hasta la médula de su ser, enfrentando a cualquiera que tuviera disposición a rebatirlos.

Era una cierta paradoja; él sensible, emotivo mas en un estar en el papel de muralla inatravesable, sufriendo una soledad que no le correspondía. Su obstinación mandaba y prefirió elegir.

Se dio la casualidad que más parece un juego de un designio que caprichoso nos habla al oído y explica que ya está, que las cartas ya están tiradas. El juego de la vida comenzó.

Con vista de águila atenta como centinela; la mira de lejos, de cerca, sus orejas, nariz y boca, su mirada y su trato y escucha sus palabras y tonos. 

Recopila información. Le gusta. Lo intenta. Sabe que no es mucho lo que debe hacer, sabe que si se le nota demasiado la perderá, evitar pasos en falsos se dice sólo para él. 

Sabe que esto se trata de precisión. Hay que saber el cómo y el cuando. El resto, meros detalles. La mirada correcta en el momento justo. El roce voluntarioso cuando el cuerpo es susceptible.

Cree que algo da resultado. Encuentra pistas de un interés, uno de extrañas formas para él, pero es más que suficiente. Luego siente la presión del tiempo. Se le acaba. Cae encima de él como una plancha que baja apresurada para aplastarlo. Está claro que sus sensaciones son superadas por sus emociones y que éstas son sobrepasadas por los sentimientos. Ya siente, se le olvidan las palabras y su sangre lo recorre como caudal de montaña, eso le preocupa.

Se autoproclama un basta;. La frase se repite navegando entre tanta materia que surcan su mente. Voy mal, insiste.

Cambia la estrategia y decidido sale a buscarla. No tiene nada que perder. Ya estaba en un estado de pérdida.

Logra estar con ella. La admira, maravillado. En esos momentos el control es esquivo y manejar la situación, una tarea para verdaderos expertos. 

Así es la cosa. Él lo sabe, lo asume. Detrás había un completo plan de investigación dispuesto a ponerse en práctica, pero la improvisación es la que manda, ni la va ni le viene, pero también lo sabe.

Y lento, pero seguro, rompen barreras que se mostraban intratables, ceden a las inseguridades y recelos.

Con una suave intensidad, profunda, pero controlada comienzan una relación que pronto los encadena. Hasta caen pétalos de sus mensajes.

Él no cuestiona lo que le ocurre, pero le cuesta vivir. El estado de dicha lo llena de positivismo y de esperanzas. Ahora sin saberlo está tan dispuesto que los valores mismos que el encuentra imprescindibles le causan los primeros problemas. No lo entiende, pero acota. Es fácil elegir la preferencia en aquella balanza.

La ve cuanto puede. Desearía que fuera más y hace sus intentos, pero no todo es perfecto. Obligado pasa los días en base a recuerdos. Los recuerdos son buenos, pero estar en el presente es infinitamente mejor.

Durante varias noches sueña con ella, con las curvas bailarinas de su cabello travieso, su sonrisa fina de líneas refinadas o su mirada taimada, pero sublime, de niña que se opone. Pero no son sueños, todos terminan con la respiración de él agitada en la realidad y con la idea de que algo no está bien. 

Siente la amargura de perderla y visualiza tragedias. Se siente vulnerable y débil, eso lo supera. Cree injusto que la hermosura del amor acarree, por inercia, tantos miedos.

Le gusta decirle al mundo que para llegar a la felicidad el sufrimiento es sólo un paso.

Pero ahora es distinto, una noche sin saber de ella es suficiente para crear le negación de sus párpados a unirse, no duerme. Eso agota. Piensa que no lo merece y así le afecta más. Se le hace incomprensible que al final se prefieran mentiras. Para él, aunque esté errado, omisión es mentira.

Ya dije, él se aferró a sus ideales y se los refriega como un baño necesario para la lucha.

Cuestiona su capacidad. Extremista como es ve su vida como una apuesta. No su plenitud. Su vida tal cual la tiene aprehendida.

Está mareado en la confusión. Dice que escribir lo ayuda a canalizar, pero la pluma lo traiciona como alma en pena.

Ya no sabe. Está seguro de su amor, lo que sucede es que no sabe como vivir la experiencia sin verse dañado permanentemente por diferencias tontas o problemas intrascendentes.

Y así está, engatusado como nunca, pero ciego entre flores y espinas.

Tradición en 2007

Uno más, pensé que era uno más.

Todos los años, una gran tradición y dos familias con sus integrantes como personajes principales.

La verdad es que las circunstancias nunca son las mismas, son sólo los rostros y el nivel de consumo lo que se mantiene.

Y como personas también hay cambios.

Mi momento, era peculiar.

Un año trastocado. Un año de extremos, de límites intensos y de decisiones.

Sí, es un año diferente para mí.

Partió con un verano experimental. En un viaje, en Brasil con mis dos hermanos. Allí probé, toqué y sentí y me gustó. Pero ya fue, lo que allá hice en mi mente está y sólo ahí existe. Es solo un recuerdo. Imágenes que se intercambian en la memoria, pero fuera de servicio, ya no opinan, ya tuvieron su minuto de gloria y majestad y lo aprovecharon a su antojo.

Después el comienzo real del año; el inicio de clases, responsabilidades y respetos. El génesis constante de la rutina y la trivial cotidianeidad.

Ahí sufro. Me cuesta. Discuto y me sobrepaso.

La disciplina se la encargo a quien quiera transportarla.

Y acciones, errores para unos, llevan el desmoronamiento como un estandarte y ahí estoy yo para hacerle gala.

Y obvio, hay costos. Cuatro meses desafiando al silencio en un juego de tablero que me enfrentaba con mi padre. Era un desafío de orgullo y arrogancia, infantilismo e involución. 

Necesario, que quede claro, pero tan estúpido como imprescindible.

Pasan los minutos arrasados por las semanas y éstas por los meses. La tensión presente como una mosca merodeando sobre tu nariz. Molesta, nadie la quiere.

Veo caras desconocidas de mis padres. De ambos. Son las consecuencias de este vandalismo familiar.

Y me preparo. Veía la luz de tranquilidad, al alcance, cerca. Pero no aún.

La ansiedad lidiaba contra las expectativas. Más que de tablero este juego era punzante, vertiginoso. La contienda termina en una nada ridícula.

El tiempo pasa y todo llega.

Fue especial. Conversar con la conciencia, la búsqueda del ser y el clásico dilema que a todos toca, pero que pocos, muy pocos enfrentan.

Esos días son paz y armonía. Una delicia para un perturbado como yo.

Ya dije, la temporalidad avanza sin avisarnos.

Llegó la fecha del despilfarro, brutal jarana. La tradición.

Venía distinto y sucedió distinto.

El principio fue igual. En la tarde siguiente la vi. Uno lo siente, preguntas sin sentido revuelan en la cabeza e ilusiones malditas exigen.

Pero no. La vi lejos. Distante. Con una sonrisa hermosa, no dispuesta, sino en pos de acompañarte, pero aún no contigo. Pronto algo cambió.

Sus palabras eran más dedicadas y el trato más cercano.

Menos mal. Su amiga, un chiste. Tan divertida y risueña como un colibrí primaveral. Riendo y causando risas. Muy bien. Facilidad.

Así, tiempo que estaban, estaba con ellas. Con ella, que por lo común se encontraba a mi lado por una cosa de posiciones natural.

De pronto, mi comportamiento tenía un sentido. Muy rastreado. Un sentido social. Mi actitud de eterna transparencia daba un rédito. Dudoso, pero había.

La penúltima noche temprano se fue. El idiota obtuso que soy se contra revolucionó y en un estado de desordenado enojo una almohada mis lamentos tontos recibió.

El amanecer posterior yo ya había derrochado la posibilidad. Mi sitial era utilizado como por turnos por mis parientes.

Yo miraba, decía un comentario, pero por dentro la calma mantenía un duro duelo con la rabia. Y para peor, no sabía ni de que. Inútilmente mi control peligraba y no sabía porqué.

Pero esa noche fue mágica.

Ilustre se podría decir si esto fuera política. No lo es. Menos mal.

Lento. Ya no eran minutos en una carrera, eran segundos paseando por el parque como dos ancianos.

Su piel delicada y suave fue rozando primero. Después tanteaba con su mirada, ojos grandes, afectuosos y atentos hacían tiritar los latidos. Sin buscarlo sus manos se posaban en las mías y mis labios gruesos se pegaban a los suyos finos.

Maravilloso corazón maravilloso. Una canción dice así, pero no lo entendía y hasta criticaba a los vulgares seres inferiores que son víctimas de aquellos efectos químicos.

Mientras el sentido baila con esta alma rebosante de un placer lindo.

Una cascada de partículas emocionantemente emocionales cae por mi espíritu y baña desde el cabello más largo al máximo de mis extremidades de una sensación de absoluto bienestar.

Un placer de alegría que incomprendida vuela. Ella sabe, las emociones descienden, ella vuela.

Así estoy. Dándole vueltas y vueltas a tonteras que me cuesta pronunciar. O costaba. Decirle linda es como nombrar a la máquina de afeitar como gillette. Un reflejo espontáneo.

Antes, en ese viaje ya comentado un primo me sacó el tarot. Esa tarde, en el segundo piso de una casa playera me predijo el año.

Y que año, lejos uno de los mas significativos de mi vida. Un año complejo. Tortuoso a momentos, pero que me tiene en la cumbre de la felicidad.

Transantiago, en tu año, ya no eres tema para mí.

5/20/2006

Encuentros que se prestan para

Recién las modernas máquinas del metro se tragaron mi caro boleto de líneas amarillas.

Doy un par de pasos, ordenando el vuelto, alzo la vista y veo a una compañera sonriente, ella siempre bonita y acogedora.

Antes, unos 20 minutos, estaba en la escalera típica de Grajales con mi hermano y un viejo y querido amigo. Ambos se encaminaron a temas académicos, uno a clases y el otro a reunión de pauta.

Sólo, escucho el nuevo disco de los Red Hot Chili Peppers (que el día anterior había bajado), asumiendo que no quedaba nada más que dirigirme a mi hogar. Yo, obvio por esos días, quería hacer algo.

Vuelvo a ese momento en que tras guardar las monedas, abro los ojos irritados y veo a mi morena compañera.

Ella me saludó y alegre regaló una sonrisa, yo saludé, pero alegre no pensé en sacarme los audífonos y le hice señas de “ocupado”.

Ella entendió, luego de un segundo dubitativa siguió el paso con otros compañeros que estaban metros antes, compañeros que sé que son compañeros, pero que no me sé ni el nombre, o sea, meros desconocidos.

En la bajada y espera del tren la pierdo de vista, pero al subirme la veo nuevamente parada, un poco hacia la izquierda, con los otros rodeándola.

Los desconocidos compañeros se bajaron todos en Tobalaba y ella quedó sola, como es de suponer, algo entendió mal y se sentó más allá, alejándose.

Yo seguí escuchando mi música lamentando la situación, ya estaba un poco más tranquilo y ella estaba sola, mientras pensaba que no la había “rechazado” de mala onda, sólo por la circunstancia, una cosa de compañía, que para mi la ideal del momento era la música y ella estaba con gente, así que no había problema.

Salí, buscándola, para explicarle mis raciocinios y que no se malentendiera, pero no fue posible, no la vi más.

Es molesta esa situación, irrelevante, pero no pude sacarla de mi mente.

No me gusta que pase eso, encuentros positivos me terminan mostrando como el enemigo, encuentros fortuitos que por incomunicaciones se tergiversan.

5/11/2006

...Es?

Hay una frase peculiar que cualquier persona común viene escuchando desde pequeño.
Esta frase ha sido ocupada en innumerables películas o comerciales, ya sean gringas o locales, pero lo más interesante y por ende rescatable de ella, es su valor práctico, en la rutina del día a día.

La frase de la que hablo es: “la vida es una pasarela”.

Yo, viendo detalles inexistente y con una intolerancia insospechada, dejé de lado el mensaje durante varios años, principalmente en el paso de niño a púber y de ahí a adolescente. Pero el tiempo pasa y la tajante intolerancia se vuelve tolerante sin pedir el permiso respectivo, después, no sólo tolerante sino que los juicios se abren a clasificaciones positivas.

En mi estadía universitaria en el famosos Barrio Universitario he visto pasar a mi lado todo tipo de mujeres y, cuando digo todo tipo, no es para nada una exageración.

Altas, flacas, gordas, bajas, voluptuosas, con muchas curvas y algunas sin, estilos punky, hippies, electrónicas o rockeras.

Y ahí se demuestra y se confirma que la vida, en sí misma, es una verdadera pasarela.

Incluso si uno hace una analogía algo más a fondo, puede ver mujeres que hoy pueden ser modelos, pero otras que perfectamente podrían haber sido modelos en los años 20’, siendo los estándares contrapuestos.

Así, la frase tiene un sentido real, fácil de comprobar, sólo basta con ir a República u otra barrio similar, sentarse en alguna de las bancas que hay en su extensión y mirar el variado paisaje que se expondrá a nuestra mirada, ¡Sí!  -dirán-, es una pasarela.

5/03/2006

Unitario rebajado?

Iba camino al subsuelo, descendiendo unas escaleras que bajo prácticamente todos los días, hasta llegar a un punto muy conocido, quizá de memoria.

Dentro de él hay algo, colores verdes y amarillos, y allí, al frente y claro, (en verdad no tanto, todavía son mis días de ceguedad) vi un letrero que me causó una incomprensible duda, aunque para nada inaudita.

Perdonen los que tienen pase escolar porque para ellos sería ridículo plantearse la cuestión, pero piensen en un detalle, un detalle que traspasa el boleto en sí.

El unitario consta de dos períodos en el día, uno que si no me equivoco es de 6 p.m. a 7:30 p.m. y el de la mañana, que es de 7 a.m. a 8:30 a.m. (parece, porque la verdad es que no ando mucho en la mañana y ahora no me acuerdo, traté de buscar esos datos específicos por internet, pero mi flojo interés no dio resultados, así que….).

El punto no tiene nada que ver con la exactitud de los horarios, acá, el asunto central, es que el boleto unitario rebajado es el que funciona el resto de las horas.

¿Que sucede con esto?

El boleto, que por nombre debería ser el normal, el corriente, es en realidad el boleto caro y el boleto caro ¿Qué pasa?...no existe.

¿Se dan cuenta, no sólo de la contradicción que existe en esos términos, si no en el poder de persuasión que hay detrás de esto?

Es increíble, pero parece ser que para las autoridades del metro no hay horario alto, no hay una hora alta y en consecuencia más cara. Solo hay un período (que es la mayoría del día) que es más barato.

¿Que sucede con eso?

Pues bien, el mensaje es que el metro te hace un favor o algo semejante, colocando una tarifa menor durante la mayor parte del día, cuando lo objetivo y sin discusión al respecto, es que hay un lapso de tiempo que es más transitado y que por ende requiere supuestamente más atención y que, por nuevo ende, es más caro.

Pero no, malditos los que están arriba que viven pensando en que la gente no piensa, o mmm, yo suelo creer que la masa no piensa o una parte de ella, pero, ¿y nosotros, los que pensamos?...estafadores, en gringolandia te demandan por esto y uno gana millones, acá no nos queda nada más que expresar nuestra perceptiva situación por medios como este.

4/18/2006

Esas viejas

No sé si este sería un tema de chilenos, santiaguinos o meros seres humanos, pero en la cotidianidad diaria de la vida, en específico del transporte público, hay algo que me molesta sobremanera.

Hace sólo unos días me pasó que yo había tenido un día largo y tedioso, los párpados se me caían del cansancio y mis pies latían agotados.

En el metro, suelo ceder el asiento o, mejor aún, comúnmente me voy parado, pensando en mi cabeza que muchos pueden necesitar ese asiento más que yo.

Pero ese día que yo no quería más guerra, los asientos estaban todos ocupados y, si bien es cierto que había vagones llenos, donde iba yo sobraba espacio.

Y me senté, en el suelo, como suelen hacer los universitarios y escolares.

En Universidad Católica se subió una anciana de esas que se creen con autoridad moral sobre ti, que me empezó a mirar feo como si yo le obstaculizara su comodidad.

La verdad es que yo a ella no le interrumpía en nada de nada, como mucho su espacio visual. Me comenzó a mirar distante primero, como enjuiciándome, para luego acercarse voluntariamente y molestar con su trasero arrugado mi rostro derrotado por la rutina.

Yo, obvio me enojé y lejos de pararme como quisiera la veterana, me quedé sentado y hasta estiré mis pies para demostrarle que si de molestar se trataba, yo podía más.

Se bajó en Los Leones y el trayecto fue un constante desafío, como una batalla entre dos contrincantes que no desean perder terreno.

Antes, hubo un estudiante que viendo mi situación tomó cartas en el asunto y se sentó a mi lado, mientras mirábamos cómplices la rabia estúpida de ella.

¿Cuál es la idea, si no le estás haciendo nada a nadie, molestar de esa manera? ¿Tan aburrida es la vida de esos pobres entes en pena que ya la único que hacen es joder?
Ojo, aquí no generalizo a todos los de la tercera edad, pongo en este saco a ese específico grupo de viejas solitarias que, como ya no saben que más hacer, se dedican a impacientar a otros.

Y ayer me pasó algo similar, iba en la micro llena y se sube una de estas viejas, atraviesa la micro como si hubiese que ponerle una alfombra roja, descarada, avasalladora.

Esas arrugas andantes malintencionadas son lejos lo que más me molesta de la rutina, aún más que las largas caminatas o las eternas esperas.

4/11/2006

Rugir del clima

Mi hermano se asomó por la ventana sin previo aviso.
Tenía el rostro con la almohada marcada en sus mejillas y los ojos somnolientos hinchados como burbujas por las horas ya gastadas en la cama, roncando. Parecía que se había despertado al escuchar los gritos del firmamento o, también era probable, que en busca de algún bocadillo nocturno, pudo observar por la ventana la penetrante luz de rayos que no permitían la existencia de sombras.
El cielo aparentaba enojo, o peor aún, daba la sensación de que estaba enfurecido, cansado tal vez de la injusta convivencia con el hombre.
Desde los límites mismos que alcanzaba mi vista, caían a las piedras temerosas haces de intensa luz, que, a pesar de su mal carácter, no escondían la delicada, pero potente presencia de rayos desordenados que te hacían tiritar de la sorpresa cada vez que el reflejo se topaba con mis impresionados ojos.
Uno a uno, como si fueron individuos, pero participantes de un grupo común, caían a nuestro alrededor, humillando nuestra pequeñez y alabando su propia grandeza con placer exquisito.
A momentos se dejaban caer gotas transparentes, efímeras y caprichosas, mientras desaparecían como un camaleón en mares para hormigas.
Ante todo, el estruendo no cesaba, sólo se tomaba intervalos para respirar y luego continuaba imponiendo su grito silencioso. Segundos antes, las escaleras brillantes que caían se repartían con aparente azar los rostros que atentos buscaban ser sorprendidos.
- ¿Te despertó la tormenta? – le pregunté de espaldas sin querer mirar de nuevo esa cara de ejemplar cansancio.
Asintió, con un tono bajo y desanimado, pero claramente entendible. Volteó su cabeza con el fin de encontrar el ruido sospechoso y molesto que no le permitió dormir, pero una de las mencionadas formas de escalinatas blancas resplandeció con potente personalidad, regalando un espectáculo tan asombroso que cualquiera dudaba si abandonarlo o no.
Cuando se le aclaró el rostro fue suficiente emoción y comprendió, dejándose llevar, el poder superlativo de la naturaleza.
La silla que descansaba tranquila a mi lado fue recogida por su brazo regordete y torpe. Se sentó, trató de concentrar sus sentidos y, cruzando las piernas, trató de acomodar su trasero insatisfecho.
Sólo se levantó motivado por el deseo de volver a dormir cuando el último grito lejano resonó detrás de nuestros oídos.
El paño oscuro y callado, retocado de puntos iluminados, fue un inesperado consejo, que, con los párpados agotados gustoso tomé para ir a soñar, en preferencia, la recreación del espectáculo vivido.

3/19/2006

Gracias metro

Carlos y Daniel, vecinos, iban rumbo a sus universidades.

- Moderno, las cagó.

- Si po’, si había que hacerlo, por la gente.

- Pero…todo metálico, bien hecho.

- Si hasta le ponen arte, bueno, igual que en otras estaciones.

- Y cacha, los guardias no se visten como los otros. Allá, cacha – Daniel se dio vuelta y se fijó en el guardia. Era normal.

- ¿Qué estay viendo?, el guardia no tiene na’.

- Mmm…parece. Me confundí por esas luces azules – El tren se detuvo.

<Estación Tobalaba combinación línea 5>

- Chau, nos vemos mañana.

- Chau – Se alejó.

Porque escribo

- Escribir es una oportunidad-. El maestro, todo un guía en la materia, se paseaba voluntarioso por el salón. Yo, personalmente, asumí sus palabras como un mensaje directo en primera instancia y después, como un desafío.

A los trece años, recién asimilando mi condición de púber, escribí mi primer relato para una clase escolar. Fue un desastre, pero algo cambié después de eso, sobretodo gracias al apoyo de la profesora que tenía en ese entonces. Ya el tercero contenía elementos buenos, rescatables, desde ahí la curva ha sido ascendente.


El leerme y encontrarme bueno a mi mismo fue el segundo gran paso.


Antes, fue generándose en mí una profunda necesidad de expresar, de contar locuras o estupideces y de recrear mis sueños o pesadillas. Así he recorrido la poesía, escribí más de cien y fueron transcritas en una libreta que guardo con especial cariño. Entre medio pasé por el cuento, aunque sin mucha dedicación y ahora escribo una novela que espero terminar pronto. Desde diario de vida, mi herramienta a los ocho, hasta aikido, arte oriental que conocí pasados los veinte. Todas etapas del mismo desarrollo.


Recuerdo, con un relato pautado, el reconocimiento que tuvo mi prosa por una profesora del colegio. Ella nunca supo que su influencia me incentivó a creer en lo que escribía, tampoco supo cómo motivó la lectura en un niño que era rebelde a los consejos, arisco socialmente y, por esos días, enemigo de cualquier relación con el estudio.


Así, las experiencias de vida definen tus caminos, aún cuando actores de esas experiencias ni lo sepan.


Me acuerdo de mi madre que, con ojos cristalinos, agradecía mis cartas que desde pequeño le escribí. Siempre le dedicaba el candoroso amor que sentía por ella y me esforzaba por hacerla sentir única y, por supuesto, la mejor.


Me acuerdo de más de alguna mujer que no mostraba interés en mí hasta que le escribía algo. En particular una que de quererme lejos y distante, pasó a desearme aún sin saber porqué. <Bonitas palabras debían trastocar sus corazones incansables de búsqueda de aceptación y algo de seguridad> pensaba yo.


Me acuerdo de un cuento que dejó a todo mi curso sorprendido y fascinado, mientras lo leían yo buscaba refugio como un avestruz, evitando mostrar mi rostro sorprendido por la inesperada acogida y colorado por la vergüenza.



Pero más, mucho más, me acuerdo de mi rostro de satisfacción, placer y orgullo después de leer algo mío, asimilando que la obra en cuestión salió de mi propio interior.

Ese rostro de natural regocijo, fue la consecuencia de la necesidad y si me esfuerzo por retratar el porqué escribo, esa es la mejor explicación.

Resumen, escribo por los sentimientos y emociones maravillosas que evoca en mi, escribo porque ha sido una herramienta que me ayuda a adaptarme al sistema y escribo por el amor de expresar. Espero en el futuro, vivir de mis historias.

12/02/2005

El doble filo de un arma común

El conocimiento está en todos lados. Uno lo respira al caminar por donde sea, solo o acompañado, en la ciudad, el campo o en la costa.

Hay algunos que lo buscan incesantemente, hay quienes lo utilizan como razón de vida. A unos no les importa y también están los que no pueden darse el lujo de priorizarlo.

Pero ante todo, hay una teoría digna de analizar; el conocimiento como un peligroso arma, potencial para destruir imperios, o un lamentable peso, que incluso lleva a algunos al suicido o una desestabilización que los lleva al desastre.

Para muchos, el cultivo de la razón es cultivo para el cuerpo y el alma y una herramienta que llena de sabiduría.

Pero ahí se produce una confusión; sabiduría no es igual a conocimiento.

El conocimiento se trata de información y el valor que ésta tiene, mientras la sabiduría es el que con más claridad visualiza el mundo y debido a eso toma decisiones a veces correctas, a veces menos malas que el resto.

Sabiduría es conciencia y sólo desde un punto de vista es conocimiento, desde el de la experiencia y lo que ésta entrega.

El conocimiento es poder porque con la información correcta puedes manipular a personas y hechos, lo que en potencial te puede llevar a dominar más y más esferas en los ámbitos en los que lo utilizas.

Pero ahí aparece una nueva careta. Puedes ser víctima del conocimiento del otro, te pueden destruir y manipular, incluso humillar.

De igual manera puedes obtener un indeseado conocimiento que te puede dañar.
El conocimiento puede quebrar relaciones y puede crearlas, siendo más llevado a ser un arma negativa que positiva en este aspecto.

Pero es aquí donde radica su contracara y el filo peligroso.

La educación es un reflejo incuestionable de las desigualdades, no sólo en nuestras vidas, en nuestro país o ciudad, si no en todo ámbito social.

Y los de menos recursos suelen ser más felices, viven la vida con alegría y gratitud, mientras los que obtienen educación y aumentan sus conocimientos son menos agradecidos, más ambiciosos de riquezas y poder.

Entonces el tema es la dupla felicidad-ignorancia v/s la terna tristeza-conocimiento-poder.

¿Qué eliges tú?

11/30/2005

La idealización de un amor inexistente

Es un tema recurrente y sobre explotado, no me cabe duda de eso, sin embargo, tiene una arista que constantemente busca definirse.

Esa arista es la propia percepción del tema y el cómo lo enfrentamos, por lo tanto, es una arista dispuesta en todo momento a cuestionarse.

Unos creen en la fidelidad ante todo, otros se abanderan en la libertad. Yo, más que esas dudas, me ronda el porqué, el cómo de manera innata buscamos un perfil y cómo sucede todo ese fenómeno.

Personalmente, siempre he estado en busca de un amor desconocido. Un amor que te proponga desafíos, que produzca cambios.

La vez que me interesé (fusionando ese interés con el amor en cuestión) realmente por una mujer, yo sabía que ella no representaba en lo más mínimo esa idealización.

Como seres humanos estamos condicionados a tener estas absurdas idealizaciones, pero no tenemos argumentos para contrarrestarlas.

La biología define el amor como un fenómeno molecular, absolutamente entendible desde el punto científico, lo que por lógica nos llevaría a concluir que nosotros, por nuestra naturaleza, estamos obligados a estas idealizaciones.

Y si es así, hay dos extremos; el que idealiza tanto que nunca encuentra, el disconformista, o su antagonista, el conformista, que puede estar en todo momento con alguien, pero nunca satisfecho.

Es obvio, para mí, que lo mejor es el punto medio entre los extremos, como plantea Aristóteles, pero ahí caigo en el peor problema.

Yo no soy un exigente, pero en general son pocas las mujeres que me llaman la atención y pocas que me interesen.

Sí me pasa seguido que veo miradas que creo especiales, pero culpo inconscientemente a las circunstancias por mi errónea forma de actuar.

Y no tiene nada que ver con sexo. Tiene que ver con esas miradas y lo que representan.

Peco de incapaz, debí acercarme a muchas. Otras, que no me llaman mucho la atención, son plato fácil de digerir.

El génesis del gran dilema se inicia porque esas pocas que encuentro especiales, creo saber que ellas responderían a mi idealización, pero a la gran mayoría no llego a conocerlas.

Continúa el dilema porque me es complicado comunicarme con ellas y con eso me estaría dificultando mi propio camino a la obtención del ideal.

Y es ahí el núcleo del problema, porque mi dificultad para acercarme a ellas esta relacionada con una profunda sugestión a pensar que me defraudaré del ideal deseado. Y eso sería un quiebre en mí. Una lástima que me condiciona a mantener la rutina de un círculo que parece no regalar salida.

11/27/2005

Hola…¿Cómo estay?

Desde hace varios años tengo una constante molestia contra todos mis conocidos, molestar que no he podido canalizar de buena forma.

Hace algunos años también escribí sobre esto, pero en aquella época los blogs apenas existían y no tuve oportunidad de exponer estos planteamientos que se quedaron oscuros en mi cabeza.

A lo que voy es que, a quien no le pasa que está un poco cansado de la pregunta que más solemos hacer: ¿Cómo estay?

Su uso está vulgarizado hasta un punto que es crítico.

En todos los sistemas de comunicación instantánea le hemos dado un sitio preferencial inmerecido, como si fuera un deber. Todos hacen la pregunta y a muchos ni les interesa la respuesta. Y la contracara es igual. A los que responden también les da lo mismo. A nadie le importa realmente, pero es como una voluntaria obligación, quizá como automático sistema de entrada en diálogo, quizá simplemente por el decir algo y no saber qué.

Pero esto trasciende planos. A nivel de relaciones personales también suele pasar lo mismo.
Es común que en encuentros de pasillo o casuales, incluso indeseados, se haga la misma preguntita y es también común que la comunicación ya se haya acabado antes de terminar la respuesta.

Dije que me parecía preocupante porque esa pregunta en sí solo debería realizarse cuando realmente uno se interesa por saber eso del otro.

Cuando pregunto eso, trato de hacérsela a gente que me interesa su respuesta. Gente que no he visto hace mucho o de la que no he sabido nada, pero cuando la hago tengo que repetirla dos veces para asegurarme que la respuesta que yo pido sea sincera y no superficial, como es lo normal.

A la gente que veo o que hablo con ellos todos los días nunca les pregunto eso, excepto que sienta que algo no está bien. Por lo general, trato de ocupar otras alternativas para suplir el mismo vacío y darle el sentido verdadero que tiene esa pregunta y no vulgarizarlo, pero no hay caso.

Un día traté de contar las veces que sufrí esa pregunta y el resultado fue alarmante; perdí la cuenta después de pasar las veinte veces, aunque de todos modos no se agotaron allí.

¿Habrá manera de erradicar esta tendencia?

Espero que este sea el primer paso.

11/26/2005

Sí, somos naturalmente idiotas los chilenos.

Los chilenos como pueblo, con toda nuestra idiosincrasia, tenemos una característica que me suele llamar la atención. Es un error que causa risa a muchos, pero cuando uno lo comprueba empíricamente se vuelve una verdadera tragedia.

Nosotros, por naturaleza innata, somos medios estúpidos. Eso no está tan mal si se mira por el positivista lado de que al vivir “rodeado de” uno no se da cuenta de sus propios defectos, pero en realidad son detalles graves para la comunicación.

El fin de semana recién pasado, en una agradable junta de amigos con parrilla incluida, me di cuenta. Ví la luz, como dicen los clichés.

Me percaté que nosotros solemos verificar las respuestas que nos dan aunque el que da esa misma respuesta se muestre seguro de ella.

Por ejemplo; mi amigo A le dijo a mi amigo B.

-“Oye, ayer hablé con la Juanita”.

El tipo B, siguiendo esta ya nombrada tendencia que tenemos le respondió:

-“¿Hablaste con la Juanita?”.

Yo en mi cabeza pensaba con claridad en la repetición del mensaje realizado por el segundo amigo y parecía disco rallado dentro de mi mente.

Luego siguió el trasnoche y de nuevo me percaté de algo similar. Otro amigo, ahora llamémoslo como el C estaba conociendo a una preciosa muchacha y le pregunta:

-¿Qué música te gusta?.

La mujer, un poco colorada y nerviosa, responde que de todo un poco. Y de nuevo el amigo C le pregunta:

-¿De todo un poco?.

Esa pregunta, que sigue siendo repetición, se puede entender en algo ya que la propia dama respondió de una manera bastante ambigua. Pero después, C le pregunta:

-“Pero que, ¿rock?, ¿electrónica?, ¿regueton?.

Y la chiquilla dijo:

-“mmm, en general, electrónica”.

Entonces C le preguntó:

-¿Electrónica?.

Ahí entré en dudas, si es que me estaba dando cuenta de algo oculto y normal dentro de nuestra cultura o estaba en alguna especie de alucinación nocturna.

Pero peor, en la semana yo mismo le pregunté a un compañero cuanto porcentaje para el ramo valía un control x.

Me respondió con simpleza, quince. Y yo el pelotudo, después de tanto reflexionar de nuestra estupidez le pregunto:

-“¿Quince?”.

¡Pero si me esta diciendo que quince! y yo el idiota preguntaba su respuesta.

Y la situación se vuelve tragedia cuando fijándome bien entendí que no era yo el tonto, ni mis amigos. En la U, en la tele, con mis familiares, con otro grupo de amigos, incluso conversando con un taxista esperando micro. Todos, en conversaciones relativamente extensas, cometían el mismo error.

Y como por arte de magia entendí donde estamos, porque nos rodeamos de tanta tontera y acepté tantas críticas que le suelo realizar a nuestro sistema.

Conclusión: no hay caso. Sí, somos naturalmente idiotas los chilenos.